Luchan contra Wario. Más amigos, enemigos y pies sudorosos para Toadette, Minh y Toad. |
Capítulo 1: La estrellita de Wario Un suave viento de verano recorría las calles de cristal de Ciudad Diamante, arrastrando el aroma a comida ahumada y perfume. Era viernes por la noche en 2006, y el corazón de la ciudad latía con fuerza rumbo a la arena para la Fiesta Pop 2006: la celebración más frenética del año para los ídolos de Ciudad Diamante. —Y ahora, con su nuevo éxito «Estrellas», ¡un fuerte aplauso para Mona! El escenario estalló en luces estroboscópicas y confeti. El rugido de miles llenó sus oídos. Mona, de catorce años, se adueñó del escenario incluso antes de llegar al centro, con cada paso en perfecta sincronía con el ritmo. Se sacudió el cabello, se acomodó el auricular y agarró el micrófono con un giro. ¡Escucha bien! Ya sabes cómo está Ciudad Diamante La ciudad en la que el amor se vuelve brillante Nuestro pulso alcanza la misma canción Un ritmo que es sólo nuestra conexión Hirviendo bajo mi piel esta energía Tan deliciosa, ¿por dónde empezar? ¡Ah, ya sé por dónde! Ésta es nuestra canción, la mejor del año Tu voz es lo único que quiero a mi lado Esta noche ardemos tan intensamente Susúrrame algo, baby, muy suavemente Tienes mi alma ya; mi fai sentire viva Cada vez que me tocas, mis emociones brillan Baby, ésta es nuestra canción, bajo las estrellas La potente voz de Mona dejó al público sin aliento. En dos ocasiones, los guardaespaldas interceptaron a fans que intentaron saltar la barricada: chicas adolescentes gritando su nombre. Su baile era igualmente cautivador; cada movimiento de cadera atrapaba la atención del público. Los chicos morían por bailar con ella en el escenario. —¿Ven sus piernas? ¡Mírenlas! —gritó uno. —¡No se ha detenido por un segundo! ¡Qué coordinación tiene! Las transmisiones de televisión de Ciudad Diamante capturaban cada fotograma, llevando su rostro por toda la isla y hasta la lejana Sarasaland, donde los espectadores veían su actuación con un ligero retraso. Pero al otro lado del agua, en el territorio continental del Reino Champiñón, se perdía la señal. El aislamiento cultural de Ciudad Diamante era absoluto. Era un crudo recordatorio de la hermosa burbuja que Wario había creado: un territorio autosuficiente donde su gente podía brillar más que nunca. Aquí Mona era un ícono. ¿En cualquier otro lugar? Sólo otra cara en la multitud. Cuando la música se desvaneció, hizo un acto final. Se quitó el zapato de una patada, se arrancó el calcetín y lo lanzó a la multitud. —¡Ahí tienen! ¡Gracias, Ciudad Diamante! —se rió mientras se volvían locos tratando de agarrar el único pedazo de tela que podía darse el lujo de regalar. El backstage apestaba a laca, sudor y al metal caliente de las luces del escenario. Bajó la rampa dando saltitos, todavía tarareando el coro en voz baja. «Susúrrame algo, baby». Un Toad de ojos grandes —otro artista del evento— dio un paso adelante, con la mano extendida para felicitarla. —Estuviste increíble allá afuera —dijo él. Ella le sonrió, le tomó la mano y, en el mismo movimiento, sacó un frasco de gel antibacterial de su bolsillo. Se frotó las palmas de inmediato. —Es la costumbre —se rió—. Lo hago con todos. Buena suerte. La sonrisa del Toad vaciló por un segundo antes de forzarla de vuelta, alejándose arrastrando los pies. Momentos después, un técnico gato con las manos manchadas de grasa le ofreció chocar esos cinco. Mona se los chocó sin dudar. El Toad miró hacia atrás un segundo y se encogió de hombros. Wario estaba en medio de una entrevista cuando ella entró de golpe, todavía sonrojada por la atención. —Son unos pasos muy intensos para alguien tan joven. O sea, yo me habría roto la columna intentando algunos de esos movimientos. —Es una esponja —dijo Wario, reclinándose en su silla—. Mi amigo, el gran Jimmy Thang, le enseñó lo básico, pero la niña lo reinventó todo. Creó su propio estilo. —¿Y en cinco años? —¿Quién sabe? —Wario soltó una risita grave—. Tal vez esté en la pantalla grande. Tal vez esté ayudando en mi división de videojuegos. Estamos construyendo un nuevo tipo de sistema aquí, no como esas porquerías de Nintendo. Precios bajos, más diversión. Mona corrió y se dejó caer en su regazo, pasando un brazo alrededor de sus hombros. Se abanicó la cara con la otra mano. —¡Hace un calor tremendo allá afuera! —Tranquila, estrellita —murmuró él—. No podemos dejar que te apagues antes del encore. Ella miró a la cámara. —Mamá, papá, si están viendo esto, estoy bien. Soy feliz. Más feliz de lo que jamás he sido. —Han criado a una buena hija —dijo Wario con una sonrisa de suficiencia, dándola unas palmaditas en la cabeza. La sonrisa de la reportera vaciló sólo un momento cuando la mano de Mona vagó distraídamente por el muslo de Wario. Él le dio un ligero apretón en la muñeca, redirigiendo su atención hacia su propio regazo. —Entonces —dijo él—, dile a la señorita qué opinas de trabajar con nosotros. —¡Me encanta! Aunque me despidieran, igual vendría. Todos aquí son como mi familia. Su mirada se perdió más allá de la reportera, donde estaban recogiendo el equipo de acrobacias. —Saben —añadió—, cantar es increíble, pero a veces pienso que quiero hacer cosas de acción. Explosiones reales, persecuciones de carros, saltar de rascacielos. Como en las películas. La sonrisa de Wario se ensanchó, mostrando aún más dientes. —Quédate conmigo, niña. Te voy a dar todas las explosiones que quieras. —Lleva diciendo eso un buen rato. —¿Y te he mentido hasta ahora? —Acercó su rostro al de ella—. Soy el único director que vas a necesitar. Confía en mí. —Quizás me convierta en mi propia directora. ¿Quién sabe? —Quizás… Quizás… —Miró hacia otro lado—. Si sucede, dime cuánto tiempo tardas en volver arrastrándote a los brazos de Wario. Capítulo 2: Servicio con una sonrisa La primera luz de la mañana pintaba el horizonte de Ciudad Diamante de color mandarina. En la mansión de su familia, Mona, de diecinueve años, ya estaba en movimiento. Se retorció y giró en su cama, gimiendo hacia el techo. «Casi veinte… Casi…». Chasqueó los labios secos. —¡Niños! —Dio dos palmadas—. ¡Hora del baño! El repiqueteo de patitas le respondió. Por el pasillo llegó su adorado trío: elefante primero, luego cerdo, luego mono. Desaparecieron en el baño y, segundos después, escuchó el chirrido de las llaves y el siseo del agua. Se permitió otro minuto de descanso antes de finalmente aventar las sábanas amarillas. Mientras se quitaba la pijama, el espejo del baño capturó su reflejo tonificado. Flexionó los músculos antes de meter un pie bajo el chorro de la regadera. Lo mantuvo ahí unos segundos antes de asentir. —Perfecto. —Miró hacia atrás a sus mascotas, que estaban sentadas en fila—. Cada vez son mejores en esto. Hay premios abajo. Vuélvanse locos. Salieron disparados. Mona entró en la regadera y dejó que el calor la envolviera. Mientras se tallaba, su mente se fue hacia el día que tenía por delante. Estaría en Mona Pizza de ocho a dos, y luego en WarioWare de tres a seis. La primera parte era rutina, pero la segunda le apretaba el estómago. Había pasado más de un mes desde el ataque de Wario contra el gran Reino Champiñón. Un mes desde sus resultados decepcionantes. Había estado trabajando para recuperar el favor de Wario desde entonces, pero todo lo que había conseguido eran oportunidades ocasionales de complacerlo. «Pasito a pasito», se dijo a sí misma, pasando una esponja por la planta del pie. «No se reconstruye de la noche a la mañana». Después de la ducha vino el resto de su rutina matutina. Se cepilló los dientes hasta dejarlos blanco perla. Luego se hidrató la piel hasta oler a jardín en flor. Finalmente se puso un uniforme rojo y blanco y se amarró los patines. Con calcetines. Podría haber tomado su escúter o su moto, pero se había estado obligando a patinar para desarrollar fuerza y resistencia. Wario volvería a llamarla