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Rated: XGC · Book · Fanfiction · #2328963

Sigue la historia de la vida de esclava de Toadette, y ya tiene el fetiche por los pies.

#1094968 added August 9, 2025 at 8:59am
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Capítulo 104 - Placer con dolor
La sala del tribunal explotó. No en ovaciones, sino en pura indignación. Los martillazos de los magistrados resonaban en vano sobre las mesas, mientras los espectadores se ponían de pie de un salto.

—La sentencia establece que Wario permanecerá en Ciudad Diamante durante un período de seis meses, con la única excepción de salir de la isla por obligaciones legales. Waluigi tiene permitido viajar exclusivamente entre Ciudad Champiñón y Ciudad Diamante, prohibido de visitar cualquier otro lugar durante seis meses.

—Gracias —cantó Waluigi. Entonces le susurró a Wario—. Qué castigo tan ligero, ¿eh?

—Mira, que no van a hacernos nada —se rió Wario.

El sonido desde el exterior fue inmediato. Sonaron las bocinas de los carros, el eco de cristales rotos recorrió la ciudad y los gritos inundaron cada edificio. La ciudad entera reaccionó, desde los humanos hasta los Toads y los Koopas. Esta furia se extendió más allá de Ciudad Champiñón; en la Ciudad Toad, Aldea Cromo (Villatina) y Villa Preciosa también se sintió la derrota de este caso. Mientras tanto, en Ciudad Diamante, el equipo de Wario celebraba la inocencia de él y de Waluigi.

En Ciudad Toad, un televisor estuvo a punto de hacerse añicos.

—¡Son culpables! —gritaba Minh, sacudiendo la pantalla una y otra vez—. ¡Mataron a niños! ¿Qué rayos pasa con nuestro reino? ¿Acaso bastó con una canción para convencer a esos jueces?

—No hay pruebas contundentes, Minh-Minh —dijo Sofía—. Lo siento.

—¡Pero no es justo!

De vuelta en el Alto Tribunal, Wario y Waluigi se retiraron con estilo. Wario hacía reverencias a diestra y siniestra, lanzando besos falsos a la multitud enfurecida. Waluigi, con una sonrisa de oreja a oreja, bajó las escaleras bailando con alegría. Al llegar a su limusina, chocaron los puños en señal de victoria.

Peach se quedó mirando las palmas de sus manos temblorosas. Una vez más, habían eludido a la justicia. Todo lo que tenía, la confirmación de su papel en el Festival de las Estrellas, no serviría de mucho ahora que habían ganado dos casos. ¿Quién creería que eran culpables si los tribunales no pudieron probarlo dos veces seguidas?

«¡Si tan sólo nunca hubiera colaborado con ellos la primera vez!», se gritó.

***


El veredicto fue un trago amargo para Toad, a pesar de que ya se lo esperaba. El peligro de su aventura no había hecho más que aumentar.

Fue testigo de cómo T. Ana sufría un arrebato, uno que le recordaba a su hija en sus peores momentos. Temió que fuera a lanzarse del balcón.

—No se vaya a desbaratar la casa ahora —dijo él.

—¡TT se hizo matar por esa princesa, y esos pendejos se salen con la suya! ¿Por qué tú no solucionas este problema? ¿O es que no eres el gran líder, pues?

—Aunque quisiera, no podría. —La señaló—. Usted le heredó esa terquedad a su hija.

T. Ana soltó un quejido. La terquedad, de todos los rasgos de Toadette, se había manifestado en la dedicación casi suicida de su hija a su trabajo. Con sólo diecinueve años, lo estaba arriesgando todo para salvar el reino, sin garantía de sobrevivir. La incertidumbre sobre el destino de Toadette la carcomía por dentro.

Entonces sonó el timbre. Aún en pijama, T. Dani pasó arrastrando los pies junto a T. Ana para abrir. Sus ojos se abrieron como platos. Abrió la puerta y de inmediato se escuchó un chillido agudo y femenino.

—¡Ay! ¿Por qué siempre me aprietas donde más me duele, TD?