eventualmente, y ella tenía la intención de estar lista cuando eso pasara. *** Las calles de Ciudad Diamante ya estaban despiertas con carros tocando el claxon y peatones arrastrando los pies. Mona los esquivaba a todos sin esfuerzo. En un momento, una camioneta se le atravesó, y ella saltó sobre el cofre sin perder el ritmo. —¡Oye! —¡Perdón! —gritó de vuelta, sin sentirlo en lo absoluto—. ¡Las pizzas no esperan! Ahora bajaba zumbando por una pendiente. Sus ruedas chillaban contra el asfalto mientras ganaba velocidad. Pero sus ojos se abrieron de par en par. Clavó los talones con fuerza. Saltaron chispas; sus tobillos se torcieron peligrosamente antes de detenerse en seco. Un pato estaba parado en su camino, arrastrando una pata mientras cojeaba. Ella lo miró fijamente, y él le devolvió la mirada. —Ay, pobrecito. —Se agachó, recogiéndolo en sus manos. Tenía la pata roja—. Está bien. Podemos arreglar esto. Confía en mí. Miró hacia el oeste. El veterinario estaba al otro lado de la ciudad. Luego miró al este, hacia Mona Pizza. «Joe no va a estar nada feliz hoy». —Agárrate fuerte, patito. Y salió disparada. Atravesó intersecciones, ignorando la sinfonía de cláxones que seguía a su paso. Un autobús casi la aplasta. Un taxi le golpeó la cadera; giró con el impacto, aprovechando el impulso para mantener el ritmo. Un tipo en un auto tuneado le gritó algo sobre tener ganas de morir. —¡Estoy salvando una vida aquí! —le gritó de vuelta—. ¿Qué tan patán puedes ser? La oficina del veterinario apareció a la vista. Mona entró de golpe, sudorosa y jadeando, y puso al pato en el mostrador con cuidado. —Su pata —jadeó—. Arréglensela. Por favor. —Señorita, necesita rellenar… —Es un pato. Sólo ayúdenlo y regrésenlo a la naturaleza. —Arrojó varias monedas sobre el mostrador antes de acariciar la cabeza del ave, suavizando la voz—. Vas a estar bien, amiguito. Ellos te van a cuidar. Se tomó una selfi con el pato antes de salir corriendo. *** Veintitrés minutos tarde. Revisó su teléfono dos veces sólo para estar segura. «Salvaste a una criatura necesitada», se recordó. «Eso cuenta para algo». Todavía repetía esto en su cabeza cuando pasó por el puesto de periódicos frente a Mona Pizza. Un titular le robó la atención: «CONTINÚAN LOS ESFUERZOS DE RECONSTRUCCIÓN EN CIUDAD CHAMPIÑÓN. CIFRA DE MUERTOS EN CIUDAD TOAD ACTUALIZADA A 42». Ladeó la cabeza. Cuarenta y dos era seis más de lo que había esperado. —Qué lindo. —Entró al restaurante. —Llegas tarde. —La voz de Joe la golpeó antes que el olor a pizza. Estaba detrás del mostrador con los brazos cruzados. —Y buenos días para ti también. —Mona se quitó el sombrero y se abanicó—. Tuve una emergencia. Rescate animal, muy heroico. Tú también estarías orgulloso si tuvieras corazón. —Es lunes, Mona. —Ya sé. —¡Es el peor lunes! Teníamos pedidos llegando antes de que siquiera abriera las puertas. —Señaló hacia la cocina—. Seis pizzas esperando. Ahora siete, porque decidiste jugar a la veterinaria. —Más bien paramédico profesional. Además… —Ya estaba patinando más allá de él—. Yo me encargo. La cocina rebosaba de caos mientras varios empleados trabajaban para hacer las mejores pizzas que el Reino Champiñón hubiera probado jamás. Si era que dichas pizzas llegaran realmente al continente, claro. Sus compañeros de trabajo eran una mezcla variada que representaba la diversidad de la ciudad. Humanos, perros antropomórficos y… Sintió que se le helaba la sangre. Toads. Cuatro de ellos trabajando en la estación de preparación. Esos sombreros con manchas… Esa falta de orejas… Uno de ellos la miró y apartó la vista rápidamente. Mona se movió inquieta. «Respira hondo. Estás en el trabajo. Son tus compañeros. Técnicamente. Legalmente. Como sea. No digas nada estúpido. Sólo sonríe y haz tu trabajo. Pero… ¿por qué Joe los contrató siquiera? Hay mucha gente normal que necesita trabajo. Todos estos Toads aquí robándose los…». —¡Buenos días, equipo! —Hizo una pose, mostrando una sonrisa radiante—. ¡Perdón por llegar tarde! La mayoría del personal gruñó, pero uno se quedó congelado. En la estación de preparación, un pequeño Toad de manchas azules dejó de picar pimientos. Se la quedó viendo, con la boca ligeramente abierta. Sus ojos brillantes viajaron desde su cara, bajaron a su vestido y se detuvieron en la piel expuesta sobre sus patines. —Hola… —dijo con voz quebrada—. Buenos días, señorita Mona. Su mano chocó con una bandeja de pizzas. Tres pizzas familiares cayeron al suelo. La salsa salpicó los patines de Mona. La cocina quedó en silencio. —No, no, no. —Todo el color se le fue de la cara—. Lo siento mucho. Yo no quise… Sintió el impulso de patearlo hasta el otro lado de la cocina. Pero todos los ojos de la cocina estaban sobre ella. Se tragó la rabia. —Guau. Manos de mantequilla, ¿eh? —Se inclinó, invadiendo su espacio hasta que sin duda pudo oler su perfume caro—. Los accidentes pasan. Pero trata de mantener los ojos en la pizza, ¿okay? No en mí, T. Orpe. —¡Sí! ¡Sí, señorita Mona! ¡Lo siento! Es sólo que usted… —Su voz se apagó en un murmullo—. Se ve muy hermosa. A Mona le temblaron los dedos. —Ella no te quiere —dijo otro Toad, dándole la espalda a ambos—. Créeme. —Con todo respeto, puedo hablar por mí misma. —Mona se puso las manos en las caderas—. Me halaga que veas belleza en mí, T. Orpe, pero… —Se pinta las uñas muy bien. —¿Mmm? —Mona se miró los dedos—. Bueno, me aseguro de que sea una capa gruesa, así que… —¡Mona! —Joe dio una palmada—. ¡Los pedidos no se entregan solos! ¡Anda! —¡Cierto! —Agarró la bolsa de reparto y se la echó al hombro—. Limpia eso, T. Orpe. Trata de no empeorarlo. —Giró sobre sus dedos—. Parece estar en tu ADN, después de todo. Él asintió con una sonrisa suave y aturdida en la cara. Ni siquiera había escuchado el insulto. Todo lo que escuchó fue el sonido de su voz. Con una mirada decidida, ella patinó hacia la salida. «Probablemente creyó que iba a sacar algo bueno de decirme hermosa. Por favor». *** Mona conocía este camino de memoria; ni el mejor GPS le ganaría. La puerta de 5-Volt seguía siendo la misma madera curtida de siempre. Tocó dos veces. —¡Jugador Dos, listo para la misión! ¡La puerta está libre, cielo! Mona cruzó el umbral y, de golpe, los hombros se le aflojaron. La casa estaba impregnada de lavanda y del olor dulce de algo en el horno; seguramente galletas para 9-Volt. Miró hacia la sala y se detuvo. 5-Volt descansaba en el sofá, pies descalzos plantados sobre la mesa de centro, lijándose los talones con una piedra pómez. Sobre una hoja de papel, virutas blanquecinas caían como copos de nieve sucia. Mona arqueó las cejas, y aun así una sonrisa le traicionó. —Ya conoces las reglas —dijo 5-Volt con una sonrisa cálida, señalando la bolsa de virutas—. Si 9-Volt se pasa de listo, le sirvo parmesano edición limitada, cortesía de mami. Mona abrió su bolsa y se recargó en el marco de la puerta. —¿Conque él está en el modo brutal? —Secretos de crianza, sí. Y, entre tú y yo, ha probado más de mis pies que de las verduras. Incluso mi maridito recibe una ración de queso si no juega limpio. —Clavó la mirada en Mona—. ¿Cómo se ha portado mi niño con ustedes? Mona deslizó las pizzas sobre la mesa, junto a las raspaduras de pies. —Un ciudadano modelo. No recuerdo ni una sola travesura últimamente. —Pues ya sé que se largó con Wario a esa aventura en aquellas islas. —Sí. —A Mona se le apretó el estómago, pero mantuvo la voz ligera—. Pero obtuvo buenos resultados. Usted estaría orgullosa. 