—¡Mija! —T. Ana prácticamente le arrancó el brazo a Toadette para meterle al apartamento—. Pensé que…

—¿Que estaba muerte? No le echaron las ganas suficientes. —Toadette entró a la sala. Se quedó sin aliento al ver a Toad. Se tropezó en su dirección, haciendo una mueca cuando un dolor sutil le recorrió la pierna. Una vez que estuvo cerca, Toad la sentó en el sofá.

—¿Qué te pasó en el ojo? —preguntó él, notando que el izquierdo estaba hinchado.

—¿Y a ti qué te pasó en la pierna? —replicó ella. Luego le contó con pelos y señales el caos en Ciudad Toad y Aldea Cromo.

—No me digas. ¿Teso, Consejero y Amarillo fueron derrotados? ¿Todos?

—Y bastante rápido.

—Pobres tipos. Pero por esto es que ahora eres la segunda al mando. —Toad por fin pudo respirar aliviado—. Ya creía que lo habíamos perdido todo: las dos estrellas, mis hombres, a ti…

—Nos vamos en cuanto el radar esté arreglado —ordenó ella—. Ese aumento de poder no sólo nos funciona a nosotros. Después de esa experiencia cercana a la muerte, sé que al menos cuatro de ellos son más fuertes que yo.

—Para mí tampoco fue fácil. —Y procedió a contarle su experiencia—. Su líder, una chica muy respondona, estaba a otro nivel comparada con Mona o esos ninjas.

—¿Intentaron matarte a ti y a TD? —le preguntó Toadette a T. Ana.

—Fue una niña —contestó T. Ana—. Se enloqueció apenas mencioné tu nombre.

—Fue la pelirrosa, la agresiva —confirmó Toad—. Esta vez era la más débil del grupo, y aun así no fue una pelea simple.

—Sabes —empezó Toadette, respirando hondo—, pudiste haberla noqueado con tus… ¿Tengo que seguir?

—Ya, Toadette.

—Sólo digo —continuó, empezando a sonreír—. Ya sé que mis zapatos te dan asco, pero no finjamos que tus botas no me provocaron ganas de saltar de un avión cuando las olí. Tenías un arma secreta.

T. Ana frunció el ceño ante la extraña sugerencia de Toadette, pero Toad se puso rojo como un tomate.

—Aunque estuviera lo suficientemente loco para usar ese truco asqueroso, lidiar con un grupo entero es distinto a lidiar con una sola persona.

—Mi experiencia con los Shy Guys ya me enseñó eso. —Toadette se acurrucó más contra él y los arropó a ambos con una manta. Anidó la cabeza en su cuello y ronroneó.

—Te lo estás tomando sorprendentemente bien —comentó él.

—He tenido una semana para recuperarme. No llegaré a ningún lado en esta misión si dejo que cada cosa terrible me desvíe del camino. —Su sonrisa se amplió—. Si acaso, esto sólo me motivó más. Voy a arreglarlo todo en cuanto consigamos esas estrellas.

Toad ya sabía lo que estaba pensando ella. También sabía que el deseo que iba a pedir podía traer complicaciones. En lugar de expresar sus preocupaciones, simplemente la abrazó con más fuerza, con cuidado de no lastimar su delicada piel.

Para T. Ana, ver a Toadette no sólo al lado de un muchacho, sino también risueña y sonrojada, se sentía surreal. Era la misma niña que siempre llegaba a casa quejándose de que los chicos la odiaban en la escuela. Toad era el mismo delincuente que no había hecho más que bromear sobre Toadette durante su última visita. Y sin embargo, ahí estaba ella, prácticamente quedándose dormida en sus brazos.

—¿Quieres algo, TT? —preguntó T. Ana, dirigiéndose a la cocina.

—Chocolate caliente, con extra de malvaviscos, ya sabes. —La mano de Toadette vagó sin rumbo hasta que sintió algo suave pero firme. Lo apretó, provocando que Toad diera un respingo. Cuando él la miró, ella le sacó la lengua con inocencia, mientras sus mejillas se teñían de color.