5-Volt la estudió un momento antes de asentir lentamente. —Si me lo creo… —Recogió la hoja con virutas, la dobló con precisión y volcó el «parmesano» en una bolsa de plástico—. Entonces esto se guarda. Por ahora. Dejando la bolsa a un lado, se levantó y le dio una palmadita a Mona en el hombro. Antes de que Mona pudiese responder, 5-Volt la atrajo a un abrazo que le recordó que podía romperle los huesos si quisiera. —Eres de lo bueno, Mona —murmuró 5-Volt—. Gracias por proteger a nuestra gente. —Cuando sea. 5-Volt la acompañó a la puerta y luego se detuvo. —Sabes, me llegó que Mona Pizza anda fichando más gente últimamente. —Sí. Joe dice que necesitamos manos extra. —Ah, ya veo. —La expresión de 5-Volt se oscureció ligeramente—. Ojito con tu terreno. Dejas entrar una espora al vuelo y, cuando menos lo esperas, tu jardín es pura maleza. —Negó con la cabeza—. Los de siempre no me molestan, pero los recién llegados de vaya-a-saber-dónde… —Asquerosos, ¿eh? —Mona se relajó. Era agradable hablar con alguien que entendía, aunque fuera un poco. —Estás haciendo un buen trabajo, Mona. —5-Volt le dio un beso en la mejilla—. No dejes que te arrastren. —No lo haré. —Mona sonrió—. Mire, si por el milagro inverso un cabeza de espora llegara a dejarme embarazada, tengo clarísimo cómo disciplinar al feo hibridito. —Que tus pies sean bien mugrientos antes de que empieces. Después de una risa compartida, Mona estaba de vuelta en sus patines, rodando calle abajo hacia su siguiente parada. *** Las siguientes entregas eran para las Tres Intrépidas Aventureras: un nombre que a Mona no le sonaba de nada. Resultó que se hospedaban en un hotel perdido en la punta noreste de la ciudad. Mona frenó fuera del vestíbulo y ajustó el agarre de la bolsa. Antes de que pudiera llegar a la puerta, se abrió de golpe y escupió tres hermanas Toads, tropezando entre sí. Soltaron chismes y carcajadas como si estuvieran en un concurso. —¡Uy! ¡Llegó la salvación! —canturreó la de manchas rojas. —¡Por fin! ¡Me estaba muriendo, literal! —metió la de manchas rosas. —¿Creen que el universo nos mandó esto, o que nosotras lo manifestamos? —preguntó la de manchas verdes. Mona forzó una sonrisa tan falsa que le dolieron las mejillas. —Entrega para las Tres Intrépidas Aventureras. —¡Obvio que somos nosotras! —cantaron en armonía. —¡Tenemos tanta hambre! —La de manchas rojas dio un paso adelante, juntando las manos—. Es que hemos estado viajando, ¿sabes? —Ah, ¿sí? —Mona empezó a abrir la bolsa. —¡Síp! —chilló la rosa—. ¡Dios mío! Acabamos de volver de un tour divino por las Torres de la Variedad. Eran, o sea, ¡tan altas! ¡Literal vimos toda la isla! —Pensaron que íbamos a ser tan tontas como para saltar. Diez minutos de instrucciones aburridas antes de la parte divertida —suspiró la verde. «Ustedes cabezas de espora necesitan todas las instrucciones del mundo», pensó Mona, entregándoles por fin las cajas. —Una con doble champiñón, y otra con todo menos champiñón. Son treinta monedas, guapas. Las tres miraron las cajas, luego se miraron entre sí. Y luego a Mona otra vez. Había silencio eterno. Poco a poco, la de manchas rojas puso cara de horror. —Ay, no… —susurró. —¿Y ahora qué? —preguntó Mona. —¡Dejamos los bolsos en las Torres de la Variedad! —soltó la roja. —¿Cómo…? —A Mona le dio un tic en el ojo. —¡Mi paleta de contorno! ¡Es de edición limitada, del mismísimo Reino Habichuela! —chilló la rosa. —¡Y mis cristales de aura! ¿Cómo voy a sobrevivir sin ellos? —chilló la hermana verde. —Sin pago, no hay pizza. —Mona se encogió de hombros—. Normas de la casa. —¡Espera, espera! —chilló la roja, lanzándose hacia adelante—. ¡Podemos pagar! Tenemos… —Se quitó el anillo y lo agitó delante de Mona—. Esto me costó diez mil monedas. ¿No puedes quedártelo un ratito, hasta que recupere mi bolso? —No, no. —La rosa le mostró un collar de perlas—. Esto lo encontré en la isla de Vórtice, ¿eh? La verde sacó de su zapato una hoja arrugada y medio húmeda, y la sostuvo. —Ésta está bendecida por un chamán. Promueve la claridad de pensamiento. —Sí, se nota —murmuró Mona. —¡Usa sus zapatos! —gritó la roja, señalando los zapatos bajos de la verde—. ¡Valen lo que mil pizzas! —¿Mis zapatos? ¡Ni en sueños! —¡Si tienes más de cincuenta pares! —saltó la rosa. —¡Pues dale los tuyos, si dices que da igual! Mona gimió. Pelearse con estos hongos era como jugar ajedrez con una paloma: tiran las piezas, se pasean por el tablero y encima creen que ganaron. Y seguían hablando y hablando… «¡Es como escuchar a tres Sofías al mismo tiempo!», pensó. —¿Saben qué? —Apretó los dientes—. Quédense con su chatarra. Piensen que es una donación al fondo de turistas sin neuronas. Bienvenidas a Ciudad Diamante. Las hermanas jadearon al unísono, con los ojos llenos de lágrimas de alegría. —¡Eres demasiado amable! —sollozó la roja. —¡Una verdadera santa! —sorbió la rosa. —¡Tus vibras son inmaculadas! ¡Le pondré tu nombre a mi primer bebé! —proclamó la verde. —Por favor, no —dijo Mona, empujando las cajas de pizza en sus brazos abiertos antes de que pudieran intentar abrazarla. Giró sobre sus patines, impulsándose con más fuerza de la necesaria. —¡Thank you very much! —gritaron ellas. Mona se limpió el sudor de la frente. «Algunas entregas nomás tienen que darse por perdidas. Y a algunas especies nomás hay que tolerarlas. Apenas. Y sólo por ahora». Capítulo 3: El castigo Cuando por fin volvió a Mona Pizza, sentía los pies latirle como tambores. Se coló por la puerta trasera, lista para robarse cinco minutos en la sala de descanso. Entonces se escuchó un ruido. Mona se desató los patines con calma, se deslizó fuera de ellos y quedó sólo en calcetines. Cruzó el piso y se plantó, imponente, frente al desastre. Y ahí estaba T. Orpe. El fichaje reciente estaba parado sobre una montaña de ingredientes arruinados. Una pizza yacía boca abajo en el suelo mugriento. El queso se le pegaba a los zapatos. —¡Me resbalé! —chilló, con voz temblorosa—. ¡El piso estaba resbaloso! ¡Lo siento! —Segundo strike, niño —suspiró Joe—. Nos estás destrozando las cuentas. El queso no crece en los árboles. —Lo pagaré… —Pero los ojos de T. Orpe no estaban en Joe. Estaban en Mona. Y no de la forma que ella hubiera querido. La recorrió con la mirada, de la cara a las botas y de vuelta hacia arriba. Mona se acercó sin prisa. No dijo nada; sólo se alzó sobre él como una sombra. Frente a un Toad, su estatura normal ya imponía. —Joe —dijo, con voz empalagosamente dulce—. Déjamelo a mí. De todas formas necesito un respiro. Joe la miró y luego al Toad aterrorizado. Se encogió de hombros y se encaminó hacia la puerta. —Sólo límpialo. Mona bajó la mirada hacia Orpe, que temblaba tanto que el sombrero le bailaba en la cabeza, a punto de caerse. —A limpiar —susurró—. Y luego me esperas en la sala de descanso. Agarró sus patines y caminó hacia la parte trasera, abriendo la pesada puerta de la sala de descanso. Dentro olía a grasa rancia y a revistas viejas. Mona respiró hondo. Al cabo de unos minutos, Orpe entró arrastrando los pies, como si cada paso lo llevara al patíbulo. Mona cerró la puerta y echó el pestillo. —Bueno. —Lo miró de arriba abajo, dejando que el silencio se alargara—. Dos pies izquierdos, cero neuronas y un agujero en mi nómina. Dio un paso adelante. Él retrocedió y chocó con un estante. —Por favor, señorita Mona —tartamudeó—. Es que tengo mala coordinación. —¿Mala coordinación? —Se rió—. En WarioWare eso se llama un defecto de nacimiento. Señaló con un dedo al piso. Orpe parpadeó. —De rodillas. —Golpeó el suelo con el pie—. ¡De rodillas! Orpe cayó de rodillas. Mona se acomodó en una pila de cajas cercanas, cruzando una pierna sobre la otra con toda la calma del mundo. Levantó el pie derecho, manchado, y lo dejó a centímetros de su cara. Llevaba calcetines blancos que eran inmaculados y caros. O así habían sido hasta hace un momentito. Ahora la planta del derecho lucía una mancha grasienta y oscura, recuerdo de cuando había pisado su desastre. —Vaya desastre que hiciste —suspiró—. Ahora estoy sucia. Es lo que hacen los de tu calaña, ¿no? Ensuciar el mundo sólo con existir. A Orpe se le heló el aire en la garganta. —Límpialo —ordenó—. Como debe ser. Él tembló. Se inclinó con las manos por delante, pero el chasquido seco de la lengua de Mona lo congeló al instante. —Las manos no. Sólo la boca. Un sonido ahogado se le escapó, pero