Para un extraño, todo parecía normal. Pero bajo las sábanas, Toadette comenzó a explorar la entrepierna de Toad como si fuera un patio de recreo. Sus dedos trazaron la acera de su regazo antes de saltar al subibaja que era su verga.

En el instante en que metió la mano dentro de sus pantalones, él se quedó helado.

Su chocolate caliente llegó en menos de un minuto. «Gracias», le dijo a T. Ana, soplándolo ligeramente mientras el movimiento de su mano se reducía a un ritmo agónicamente lento.

Tan pronto como su madre se fue, el juego se reanudó. Toad se mordió el labio mientras los dedos de ella se envolvían alrededor de sus bolas, apretándolas como si fueran arcilla. Pero controlaba sus movimientos con cuidado, sin aplastar el precioso contenido del escroto.

La amenaza, sin embargo, hizo que la verga de Toad se irguiera aún más.

Sin ninguna señal de T. Ana o Dani cerca, Toadette se la jugó. Se zambulló bajo las sábanas y le sacó la verga de los pantalones. Comenzó a masturbarlo frenéticamente, notando cómo el prepucio aún cubría su glande.

«No tiene caso resistirse», decidió. Y abrió la boca.

Un suave jadeo se le escapó a Toad cuando la calidez de su boca se cerró sobre él.

Los gemidos de Toadette quedaban ahogados por la manta mientras lo chupaba. Logró metérselo casi entero en la boca, una hazaña impresionante para ser su segunda mamada. Una vez adentro, alternaba entre chuparla y enroscar la lengua a su alrededor. Cuanto más lamía, más se daba cuenta de que cada parte sensual del cuerpo parecía tener un sabor naturalmente salado.

«Se supone que la sal es dañina, y sin embargo, todos sabemos como si estuviéramos hechos de ella», notó. «Aunque no me quejo. Para nada, sí sabe así de rico».

Toad, gradualmente abrumado, la guió para que fuera más profundo. Ella sintió una arcada y los dedos de sus pies se encogieron por la intensidad del empuje. Aun así, logró soltar: «¡Jálame las trenzas, Toady!».

Toad obedeció, agarrando una de sus trenzas y tirando con fuerza. Ella gritó de placer, con los sonidos aún más ahogados por su palpitante pene. Desató un torrente de saliva por toda su verga y sus bolas, el cual lamió con entusiasmo. Ahora besaba el mango de su pene, preparándose para que él alcanzara el clímax.

—¡Mija! —gritó T. Ana desde la puerta principal—. Voy a lavar tus baletas.

—¡No! —Toadette se incorporó de golpe, saliendo de debajo de la manta—. ¡Ni se te ocurra!

—Apestan la entrada cada vez. Ah, mira, saltaron solitas a la canasta de la ropa sucia.

—¡Mamá! ¡Ya me las llevo a mi cuarto! —Se apresuró a recoger sus adorados zapatos, dejando a Toad en un estado de extrema excitación y confusión.

«Tengo que encontrar una forma más genial de decirle que la amo», pensó.

No tuvo mucho tiempo para reflexionar, porque Toadette reapareció. Volvió a meterse bajo la manta, y sus risitas le provocaron escalofríos a Toad por toda la espalda.

Y entonces sintió su pie.

Toadette se movió hasta el borde del sofá, ahora tumbada boca abajo. A través de sus medias de nailon, localizó su objetivo con los dedos de los pies. Lo empujó suavemente hasta que encontró el punto exacto.

—Te tengo —jadeó ella. Su pie izquierdo tocó la parte trasera de su verga, mientras que el derecho acunaba el frente. Los ojos de Toad se abrieron de par en par cuando el aroma almizclado de sus medias llegó hasta él, incluso a través de la manta. Estaban húmedas al tacto. Se estremeció.

Con un meneo y una contracción de los dedos, Toadette ascendió por su pene. Sus dedos alcanzaron la punta antes de tirar hacia abajo con una fuerza que expuso su glande al aire penetrante. Apenas notó los quejidos de Toad, consumida por la sensación de sus medias deslizándose contra el cuerpo de su pene. Se rió, acelerando el ritmo.