obedeció. El algodón cálido contra sus labios le provocó un escalofrío. Comenzó con una succión tímida, hasta que el tarareo grave de Mona le arrancó mayor obediencia. Su lengua se metió contra la tela húmeda, lamiendo el sabor mismo de su fracaso. Ella observó el movimiento de su sombrero, y una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. —Sólo mírate —susurró—. Un parásito grasiento. Deberías sentirte cómodo chupando esta porquería, como la aspiradora barata que eres. Gimoteó contra su pie, y cuando alzó la vista, tenía los ojos empañados. Pero en esa mirada… no había sólo miedo. Había una devoción desesperada y patética. Ella lo dejó seguir un minuto más antes de apartar el pie. La mancha había desaparecido, pero el algodón estaba empapado en su saliva. —No es suficiente —mintió—. Pero no puedo esperar perfección de un cerebro tan lento. Anda, quítame los calcetines. —Señorita Mona… —¿Tengo que repetirlo? Anda. Le temblaban tanto los dedos que apenas lograba sujetar. Tuvo que intentarlo dos veces para quitarle los calcetines empapados. Terminaron hechos bola en sus manos, como dos cebollas resbalosas. Sus pies eran impecables. Las plantas suaves, los dedos largos y elegantes, cada uña pintada de un rojo glamuroso. Una capa de sudor les daba un brillo que atrapaba la luz y definía cada curva. El arco era alto, digno de una bailarina. Pero el aire entre ellos estaba cargado del almizcle de un día largo: cuero gastado, sudor y un toque de queso y grasa de tomate. Él arrugó la nariz. Aun así, el corazón le dio un vuelco. —Inhala —ordenó—. Y ahora dime con detalle a qué huele la perfección. Cerró los ojos con fuerza mientras una lágrima solitaria le rodeaba por la mejilla. Acercó la nariz a centímetros de su pie y aspiró hondo. —Tus pies… —No se te ocurra tutearme. Y no me salgas con una respuesta simple, hongo. Quiero que lo describas. —¡Huelo sus pies! —gritó con voz quebrada. Empujó la cara contra la planta de ella, soltando un gemido—. Mmm… ¡Mmm! Huelen tan… trabajadores… ¡Podría quedarme así días enteros, señorita Mona! —Exacto. Trabajadores. Algo que ustedes parásitos ni en sueños podrían ser. —Le restregó la almohadilla del pie por la mejilla, mezclando lágrimas con sudor—. Esto es un privilegio, imbécil. Así que más te vale ser agradecido. —Sí… Sí… Tiene toda la razón. —Buen hongo —ronroneó—. Ahora bésalos. Adora los pies que me llevaron por toda la inmundicia infectada de esporas de esta ciudad durante todo el día. —Como ordene. —Presionó sus labios temblorosos contra el empeine antes de dejar pequeños besos sobre su tobillo. —Lámelos. Un escalofrío violento le recorrió la espalda. La lengua se le escapó, trazando un camino desde el talón hasta la almohadilla del pie. Mona echó la cabeza hacia atrás, soltando un suspiro con los ojos cerrados. Cada lamida era una confesión silenciosa de su inutilidad y de la superioridad de ella. Lamió una y otra vez, cada vez menos titubeante y más desesperado. Con cada pasada de su lengua, la sonrisa de Mona se ensanchaba. —¿Quieres saber algo gracioso? —Abrió los ojos a medias—. Que una plaga como tú me toque normalmente me da ganas de ducharme con lejía. Me revuelve el estómago imaginar esas manos mugrientas rozando mi cuerpo. —Sus labios se curvaron al ver su lengua arrastrarse por el arco de su pie—. Pero verte ahí, bien arrolladito, sabiendo que aceptas que tu lugar está debajo de mi hermoso talón… Eso se siente de lo más natural. Le metió los dedos del pie hasta el fondo de la boca, moviéndolos con una risa cruel. Él se atragantó, la cabeza subiendo y bajando mientras chupaba obediente. —¿Cuál te sabe mejor? —musitó—. El gordo seguro está lleno de sabor. Pero puede que este chiquitito guarde algún secretito sucio. Empujó aún más, hasta que las arcadas pudieron más que él. Terminó escupiendo el pie, empapado en saliva asquerosa. —¡Puaj! ¡Asqueroso vegetal! —gruñó ella. Su pie salió disparado y lo pegó seco en la barbilla. La cabeza se le sacudió hacia atrás—. Y todavía se sorprenden de que los odiemos. ¡Todos son una plaga sin remedio! Se plantó sobre él, los pies firmes a cada lado de su cuerpo. Él sorbió los mocos. —Yo no tengo la culpa de que esté… —¿De que esté qué? —Perdón, pero está un poquito loca. —¿Loca? —Su mirada se afiló—. Qué palabra tan atrevida, viniendo de un riesgo biológico que se mete en nuestra ciudad, pudre nuestra cultura y le quita el pan a los diamantinos decentes. Le plantó el pie descalzo y reluciente en la entrepierna. Él jadeó. Presionó con firmeza. —¡Oh! Es todavía más pequeño de lo que imaginaba. ¿Seguro que hay algo ahí que aplastar? Empezó a doblar los dedos, hundiéndoselos en los nervios más delicados. —Para… Para… señorita Mona… Va a hacer que me… —Apretó los dientes mientras ella le pisoteaba la entrepierna. —Ni siquiera deberías existir —siseó. Él ya estaba hiperventilando. Entonces llegó la presión de verdad. Mona descargó todo su peso en el talón, hundiéndolo con fuerza suficiente para aplastarle los huevos. Lo miró con una sonrisa fría mientras el color se le escapaba de la cara. Movió los dedos, girando el talón en círculos lentos. Se aseguraba de que cada fibra de él sintiera el dolor. —Y nunca, jamás volverás a hacer un desastre en mi pizzería. ¿Quedó claro? —¡Sí! —chilló, soltando un gemido cuando uno de sus huevos se movió bajo el talón de ella—. ¡Sí, sí, sí, lo entiendo! Mona siguió aplastando con calma hasta que él cerró los puños con fuerza. Observó cómo su rostro se le retorció entre jadeos. Sus caderas temblaban contra ella, inútiles en su intento por escapar de ese pie implacable. Sólo cuando los ojos se le pusieron en blanco, Mona levantó el talón. En sus pantalones quedó una mancha oscura y húmeda. —Qué asco… —Le dio una patada final en el pene—. Fuera de mi vista. Ponte a trabajar, inútil. Recogió sus calcetines y patines. Sin dignarse a mirarlo de nuevo, le pasó por encima y se alejó, dejándolo tirado y gimiendo en el suelo. Intentó incorporarse, pero un espasmo lo hizo caer de nuevo. Aquella última patada le había dolido como si le partieran la columna, y cada latido ardiente en su pene era un recordatorio cruel del desprecio que Mona le tenía. ¿Por qué se había sentido tan bien tener su pie contra la cara? Capítulo 4: Costos hundidos —Te digo, mano: Wario jura que los sueldos van a explotar en cuanto él agarre el volante. Y las tarifas también. —Sí, pero si se pasa con las tarifas, estos ratones no nos van a soltar ni una monedita. Van a seguir correteando por estas calles como ratas. —El grandote se recostó contra el claxon—. ¡Muévete! ¡Saca esa chatarra del medio! Qué fea… —No, no entiendes. Le va a subir el sueldo a todo el mundo. Cuando tengan más monedas para quemar, van a querer gastarlo con nosotros, ¿me sigues? —El flaco del asiento del pasajero miraba por la ventana, moviendo las manos—. Vamos a ser taxistas millonarios, Dribble. —¿Y eso cuándo lo soltó? —Tú no estabas en esa reunión. Nos dijo que nos quedáramos listos por si acaso. Tiene algo grande cocinándose con esas estrellas o lo que sea. Dice que va a voltear todo bien cabrón. —Ya, ya. Mira, en cuanto nos llamen, llegamos en caliente. Ese loco nos va a soltar más dinero por un encargo raro que todo lo que ganamos cargando a estos payasos en una semana. —Dribble miró el retrovisor—. ¡Oye, Mona! ¿Spitz está hablando verdad? ¿Wario va a hacer brillar toda esta economía? El viaje a WarioWare, Inc. usualmente la animaba. Hoy, sin embargo, era puro trámite. Antes de salir, Mona se puso un vestido sencillo con sandalias carísimas, decidiendo tomar taxi para variar. Mientras Dribble esquivaba el tráfico, su mente volvía una y otra vez a la sala de descanso. Y a la cara de Orpe aplastada contra su pie. Aunque se los lavó en el lavabo, aún sentía la humedad pegajosa de su saliva entre los dedos. «¿Por qué carajos estoy pensando en ese hongo?». No es que le pesara. Él se ganó cada segundo de