«Es como si me estuviera dando mi propio masaje. ¡Su verga encaja perfectamente entre mis arcos!». Sus ojos brillaron mientras le devolvía la mirada.

—Cógete mis pies, Toady. Vamos, cógeme.

Toad enarcó una ceja. ¿De verdad esperaba que él quisiera montarse sus pies apestosos?

Por supuesto que sí. Si él no daba el primer paso, ella estaba lista para tomar el control. Ya le estaba agarrando la verga con tanta fuerza que estaba a punto de aplastársela. Mientras aumentaba la presión, le dio unos segundos más para que la satisficiera. Él gimió, reconociendo la habilidad única que ella tenía para tomar los escenarios más sexis y echarles encima todo un costal de rarezas.

Ella empezó la cuenta regresiva desde diez. Cuando llegó al tres, sintió la primera embestida entre los arcos de sus pies. Su rostro se contorsionó de placer y sus dedos se menearon para crearle sutiles sensaciones en la verga.

Toad soltó un gemido, agarrándole los talones y los dedos de los pies mientras la penetraba a un ritmo más lento. Se tomó un segundo para acariciarle las piernas.

—No bajes la guardia, capitán —bromeó ella, volteándose sobre su espalda—. Imagínate que mi mamá nos pillara ahora mismo.

—Ni lo digas en chiste —rió Toad, con la verga todavía atrapada por su agarre.

Toadette se quitó la media izquierda, revelando su piel brillante y resbaladiza por el sudor. Se mordió el labio, sopesando sus opciones. Un pie descalzo y un pie con media podían llevar a Toad al éxtasis.

Su pie recién liberado hizo contacto con su pene, y el dedo gordo presionó firmemente contra éste. A Toad se le cortó la respiración. Dos de sus dedos le pellizcaron suavemente el glande, silenciándolo.

—Sé mi vigía —susurró ella, volviendo a zambullirse bajo la manta.

Su flexibilidad acrobática entró en juego. Se encorvó, con los dedos de los pies flanqueando la verga de Toad, y le lamió el glande como un gatito lamiendo un plato de leche. Su lengua se arremolinaba alrededor de la punta sensible, chupando con suavidad.

Sus dedos le hacían cosquillas y provocaban su verga una y otra vez, intentando exprimirle hasta la última gota de placer. Esta vez él le agarró el sombrero con más fuerza. El ligero dolor sólo la impulsó a adorar su verga con renovado fervor. Era una verga poderosa, una verga que merecía el clímax definitivo. Ya fuera que él se viniera en sus pies o en su boca, ella haría que su semilla se derramase.

Mientras ella lo lamía, chupaba y acariciaba, Toad comenzó a susurrar su nombre en voz baja. Tan bajo que solamente ella podía oírlo. Pero entonces el sonido de unos pasos en el pasillo llegó a sus oídos.

—Levántate —dijo él, jalándola hacia atrás. Toadette se limpió la saliva de los labios.

Nadie llegó. Falsa alarma. Toad chasqueó los dedos y, como la perrita buena que era, Toadette volvió a babear sobre su verga. Esta vez adoptó una posición más tradicional, dejando las piernas y los pies asomados por fuera de la manta.

Pero Toad no los dejó solos. Alcanzó su pie derecho. Su pulgar se hundió profundamente en el empeine de ella. Sus dedos se encorvaron como los de una brujita, y sus lametones se volvieron más frenéticos, con la lengua moviéndose de un lado a otro. Le besó los huevos, sabiendo que estaban desesperados por liberarse. Y ahora, mientras el dueño de éstos le apretaba sus adoloridos pies, obtendrían su recompensa. Toadette lo masturbó con sus delicadas manos durante cuarenta segundos sin parar.

—Más te vale que me des una buena puta carga —exigió con avidez, metiéndoselo todo en la boca. Sus pies se balancearon cerca de la cara de Toad, permitiendo que el olor lo golpeara como un tren. Sin embargo, a pesar del fétido aroma, estas feromonas mágicas nublaron sus sentidos. Se sintió más ligero, como si su mundo se estuviera desvaneciendo. Su respiración se aceleró.

—Me voy a venir… Me voy a…

Sólo hubo una advertencia de dos segundos. Él le empujó la cabeza hacia abajo cuando comenzó su orgasmo, y chorros calientes de semen inundaron su boca y explotaron sobre su lengua y sus dientes. El sabor no se parecía en nada a lo que esperaba. Sabía que debía esperar algo de sal, pero esto era incluso más salado que sus pies después de una larga caminata. También más pegajoso, ya que todo se acumuló en su boca y se mezcló. Cautivada y confundida, simplemente movió la cabeza de arriba abajo y drenó cada gota perdida de él. Trago tras trago, enviaba el semen corriendo por su garganta, con su lengua todavía girando alrededor del glande como si estuviera lamiendo un cono de helado.

—¡Ay! —gruñó Toad. Dándole un gran tirón a sus trenzas, la sacó de debajo de la manta—. Tienes que calmarte en algún momento, Toadette. Se pone muy sensible después de cierto punto.

—Jeje… —A Toadette se le escapaba el semen de los labios con una sonrisa. De un solo sorbo, lo devolvió a su boca y se lo tragó—. Muchas gracias…

—Me sorprende que te haya gustado. Puede ser muy salado, después de…

—No por eso —dijo ella, lamiéndose los labios—. Me refiero a que gracias por salvar a TD y a mi mamá.

—Por favor, no necesito que me agradezcas por eso.

—Puede que mi mamá odie el olor de mis pies. —Se llevó el pie a la nariz y aspiró profundamente—. Pero extrañaría no poder olerlos nunca más. Te lo aseguro.

—Con todos esos zapatos en tu cuarto, dudo que alguna vez pudiera extrañarlo. —Él le tomó el pie y lo olió—. Queso rancio, pero es tu queso, de eso no hay duda.

—Y carajo, que estoy orgullosa de seguir cocinando este cheddar.

***


La delegación real regresó a Ciudad Toad bajo una nube de tensión. Peach todavía hervía por el juicio de ayer. A su lado, Toad y Toadette intercambiaron miradas de recelo.

—¿Todo bien, alteza? —preguntó Toad, con un tono más autoritario.

—Simplemente decepcionada por un fallo judicial, nada más. —La mirada de Peach recorrió la plaza, donde caricaturas burdamente dibujadas de Wario y Waluigi decoraban las pancartas de protesta—. Aunque supongo que mis sentimientos son compartidos.

—El turismo de Ciudad Diamante se va a ir en picada después de esto —dijo Toad.

—No se merecen ni una moneda de nosotros —añadió Toadette. Miró a Peach—. ¿Y el radar, alteza?

—Wario se está moviendo rápido, si no es que más rápido que nosotros. En cuanto nuestro radar se restablezca, necesito que ambos actúen de inmediato.

—No tiene que decírmelo dos veces —prometió Toadette—. Los detendría aunque nuestras vidas no estuvieran en juego.

—Un momento. —Toad se detuvo en seco, señalando al otro lado de la calle nevada—. ¿Ésa de allá es quien creo que es?

Peach y Toadette siguieron su mirada. Efectivamente, una pequeña figura, un reflejo inconfundible de la propia Peach, caminaba con dificultad por la nieve. Sola. Con una venda grande en la frente. Peach sintió una familiar oleada de exasperación.

—¿Qué crees que haces aquí afuera, Penélope? —gritó.

Penélope se quedó helada, y luego su rostro se iluminó con una sonrisa inocente. Corrió hacia adelante, pasando de largo a Peach para lanzarse a los brazos de Toadette.

—¡Está bien! Ay, claro que está bien. ¡Es la señorita Toadette! —rió, acurrucándose en el pecho de Toadette.

Toadette, sin querer buscarle problema a Peach, apartó a Penélope con delicadeza.

—¿Por qué estás afuera sin que nadie te esté cuidando? Sobre todo ahora.