esa humillación. Pero había algo en cómo la miraba… La suavidad en su actitud… Patética, sí, pero también… —¡Eh, Mona! ¡Ya llegamos! —¡Ah! ¡Gracias, Dribble y Spitz! —gritó mientras cerraba la puerta—. ¡Nos vemos! —¡Que te vaya bien! —Spitz subió la ventana, pero enseguida la bajó—. ¿Qué carajo? ¡Mona! ¡Son quince monedas! ¡Eh, vuelve acá, que no nos pagaste! Pero Mona ya estaba demasiado lejos para escuchar. —Sabes, no creo que esa tipa nos haya pagado nunca —dijo Dribble, mirando boquiabierto cómo se alejaba—. Tenemos que empezar a cobrar por adelantado. —No, sólo hay que estar más pendientes al final. —Ya veremos. —Dribble frenó junto a alguien en la acera y se inclinó—. ¿Va pa’ algún lado? ¡Súbete! —¡Pyoro! *** Antes de entrar al edificio, Mona revisó su reflejo en el teléfono. Todo estaba en su lugar. El cabello perfecto y el maquillaje impecable. «Es showtime». Deslizó la tarjeta por el lector y entró al edificio. Antes de ir tras Wario, se dio una vuelta por los pasillos y pisos, curioseando cómo andaban los demás. Ni rastro de 9-Volt, 18-Volt o 13-Amp; seguro estaban atrapados en la escuela o ahogados en tarea. El doctor Crygor casi siempre se encerraba en su laboratorio, pero había buenas probabilidades de que su hija todavía anduviera por ahí. Mona se asomó por la entrada de la oficina abierta. —¡Toc, toc! Penny se puso rígida, congelando las manos sobre el teclado. —Por cierto, no estoy enojada por lo de la isla. —Mona arrastró una silla y se dejó caer junto a Penny, que tecleaba notas sobre minerales—. Todos sabemos que el equipo de 13-Amp la cagó. Tú sigues siendo la número uno para mí. —Ajá. Mona arqueó una ceja. «Okay… A ésta hay que reiniciarla». Sus ojos se clavaron en lo que había bajo la silla. Los zapatos bajos de Penny colgaban a medio salir de sus talones; el derecho se balanceaba con flojera mientras ella estiraba los dedos. Mona sonrió de lado. Sacó el teléfono del bolsillo y lo dejó resbalar por su vestido hasta que tocó el piso. —Ay, caray —exclamó. Se dejó resbalar un poco en el asiento, apoyando el brazo contra el costado de la silla de Penny mientras se metía debajo del escritorio. El espacio debajo estaba tibio, impregnado con un olor cítrico que se mezclaba con el aroma crudo de pies descalzos. Con una risita que intentó contener, extendió la mano y rozó con los dedos el arco del pie descubierto de Penny. La reacción fue instantánea. Los dedos de Penny se doblaron, y todo su cuerpo dio un brinco como si la hubieran enchufado. El zapato cayó al suelo. —Ya basta… —susurró entrecortada, la voz tan débil que parecía escaparse con cada respiración. Intentó esconder el pie bajo el escritorio, pero Mona fue más rápida. Con una sonrisa que no llegaba a los ojos, le atrapó el tobillo con firmeza, como si no pensara soltarlo jamás. —Ay, estás tiesa —bromeó Mona, dejando que sus dedos exploraran perezosamente el contorno del pie. Esta vez trazó círculos juguetones sobre la almohadilla delantera, y luego dejó que sus caricias subieran serpenteando hacia el talón. De pronto, empezó a presionar cada dedo, uno por uno, con un toque casi burlón—. Relájate. Reír es bueno para la salud. Penny soltó una risa breve que sonó más como un gruñido entre dientes que como alegría. Mientras intentaba zafarse, sus rodillas temblaban. «Mira nomás qué lindos se ven estos deditos cuando se retuercen», pensó Mona. El aroma cítrico que emanaba del pie la envolvió. Con esa mezcla de osadía y curiosidad que siempre la caracterizaba, Mona se acercó más hasta que su respiración rozó la piel. Sacó la lengua y, sin previo aviso, la deslizó lentamente desde la punta de los dedos hasta la curva del talón, dejando un rastro húmedo y tibio. Chupó mientras sus uñas le arañaban la planta. Penny soltó un chillido agudo, tan repentino que un frasco de pastillas rodó por el escritorio y cayó al piso. El momento en que sintió los dientes de Mona rozar su talón —mordisquitos rápidos, casi juguetones— su respiración se volvió errática. Una carcajada escapó de sus labios, y entonces sintió un hilo de humedad recorrerle la pierna. Los instintos de supervivencia finalmente despertaron. Su otro pie, aún enfundado en un zapato, se lanzó hacia atrás con fuerza. El tacón golpeó de lleno la cara de Mona, arrancándole un quejido y obligándola a soltarla para llevarse las manos a la nariz. Se incorporó lentamente, todavía con esa sonrisa hasta que le vio el rostro a Penny. —Sal. Ahora. —Penny, estás rara. Tienes la misma mirada muerta que Ashley, y no te queda para nada, sin ofender. —Al ver que aún no sacaba reacción, Mona se inclinó y apagó el monitor. Penny finalmente la miró. —No vuelvas a tocar mi equipo. Y como ya te dije, lárgate de una puta vez. Fue a encender el monitor, pero Mona le atrapó la muñeca. —Te lo digo en serio. Últimamente no eres tú. ¿Dónde quedó la Penny que canta todo el tiempo, desafinada y feliz de la vida? Penny miró la mano de Mona en su muñeca y luego se soltó lentamente. Respiró hondo. —Quizá todavía se está recuperando de haber participado en… Nunca debí poner un pie en ese continente. —No entiendo por qué sigues obsesionada con eso. Ganamos, ¿no? —¿De verdad no lo entiendes? —Penny enarcó una ceja—. No es tan complicado. —Pues explícamelo sin tanta jerga científica. —La gente inteligente sabe decir más con menos. —Penny giró por fin hacia ella, los ojos pesados de cansancio—. Yo no apreté el detonador, pero la bomba la hice yo. Y vi cómo destrozabas personas. No sólo peleamos contra soldados; fuimos tras civiles. No existe nada en este mundo que justifique lo que les hicimos. —Baja la voz. —Mona clavó la mirada en la puerta—. ¿Quieres que alguien escuche las locuras que estás diciendo? —Perdona si mi conciencia sigue viva, a diferencia de la tuya. —Penny encendió la pantalla de nuevo—. Y lamento que estés tan metida en tu propio pozo como para no ver lo enferma que estás. Las palabras le golpearon más fuerte de lo que esperaba. —¿Me… me odias? Penny pasó lentamente las páginas de sus notas. Dejó a Mona en silencio un minuto. Luego tres. Luego cinco. Justo cuando Mona estaba a punto de levantarse e irse, Penny habló. —Odio en lo que Wario te ha convertido. —Oye, él no me convirtió en nada. Y mucho menos en algo malo. ¿Qué problema ves? —Si no ves la sangre en tus manos, no hay forma de que te explique de qué color es. El silencio entre ellas se alargó, pesado e incómodo. Mona quería discutir, defenderse y hacer que Penny entendiera. Pero las palabras no salían. En cambio, se acercó y le dio un beso en la mejilla. —Te sigo queriendo, Penny. Somos familia. Penny dejó de teclear. Por un momento, pareció que iba a llorar. —Yo también te quiero. Pero no debería tener que calcular la probabilidad de que mi familia me degüelle. —Jamás te haría algo así, Penny. Lo sabes, ¿verdad? Penny no respondió. Sólo se volvió hacia su pantalla. Mona se puso de pie. —Te dejo trabajar. —¿Mona? —¿Sí? —Se giró. —Cuídate, por favor. —Siempre lo hago. Al salir de la oficina, la sonrisa se le borró. Las palabras de Penny seguían martillando en su mente, mezclándose con la imagen de T. Orpe de rodillas, con la cara aplastada contra su pie. «No debería tener que calcular la probabilidad de que mi familia me degüelle». Mona sacudió la cabeza, alejando el pensamiento. Tenía trabajo que hacer. *** Encontró a Wario en la sala de juntas principal, esta vez solo. La iluminación era tenue; un mapa de Sarasaland brillaba proyectado en la pizarra. —¡Wario! —canturreó Mona, haciendo una pose—. ¡La fiesta acaba de empezar! Wario no se dio la vuelta. Estaba masticando un diente de ajo crudo. —El basurero de hongos de Peach está bien para su tierra, pero Sarasaland… Ésa es una alcancía lista para que la reviente. Mona se acercó, el chasquido de sus sandalias resonando en el suelo brillante. —Ay, otra vez con el tema de los minerales… —Avanzó con un saltito—. Podemos barrerlos a todos. Soy mil veces