—Porque no voy lejos.

—¡Eso es irrelevante! —espetó Peach, agarrando a Penélope del brazo—. ¡Después del numerito que hiciste la última vez, tienes prohibido salir del castillo a menos que un adulto te acompañe!

—Tirana —murmuró Penélope, haciendo un puchero.

—¿Disculpa?

—A ver, a ver, no hagamos una escena —intervino Toad rápidamente—. Penélope, yo mismo te acompaño a lo de Minh, pero después te vas derecho a tu casa. ¿Están conformes ambos bandos ahora?

—¿Eh? —Penélope parpadeó. —¿Cómo supo que…?

—Porque tengo ojos —le susurró a Toadette, quien soltó una risita disimulada—. Vámonos, niña.

Peach resopló, viéndolos alejarse.

—Todo lo que hago por ella, y es una niña tan malagradecida.

***


Mientras se abrían paso a través de la nieve cada vez más espesa, Toad le preguntó a Penélope.

—Y dime, ¿cómo sabías que Yasmín estaría en casa de Minh?

—¿De verdad está ahí? —El rostro de Penélope se iluminó—. ¡Ah! Sólo adiviné. Cuando desperté, los doctores mencionaron un avión en Villa Preciosa y… pues, que había pasado de todo. Yasmín y su hermana estuvieron aquí la última vez, así que pensé que quizá regresarían.

—Sí, Toadette me dijo que el avión le dio una buena friega —confirmó él.

—Por lo menos está viva —murmuró ella, mientras jugueteaba con su bolsa—. Creo que puedo hacer que se sienta mejor.

—Oye, si quiere estar sola, respeta su decisión, ¿entendiste? —le advirtió Toad. Acto seguido, tocó la puerta de Minh. Sin esperar respuesta, la empujó para abrirla—. ¡Hola, amigos!

Pasó saltando la entrada con sus muletas, dejando que Penélope cerrara la puerta tras ellos. Su mirada bajó de inmediato a la colección de zapatos junto al tapete. Las botas de invierno de Minh, las chanclas gastadas de Violeta… Pero entonces las vio: un par de sandalias color almendra, confirmando lo que su corazón ya anhelaba.

En la cocina, Minh tarareaba al ritmo de la música, tallando las encimeras con esmero. Se dio la vuelta para concentrarse en los platos y chilló al encontrar a Toad sonriéndole desde el umbral, como Bowser a punto de raptar a Peach.

—¿Así nomás te metiste? —exclamó, apagando la radio.

—Ponle seguro a la puerta la próxima vez —se recargó él en la encimera—. ¿Y no te preocupaste ni un poquito por cómo estuve estos cinco días?

—Perdón. No puedo pensar en todo cuando ando con mil cosas encima. Estabas en Ciudad Champiñón, ¿no?

—Digamos que el gordo tiene secuaces todavía más hábiles. Pero oye, te ves bastante bien.

—Ay, por favor —resopló ella—. He estado parcheando mi tienda desde que Toadette y una tipa loca pasaron volando a través de ella. Y ni se diga de…

—Ya sé. Pero no te apures. Según la doctora Penélope, ella tiene la cura para Yasmín. —Hizo un gesto hacia Penélope, quien saludó con la mano desde la puerta.

La expresión de Minh se suavizó.

—Ay, pobrecita. —Le tocó la frente con delicadeza—. Ahorita Yas casi no se puede mover, ¿sí? Pero si quieres platicar con ella un ratito…

—¿Sería muy grosero de mi parte si me quedo a cenar? —preguntó Penélope.

—¿Qué no habíamos quedado en que no te ibas a quedar mucho tiempo? —intervino Toad.

—Mi madre debería estar más preocupada por proteger su reino que por mis planes para la cena. —Juntó las manos—. ¿Puedo acompañarlos, señorita?

—Sólo vamos a cenar pasta, nada del otro mundo —dijo Minh, abriendo el grifo del fregadero—. Claro que puedes quedarte. Pero si Toad empieza a molestarme, él va a cenar afuera en la nieve.

—Vamos, mi cuerpo ya ha sufrido suficiente —dijo él, cojeando hacia el refrigerador—. ¿Quieres que te cuente lo que me hizo Toadette anoche?

—Penélope, mi cuarto está en el primer piso. —Minh le indicó el camino a Penélope antes de volver a sus platos—. Me muero por oír algo positivo. ¿Qué hizo mi discípula rarita esta vez?

—Ja, te salió competencia de la buena, eso es lo que hizo.

Mientras los adultos hablaban de sus asuntos de adultos, Penélope tocó la puerta del dormitorio. La única respuesta que obtuvo fue un quejido. Pero fue suficiente para que pusiera la mano en el picaporte. Le temblaban las rodillas. El sudor le corría de la frente a la barbilla, goteando en un charquito del tamaño de una hormiga en el suelo.

—Hola —dijo en voz baja, asomando la cabeza por la puerta. Cuando vio el estado de Yasmín, se quedó helada. Le tomó un segundo recomponerse.

El rostro de Yasmín estaba inexpresivo. Su falta de expresión no disuadió a Penélope de acercarse. Cuanto más se aproximaba, más fuerte retumbaba su corazón contra su pecho. Se encontró ahogándose en palabras, tratando de articular una sola.

—Creo que ya me puse al día con lo que te ha pasado.

—Qué bueno. No tengo ganas de volver a explicarlo todo —graznó Yasmín, tosiendo—. Pensé que el castillo habría sufrido más que nosotros.

—Fue muy raro —dijo Penélope, juntando los dedos—. Estaba caminando y de repente todo explotó. Había humo y todo estaba negro, y de pronto me estaba ahogando en agua.

—Sí, una forma extraña de hacer volar un edificio.

—Pero sólo lo retorció todo. —Penélope continuó, explicando cómo Toadette la rescató, cómo estuvo en coma por días y cómo su dolor fue menor.

—Qué suertuda —dijo Yasmín, moviéndose lentamente—. Apenas puedo abrir bien la boca sin sentir que la mandíbula me arde.

«Así que por eso la señorita T. Minh está haciendo fideos». Penélope jugueteó con su pequeño bolso. Dentro, entre sus provisiones habituales, estaba la mitad de un objeto al que se había aferrado, uno cuya rareza era bien conocida en todo el reino.

—Te traje algo para ayudarte —dijo, sacando el champiñón de cabeza blanca. Tenía un corazón en una de sus manchas—. Una Seta Vital.

Los ojos de Yasmín se abrieron de par en par.

—¿De dónde sacaste eso?

—Las pocas que teníamos fueron destruidas, pero ésta sobrevivió. Sólo está un poco sucia. Me dieron sólo la mitad, y pedí que me guardaran el resto.

—¿Y me curará por completo?

—Te quitará lo peor del dolor. Necesitarías una Seta Vital entera para una curación total.

—Pero… —Yasmín suspiró—. Gracias, pero de todas formas no puedo comerla. Recuerda, los dientes me duelen mucho.

En efecto éste era un champiñón más duro de consumir que otros. Cualquiera podía notar su sólida composición a simple vista. Penélope miró la Seta Vital, luego a Yasmín, y empezó a fruncir el ceño. Su mente buscaba a toda velocidad una solución para este dilema. Finalmente se le ocurrió una idea, aunque dudaba que a Yasmín le gustara.

—Puedo masticarlo por ti.

—¿Qué? —Yasmín negó con la cabeza—. ¡Guácala, no! ¡Eso es asquerosísimo!

—Te ayudará —insistió Penélope—. Mis dientes todavía funcionan, ¿sí? Puedes sentirte mucho mejor en sólo un minuto si me dejas intentarlo.

—Ni loca me como el equivalente a tu vómito.

—No será así. Lo haremos… Lo haremos como los pájaros: de boca a boca. —Las mejillas de Penélope ardieron al decir eso, especialmente ahora que veía la saliva que se deslizaba por los labios de Yasmín.