más rápida que esa puta de Toadette. ¿Quiere ver mis movimientos? ¡Mire, mire! Lanzó varias patadas al aire; una fue tan fuerte que la correa de su sandalia se rompió y el zapato salió disparado. —¿Y se supone que eso me impresiona? —¿Pues claro? —Mona agarró su sandalia—. ¿Por qué no? —Sigues siendo blanda, Mona. Los demás idiotas tienen magia o músculo de verdad. ¿Y tú qué tienes? Trucos de porrista. Sirven para el show cuando yo ya sea el jefe de este mundo, pero para cazar estrellas… cero utilidad. —No soy sólo una porrista. ¿Ya se le olvidó que masacré a treinta y seis hongos? ¡Los mandé al olvido! —Levantó las manos, contando con los dedos—. Leí en las noticias que el número subió a cuarenta y dos. ¡Son mis resultados! —Jimmy hubiera dejado más destrozos bailando por la calle. Ciudad Champiñón sigue hecha trizas, y en Ciudad Toad lo único que reparan son unos vitrales rotos. —Wario dibujó una línea gruesa sobre el mapa—. Al menos la rapera sabía destruir de verdad. No como tú, con tu conteo miserable y sin ninguna ventaja. La respiración de Mona se aceleró. —Sí, lo último de ella fue un fiasco, pero fijémonos en el pasado. Si ella hubiera estado en Ciudad Toad, no hubiera hecho el ridículo trayéndole una estrella en vez de dos. —Yo no soy… —Incluso esa tal Sofía, aunque sea una Toad, ha demostrado ser más inteligente que tú últimamente. —¡No me compare con esa puta! —chilló—. ¡He sido su número uno desde que tenía doce años! ¡He matado por usted; he sangrado por usted! Yo… Wario soltó un gruñido y siguió garabateando en la pizarra. —¡Wario! ¡Deje de tratarme como si fuera un maldito hongo desechable y tráteme como su jodida socia, aunque sea por una vez! Le lanzó la sandalia. Le dio de lleno en la cabeza y cayó al suelo con un golpe seco. El eco resonó en la sala y le arrancó un jadeo a Mona. Wario dejó de escribir. Lentamente le puso la tapa al marcador. Se dio la vuelta. A Mona le temblaban los labios. —Perdón… —Tranquila. —Bajó la mirada, frotándose la sien—. Tienes razón. Es que estoy al límite. Este plan… —Extendió una mano—. Ven. El corazón de Mona latía pesado. Cada fibra de su ser le gritaba que huyera, pero sus pies la empujaron hacia él. Se detuvo justo al alcance de su mano. —Sólo quiero ser lo suficientemente buena para… ¡CRAC! El golpe de revés llegó tan rápido que ni lo vio venir. La levantó del suelo de un golpe. Se estampó contra la mesa, lanzando papeles y marcadores por todas partes, y resbaló sobre ella hasta chocar con la pared del otro lado. El dolor le estalló en el cráneo, pero su entrenamiento se activó antes que su cerebro. «¡No llores! ¡Wario odia el llanto feo!». Se tapó la boca con las manos, ahogando el sollozo. Sin embargo, mientras se presionaba la boca, su mejilla palpitaba con un calor que le hacía lagrimear. Empezó a llorar en silencio antes incluso de darse cuenta. —Mírate —dijo Wario, ajustándose el guante—. Haciendo un desastre. Como siempre. Mona se incorporó torpemente. La sangre le caía del labio al vestido. —Pero… —Tú me obligaste. —Wario negó con la cabeza—. Te metes aquí, chillando como una cría. Sabes que no puedo pensar con ese chillido metido en la oreja. Estoy levantando un imperio, y tú te comportas como una mocosa malcriada. Avanzó hacia ella, erguido y dominante sobre su cuerpo derrumbado. Su sombra la envolvió por completo. —¿Por qué siempre tienes que complicarlo todo? No me extraña que a mami y papi nunca les importara pasar tiempo contigo. Mona se limpió la sangre del labio. La mandíbula le latía como si se la hubieran arrancado de su sitio. Pero el dolor no era lo peor. Lo peor era la culpa. Él tenía razón: le había gritado, había perdido la cabeza y lo había hecho enojar. —Lo siento mucho… —gimoteó, haciéndose bolita—. No quise hacerle usar la mano. ¿Está bien? —Sólo irritada. —Estaba actuando como un maldito hongo… Ruidosa y estúpida. No sé por qué me da por ponerme así… No trato de ser tan desagradecida. —Lo sé. Claro que nunca lo haces a propósito —suspiró Wario, dándole la espalda—. Anda, recoge este desastre. Luego te vas a entrenar hasta que vomites. Ashley me traerá resultados antes de que acabe la semana. Trata de valer al menos una fracción de lo que vale ella, ¿eh? Mona asintió frenéticamente. —Lo haré. Se lo prometo. Ignorando el dolor en las costillas, gateó sobre manos y rodillas y comenzó a recoger los papeles esparcidos. Las lágrimas le goteaban de la cara y se mezclaban con la sangre del labio. Tragándose las lágrimas, se obligó a respirar en silencio para no molestarlo de nuevo. Después de unos minutos de silencio, Wario finalmente gruñó. —¿Ya terminaste? —Casi —susurró con voz ronca. —Bien. En cuanto acabes, te largas. ¿Y Mona? —¿Sí? —La próxima vez que te dé por hacer un numerito, acuérdate de lo que pasa. —Su tono era frío—. No me gusta repetirme. —Entiendo. Recogió los últimos papeles, apilándolos ordenadamente en la mesa. Cuando terminó, se levantó lentamente. Forzó una sonrisa, ofreciendo una débil señal de paz. —Voy a… Voy a mejorar. Lo amo, Wario. —Sí, sí, lo que digas. Cierra la puerta. Salió al pasillo. En el momento en que la puerta se cerró, las piernas la fallaron. Se deslizó por la pared y se sentó en el piso frío, enterrando la cara en las manos. Las lágrimas llegaron más fuertes ahora. «¡Me merecía todo lo que me dio! ¡Soy tan tonta!». No tenía idea de cuánto tiempo había estado sentada ahí. Pudieron haber sido minutos o una hora. Finalmente escuchó pasos acercándose. Levantó la vista y trató de limpiarse la cara, pero era demasiado tarde. Penny estaba parada en el pasillo, congelada al verla. Su cara pasó de la sorpresa al horror al notar la hinchazón, la sangre en el vestido y cómo Mona se encogía contra la pared. —Mona… —Estoy bien. Penny sólo la miró un momento. Luego, sin decir una palabra, se sentó a su lado y la abrazó. Mona enterró la cara en el hombro de Penny y se aferró a ella como a un salvavidas. Todo su dolor, miedo y culpa se derramó en sollozos y jadeos. Penny la abrazó fuerte y le acarició el cabello. —Me dejo la piel para ser la mujer que él quiere. Pero en el segundo que la cago, siento que tengo doce años de nuevo —sollozó, temblando—. ¿Por qué sigo siendo ella? —No la eres. Eres una adulta. —Penny echó un vistazo nervioso al pasillo—. Mona… Tal vez no tengamos que ser parte de esta operación. —¿Qué quieres decir? —Los ojos de Mona se abrieron de par en par. —Sólo digo que, si te sientes incómoda, podríamos alejarnos de esto. Vámonos. Mona parpadeó lentamente. —¿Estás loca? Penny, él me rompe para reconstruirme más fuerte. Eso es amor. Es… Es amor duro. —Pero… —Además, ¿a quién más tenemos? —Mona se puso de pie, las lágrimas secándose al instante—. ¡El mundo entero quiere vernos caer! Esos hongos asquerosos, esa princesa… Nos odian porque somos mejores. ¡Somos el futuro, Penny! ¡Somos los que limpiaremos esta sociedad de mierda, y encima tienen el descaro de pintarnos como villanos! Penny la miró con horror. —Incluso si me matan en el intento, cosa que no va a pasar, al menos sabré que morí con Wario todavía amándome. Penny tragó saliva. —Sugerencia rechazada. —Dio un paso atrás—. Olvida que dije algo. Por favor. —No te preocupes. Todos estamos estresados ahorita. —Mona mostró una sonrisa brillante y sangrienta mientras se acomodaba el cabello—. Oye, voy a ponerme hielo en esto. Tengo que verme bonita para mañana. Te quiero. Penny la vio alejarse por el pasillo, el chasquido de sus sandalias resonando tras ella. «Puedo alterar fórmulas; puedo colar cosas… Pero no puedo arreglar a alguien tan roto». Cerró los ojos, juntando las manos en oración. «No me importa si termino en una celda. Por favor detennos, Toadette». Capítulo 5: Pies sucios «Entrena hasta que vomites. Entrena hasta que vomites». La frase le martilleaba en la cabeza mientras salía del edificio. El aire le quemó la mejilla hinchada. Aunque le había jurado a Penny que iría directo