—Prefiero quedarme postrada en la cama antes que…

—No creo que lo prefieras —la interrumpió Penélope.

—Si se te ocurre escupir esa cosa en mi boca, te juro que… —Justo en ese momento, una punzada aguda le recorrió la pierna a Yasmín, haciéndola agarrar la manta. Al borde de las lágrimas, miró el champiñón y luego el rostro preocupado pero decidido de Penélope—. Está bien. Pero más te vale que no me pegues nada.

—Por favor, Yas, como si los humanos fuéramos por ahí contagiando enfermedades. —El corazón de Penélope se aceleró mientras se metía el champiñón en la boca. Su sabor a arándano era casi demasiado dulce, como un pastel recién hecho. Masticó con cuidado, triturándolo hasta que no fue más que una papilla.

Luego se subió a la cama, asegurándose de no lastimar el delicado cuerpo de Yasmín. Sus labios temblaban. Se detuvo un segundo, mirando hacia atrás para asegurarse de que nadie estuviera observando.

No había moros en la costa. Sus labios se presionaron contra los de Yasmín.

La palabra «torpe» no era suficiente para describir el momento. Penélope intentó pasar el champiñón masticado a través de sus labios unidos. Parte de él manchó las comisuras de sus bocas, y el desastre aumentó cuando Penélope abrió más la boca de Yasmín para expulsar más del champiñón. Y aun así, soltó un suave gemido. La cercanía, el contacto inesperado, la humedad… todo aquello encendió a Penélope por dentro.

Yasmín tuvo una arcada mientras la mezcla bajaba por su garganta. Tan pronto como Penélope se retiró, se limpió la boca.

—Qué puto asco… —gimió.

Pero entonces algo cambió. El dolor ardiente de su pierna comenzó a desvanecerse. El palpitar rápido en todo su cuerpo se convirtió en una punzada ocasional. Sus músculos desgarrados se sentían como si pudieran sanar a una velocidad increíble.

—Órale… —Su disgusto fue reemplazado por una sorpresa genuina.

—Te lo dije. —Penélope se lamió los labios, saboreando lo que podía de la saliva de Yasmín.

—Yo… —Yasmín retiró las sábanas, moviendo los dedos de los pies. Cuando pisó el suelo, esperaba caerse. Su cadera, como mínimo, debería haberle ardido. Sin embargo, era como si no hubiera resultado herida en el ataque. Su rostro, normalmente inexpresivo, se iluminaba con cada paso que daba. Ahora corría libremente por la vieja habitación, empezando a reírse.

«¡A la madre, esto es increíble! ¡Puedo moverme, puedo doblarme, por fin puedo rascarme esa comezón molesta en el pie!».

Después de una breve pausa, corrió hacia Penélope y la abrazó. A Penélope la sobresaltó la fuerza repentina. Yasmín, respirando agitadamente, apretó sus cuerpos con fuerza.

—Gracias —tartamudeó—. A ti… A ti no te molestan los abrazos, ¿verdad? Normalmente no…

—No, no, para nada —respondió Penélope, aún más sonrojada—. Feliz de ayudar.

Yasmín se apartó, esforzándose para que su sonrisa no decayera. Puso una mano en el pomo de la puerta, saludando a Penélope con un gesto.

—Abajo. Todos se van a volver locos cuando me vean así. —Como Penélope se quedó quieta, Yasmín suspiró, aunque su sonrisa persistió—. Ándale. No ha de ser tan difícil hacer que una amiga se mueva.

¿Amiga? Penélope se quedó helada. Era una palabra sencilla, pero oírsela decir a Yasmín, y con esa sinceridad, la tomó por sorpresa. Le dedicó una cálida sonrisa.

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Nota del autor:
Después de toda la oscuridad de los últimos tres capítulos, es un alivio escribir algo más ligero. La mamada improvisada de Toadette me hizo sonrojar todo el tiempo; no sé si prefiero estar en la posición de Toad o en la de ella. La próxima semana tendremos dos subidas: el capítulo 105 el sábado y una entrada especial el domingo. Nos vemos.


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