a casa, sus pies decidieron por ella y tomaron otro rumbo. A medio camino, se detuvo en seco. Sacó el teléfono y abrió los registros de empleados de Mona Pizza. Sus ojos se quedaron pegados en la dirección de T. Orpe. «¿Qué demonios estoy haciendo?». Lo sensato habría sido irse a casa, ponerse hielo y borrar la noche de su cabeza. Pero ni muerta podía apartar el dedo de la pantalla. *** Horas más tarde, estaba tocando la puerta de un departamento donde jamás había puesto un pie. Pasó un minuto eterno. La puerta se abrió apenas, con la cadena colgando tensa. —¿Señorita Mona? —T. Orpe se asomó, mostrando sólo un ojo abierto y temblando de puro miedo. Vestía una pijama barata, deslavada y floja sobre su diminuto cuerpo. —Abre la puerta. —¿Hice algo…? ¿Cómo siquiera me…? —Ábrela. Ahora mismo, champiñón. El metal tintineó, la cadena cayó, y la puerta cedió. Mona lo empujó, se descalzó de un tirón y avanzó directo hacia la pequeña sala. El departamento apestaba a esporas viejas y a miseria. Estaba saturado de baratijas inútiles que sólo a un Toad le podrían resultar sentimentales. Al pisar la alfombra áspera, un escalofrío helado le subió por las piernas. Orpe se quedó pegado a la pared, abrazándose mientras temblaba. —Con todo respeto, es algo tarde para recibir visitas, señorita Mona. Si es algo importante… tal vez podríamos hablarlo mañana. Mona empezó a silbar, como si sus palabras no fueran más que ruido de fondo. «Veamos… Sólo, sin una moneda, ahogado en tareas. Como si gastar tu juventud en años extra de universidad te hiciera listo, champiñón. ¿Más listo que yo? Sí, cómo no». Su mirada se enganchó en un estante torcido, lleno de películas. Parpadeó y se quedó mirando. Su propia cara le sonreía desde una caja de acero brillante: una grabación de edición limitada de uno de sus viejos conciertos en solitario. —Yo… nunca he ido a uno de tus conciertos en persona —murmuró Orpe—. Las luces parpadeantes me marean. «Claro que un hongo no sabría de diversión real ni aunque le quemara las retinas». Sus dedos se aferraron al acero. En su mente, la voz de Wario volvió: «Soy el único director que vas a necesitar. Confía en mí». Una lágrima le resbaló por la mejilla antes de que pudiera evitarlo. «¿Tú? ¿Dirigiéndote a ti misma? Ni de chiste, pero está bien. Sueña lo que quieras». El acero crujió. Orpe se estremeció. —¡Señorita Mona, por favor! —Corrió hacia ella, tropezando con las sandalias que había dejado tiradas—. Es de mi hermana. Fue un regalo de cumpleaños. Mona devolvió la caja a su lugar. Luego le agarró la parte de arriba de la pijama y lo empujó hacia atrás. Tropezó y cayó en el sofá barato; los resortes crujieron con su peso. —Ni una palabra. —Sus uñas se le hundieron en el pecho—. Eres sólo un mueble. ¿Entiendes? Lo miraba desde arriba. Él estaba petrificado, completamente a su merced… Y algo dentro de ella se aflojó. Se quitó el abrigo y lo dejó caer al piso. Luego el vestido. Cuando empezó a desabrocharse el sostén, los ojos de él se abrieron como platos, pero no se movió. No habló. La observaba como si fuera una mezcla extraña de diosa y pesadilla. Sólo entonces Mona bajó la mirada hacia sus pies. Estaban sucios de tanto caminar por las calles; una fina capa gris de polvo y sudor seco les cubría las plantas. Perfecto. Alzó de nuevo la vista hacia él. Sin aviso, aplastó sus labios contra los de él, ahogando el chillido que se le escapó. Él sabía a menta y a puro pánico. Ella también podía saborear la sal de su propio sudor, mezclada con la amargura de las palabras de Wario, todavía afiladas en su mente. Se apartó, mirándolo con ojos encendidos. «Hoyuelos extraños…» Orpe quedó inmóvil bajo ella, respirando entrecortadamente con la garganta trabada. —Inútil —susurró. Volvió a besarlo, esta vez con más fuerza, mordiéndole el labio inferior lo suficiente para arrancarle un quejido—. Vegetal estúpido. Ni siquiera sabes besar a una chica. —Sí… Sí puedo… —Cállate. —A pesar de la ponzoña en su voz, el contacto de su piel contra la de él le enviaba chispas por todo el cuerpo. En cualquier otra circunstancia, el simple hecho de verlo le habría dado asco. Pero ahora, con ese terror pintado en su cara, ella se sentía invencible otra vez. Dueña de la situación. Se acomodó en su regazo. Le subió un pie a la mejilla, presionando la planta mugrienta contra su cara antes de ponerla sobre su boca. —Éste —declaró, meneando los dedos polvorientos—. Éste es el camino que pisoteo. La inmundicia de una ciudad que no te quiere. —Aumentó la presión hasta que él gimió—. Lámelos. Hazlo hasta que no quede ni una sola mota de mugre. Demuéstrame cuál es tu única función en este mundo. —Yo no… —Las palabras se le atascaron en la garganta cuando su mirada se cruzó con la de ella. Sus labios se abrieron y se cerraron alrededor de su dedo gordo. Y empezó a chuparlo despacio como si fuera una paleta. Echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gemido suave. La caricia de su lengua recorriendo las plantas sucias le encendió el cuerpo desde adentro. Que él limpiara con tanta devoción —sin importarle la arenilla ni el sudor— la hacía sentirse como la reina del mundo. —Buen chico —susurró con un gemido antes de endurecer la voz—. No pares. Chupa. —Sí, señorita Mona —respiró con el aliento tibio sobre su planta—. Usted es… Es tan linda… Hasta sus pies… —Cállate. —Las palabras, tan patéticas como sonaban, igual se le metieron bajo la piel. Se acarició, deslizando las manos por el vientre y alzando los pechos—. Tu boca ahora mismo sólo sirve para una cosa, masacote. Su boca estaba cubierta de una mezcla oscura de saliva y mugre de la calle. Ella ni siquiera notó que había empezado a mover las caderas. El latido en su mejilla ya era un eco lejano, borrado por el pulso insistente entre sus piernas. Lo recostó más contra el respaldo. —Quieto. Deslizó una mano entre sus cuerpos y la sacó de la pijama. Su verga, más bien pequeña, estaba dura como una roca. —Mmm… —Sus pies se cerraron alrededor de su erección. Él intentó ahogar un gemido, pero sólo consiguió que saliera entrecortado y quebrado. Sus caderas se sacudieron en un leve espasmo hacia el cálido arco de sus pies. —Señorita Mona —gimió temblorosamente—. ¿Está bien? Su mejilla… Su ritmo vaciló por una fracción de segundo. Su cara se tensó. Lo apretó más fuerte. —Mi mejilla está bien. No es nada comparado con el asco que me da tocarte y verte. —Yo… Yo… —Se mordió el labio—. Aun así… Para mí, usted es la mujer más hermosa que he visto. Cómo desearía tener su nivel de perfección cuando se trata de… —¡Uf, cállate! —Pero lo que salió fue un gemido ronco. Sus ojos se clavaron en él. Su rostro era un lienzo de dolor y éxtasis, luchando por mantenerse inmóvil. En medio de su desprecio, algo extraño e indeseado le floreció en el pecho. Se inclinó hacia adelante, apoyando las palmas en los cojines del sofá mientras sus pies continuaban sin piedad. Arriba, abajo… Las manos de Orpe cayeron sobre sus pies. Mona frunció el ceño. —¿Me permite? —preguntó. —Tienes suerte de que no te vuelva a aplastar los huevos —resopló—. Diez segundos. Jadeando, frotó los pies de ella arriba y abajo por su mango. Cuando sus dedos bajaron lo suficiente para exponerlo por completo, un escalofrío la recorrió. Desvió la mirada hacia la pantalla negra del televisor. Orpe ladeó la cabeza. «Se está sonrojando…» —Ya basta con los pies. —Mona inhaló profundamente y se montó sobre él. Agarró su verga. A Orpe se le desencajó la mandíbula. Se bajó centímetro a centímetro, sin apartar los ojos de los de él. Cuando su cuerpo finalmente se fundió con el de él, un gemido gutural se le escapó. Aquí estaba, cruzando la línea que había jurado que nunca cruzaría. Con cada milímetro de él dentro de ella, sentía cómo los cimientos de su mundo se resquebrajaban. Y por el amor de las estrellas, se sentía de otro mundo. Sus caderas se estrellaron contra las de él repetidamente. Cada impacto intentaba sacar la voz de Wario de su cráneo a golpes. «¡Estás cogiendo con un monstruo, Mona! ¡Eres una traidora! ¿Qué crees que diría Wario? ¡Te llamaría una perra asquerosa, y luego te borraría de su vida para siempre! ¡Él te…!» Pero Wario no estaba ahí. Ninguna voz le escupía juicios; sólo el golpeteo húmedo y urgente de dos cuerpos chocando. Una sonrisa quebrada le deformó el rostro. Se movió sobre él como si quisiera partirlo en dos. Las manos se aferraron con fuerza a la cintura; la expresión de Opre era el retrato exacto de alguien atrapado entre el pánico y el deseo. —Me estás profanando —susurró con una risa maniaca, mientras las uñas se clavaban en la espalda—. ¡Estoy dejando que un parásito se meta en mí! ¡Dime qué se siente saber que estás pudriendo algo puro, maldito hongo! —Yo… No sé —jadeó—. ¡Señorita Mona! —¡Dilo! —gruñó, acelerando el ritmo. El sofá gimió bajo ellos—. ¡Di quién eres! ¡Y lo agradecido que estás por este regalo! —¡Soy… Soy un Toad! —Apretó los dientes—. ¡Soy un estúpido cabeza de espora torpe! ¡No la merezco! Sus palabras fueron chispa sobre gasolina. Una descarga orgásmica la atravesó, haciendo explotar su vergüenza y su rabia en un mismo instante. Gritó, meciendo las caderas aún más rápido. Luego estrelló la boca contra la de él y lo invadió con la lengua babosa. Su cuerpo continuó moviéndose arriba y abajo, extrayendo hasta el último temblor de placer de ambos. —Más —jadeó—. ¡No pares, maldito hongo! ¡Dámelo todo! —¿Quiere que… que continúe? —Su respiración se volvió un torrente irregular y desesperado. Las manos le apretaron las caderas con una fuerza que rozaba el dolor—. ¿Mmm? ¿Le gusta? —Ah… ¡Sí! —Le costó un mundo de orgullo decirlo, pero el deseo era más fuerte que todo. —Está bien. —Ahora sus dedos trazaban círculos cariñosos en sus brazos—. Voy a… Creo que ya me voy a… El primer chorro brotó de su verga. Siguieron varios más mientras ambos gemían. La vibración de él dentro de ella, la prueba de su rendición, desató una segunda oleada de placer. Un espasmo total la recorrió, borrando todo pensamiento. Los dedos de los pies se le retorcieron con tanta fuerza que un calambre agudo los atrapó por un momento. Hubo un instante perfecto: un respiro en el que el universo se redujo a los dos, acurrucados en ese sofá. Entonces, como si nunca hubiera pasado, la sensación se desvaneció. El calor en su pecho se volvió hielo. Sin mediar palabra, lo empujó con violencia y se levantó. Arrancó la ropa del suelo y le dio la espalda, sin la más mínima intención de mirar atrás. Orpe quedó tendido en el sofá, ahora húmedo y frío, con el pecho agitado mientras el aire acondicionado le helaba la piel sudorosa. La observó a través de las pestañas. Ella se irguió frente a él mientras se vestía. —Escúchame bien, sabandija —siseó—. Si le dices a alguien sobre esto, te juro que te mato. Te rebanaré y pelaré ese grotesco sombrero como si fuera una naranja. ¿Queda claro? A él le temblaron los dedos. Tragó saliva. —No diré nada… Se lo prometo… —Sólo estaba desahogándome. Fuiste una herramienta conveniente. Eso es todo lo que eres, y eso es todo lo que la escoria como tú puede esperar ser. Marchó hacia la puerta. La cerró de golpe, dejando a Orpe solo en el silencio. El camino a casa fue un borrón. Una mancha en su memoria. Sólo podía sentir la náusea, una oleada repugnante al recordar que los gérmenes de ese Toad ahora profanaban sus pies sagrados. Era peor que toda la mugre pegada a la piel. Estos gérmenes ahora estaban dentro de su cuerpo. Al llegar a su mansión, fue directo al baño. No se atrevió a mirar su propio reflejo. Puso la regadera en su configuración más caliente, se metió bajo el chorro y se talló la piel vigorosamente. Se talló hasta que la piel quedó en carne viva. Pero ninguna cantidad de jabón podía lavar lo que había hecho. Se envolvió en una toalla, colapsó en su cama y miró al techo. El recuerdo seguía reproduciéndose en bucle: la cara de Orpe, la forma en que la había mirado, lo que ella había dicho y cómo se había sentido. Apretó los ojos con fuerza, tratando de forzar a las imágenes a irse. Pero no se iban. «¿Qué carajos me pasa? ¡Ni siquiera sé en qué estaba pensando! Sólo… Por favor perdóneme, Wario. No lo volveré a hacer nunca». Para llenar el silencio, empezó a tararear. Hirviendo bajo mi piel esta energía Tan deliciosa, ¿por dónde empezar? Su mente seguía en el departamento. Era como si hubiera estado en un castillo inflable, de lo bien que se la había pasado montando esa verguita. Susúrrame algo, baby… —¡Puaj! —Sus ojos se agrandaron—. Deja de ser tan asquerosa, Mona. Te cogiste a un cabeza de esporas para sentir algo de alivio. Si hubiera usado un saco de boxeo para descargar el estrés, a nadie le habría importado. Si hubiera robado unas pesas para mejorar su físico, nadie la habría juzgado. Orpe no era diferente. Esa repugnante criatura no era más que una herramienta para ayudarla a recuperar la confianza: una pelota antiestrés con pulso. Rápidamente agarró el teléfono, descargó la foto de Orpe y comenzó a editarla con una sonrisa loca. En un minuto, pasó de parecer un Toad tímido y feliz a convertirse en un desastre ensangrentado. Se le escapó un suspiro. Luego fue a la pantalla de inicio. —Lo hago por nosotros, Wario —susurró, besando la pantalla del teléfono—. Sé que no has hecho más que quererme durante todo este tiempo. Y no quieres que tu arma favorita quede completamente inútil. Soltando un gemidito, frotó sus pies uno contra el otro, imaginando que atrapaban un pene invisible. «Tal vez a esta arma sólo haya que darle servicio de vez en cuando, y ya», pensó. *** Mientras tanto, al otro lado de la ciudad en el departamento, T. Orpe finalmente logró ponerse de pie sobre las piernas temblorosas. Puso seguro a la puerta y tropezó hacia el baño para limpiarse. «Cómo me gustaría saber por qué nos odia así», pensó, esperando a que el rubor desapareciera del rostro. «Es sólo que… no creo que yo tenga el corazón necesario para odiar a nadie». Cuando volvió a salir, su pie rozó algo suave cerca de la puerta. Miró hacia abajo. Ahí, en el suelo, estaban las sandalias de Mona. Estaban polvorientas y gastadas, y olían levemente a las calles y a sus pies. Las miró fijamente, con el corazón latiendo con fuerza. Las recogió con cuidado. Se llevó el cuero gastado a la cara e inhaló profundamente las huellas de los dedos. El olor a sudor de ella le envió una descarga directo a la entrepierna. No las había dejado ahí por accidente. Una mujer como Mona nunca olvidaba nada, especialmente sus zapatos. Esto fue deliberado. «Ella va a volver…». ---------- Nota del autor: En retrospectiva, me doy cuenta de que el primer especial protagonizado por Yasmín probablemente podría haberse dividido en capítulos. No es que me arrepienta de haberlo hecho; sólo me doy cuenta de lo conveniente que es dividirlos, aunque los capítulos sean más cortos que el capítulo medio de La historia de Toadette. Me encanta trabajar en esta interpretación de Mona. Soy consciente de que difiere mucho de la versión canónica, lo que desanimará a muchos de sus fans. Pero yo lo considero un resulto diferente: cómo sería ella si Wario fuera una persona realmente horrible y la hubiera manipulado desde que era niña. En mi opinión, eso no justifica sus horribles acciones. Por lo que hemos visto, es una persona terrible. Pero, aunque los personajes en blanco y negro pueden ser entretenidos, me gusta añadir capas o dimensionalidad a los personajes en los que uso. Debo mencionar que Mona era una de mis favoritas antes de decidir darle tanta profundidad. Es mi favorita para usar in «Get it Together». Me ha acabado gustando un poco más que Penny, pero eso se debe en gran parte a que Penny es más joven en el canon de lo que pensaba inicialmente. Por eso es mucho mayor aquí; pensaba que estaba en la universidad en los juegos. Sin embargo, las dos son mis favoritas. |