\"Writing.Com
*Magnify*
Printed from https://shop.writing.com/main/books/entry_id/1095441
Rated: XGC · Book · Fanfiction · #2328963

Sigue la historia de la vida de esclava de Toadette, y ya tiene el fetiche por los pies.

#1095441 added August 17, 2025 at 10:24am
Restrictions: None
Especial 1 - La amiga inadvertida


El cepillo se enredó en el cabello negro de Yasmín, lo que la hizo gritar. Luchar con su cabello por la mañana ya era lo suficientemente irritante, pero retrasarse veinte minutos empeoró las cosas.

La frustración de Sofía se hacía palpable y, al fin, le arrancó el cepillo a Yasmín, sin preocuparse por lo que significara para su hermana.

—¿Neta, Yas? —rezongó Sofía, jalándole el pelo con el cepillo sin ninguna delicadeza. Yasmín hizo una mueca cuando sintió que le arrancaba varios cabellos—. Te juro que un día le voy a arrancar ese botón de posponer a tu despertador. ¿Por qué nunca se te antoja ir a la escuela? Es tan simple.

—¿Qué tal si, por una vez en tu vida, me haces una pregunta inteligente?

—¿Crees que mamá y papá querían que crecieras como esa inútil de Toadette?

—¡No los metas en esto! —Yasmín se apartó a tropezones, intentando alisar su pelo grasiento con los dedos—. ¡Estoy haciendo lo mejor que puedo!

—Ay, por favor. Eres objetivamente la persona más huevona de nuestra generación.

—Eso… Eso no es cierto…

—Yas, no sólo te digo esto para lastimarte…

—¡Claro que sí! —Yasmín agarró su mochila—. Te haces la que me das consejos, ¡pero lo único que logras es hacerme sentir como basura! ¿Y ahora sacas a relucir a papá y a mamá? ¡Como si no tuviera suficiente culpa, chingada madre!

Se dio la vuelta, su mochila chocó con la pared, y empezó a marchar hacia las escaleras. Pero antes de que pudiera bajar la escalera de caracol, tropezó y cayó. Su sombrero golpeó el suelo de baldosas, y un gemido de dolor se le escapó. Antes de que pudiera siquiera registrar el dolor, sintió que la levantaban, obligándola a encarar el rostro de furia de Sofía.

—¿Por qué no pudiste nacer normal bien? —Sofía la empujó—. No haces más que causarme problemas.

—¿Sabes qué? —El labio de Yasmín tembló—. Yo también me lo pregunto todos los días. ¿Por qué mi hermana tuvo que nacer como la perra más cabrona del planeta? ¿Y por qué la vida me obligó a perder a mis papás antes de tener la edad suficiente para irme a vivir sin ti?

Soltando un grito, Sofía descargó una patada brutal en el pecho de Yasmín, haciéndola tambalear hacia atrás.

—¡Mocosa malagradecida! —gritó Sofía—. ¡Bien pude haberte abandonado en un orfanatorio! ¡Soy la única razón por la que sigues viviendo en la misma casa donde te criaste!

—Sí, y sigo con hambre —replicó Yasmín, abrazándose a sí misma—. ¿Dónde están esas monedas que te dio Minh-Minh? ¿Las que se supone que eran para mí?

—¿En serio crees que soy tan estúpida como para habérmelas gastado todas ya?

—A estas alturas, nada de ti me sorprendería. —Yasmín se giró rápidamente, escondiendo la lágrima que resbalaba por su mejilla. Caminó hacia la puerta principal—. Ah, qué bonito tu abrigo de visón de dos mil monedas.

Antes de que Sofía pudiera soltar cualquier respuesta furiosa que le burbujeaba, Yasmín abrió la puerta de un tirón y salió corriendo. Sabiendo que sus torpes movimientos no eran rival para la velocidad de Sofía, no miró atrás. Forcejeó con su bici hasta que se subió a ella de golpe. Luego pedaleó contra el viento bajo cero como si no hubiera un mañana.

De todas las cosas que incomodaban a Yasmín —los toques inesperados, los ruidos fuertes, los cuartos llenos de gente—, discutir con su familia se llevaba el premio. Era especialmente malo con Sofía, la única familia inmediata que le quedaba. El resto de la familia extendida parecía manejar las peleas ocasionales, volviendo al cariño y los juegos. Sin embargo, por más que Yasmín intentaba tener una relación amorosa con Sofía, nunca sabía si sería recibida con amabilidad o crueldad.

Tenía un nudo en la garganta durante todo el camino hacia la Escuela Secundaria Pikari.

Lo más vergonzoso de llegar tarde no era sólo entrar sola; era la sensación incómoda de interrumpir una clase que ya había comenzado. Con los ojos fijos en el suelo, empujó la puerta y se dirigió a su isla de pupitres en su clase de matemáticas.

Nadie la rodeaba, justo como le gustaba.

Y así comenzó su día. Sus primeras cuatro clases no tuvieron nada de especial. Hizo lo de siempre, aprendiendo e instantáneamente olvidando información, recibiendo tareas aburridas: lo típico que los estudiantes de secundaria temen.

La campana finalmente sonó para el almuerzo. Desesperada por ganarle a la inevitable oleada de estudiantes y a la larga fila para la comida, salió corriendo por el pasillo abarrotado. Sus mocasines negros no ayudaban a su velocidad. Correr con sus sandalias viejas habría sido más rápido. Se abrió paso entre los estudiantes más lentos y, al llegar al segundo piso, finalmente pudo ver las puertas de vidrio.

Entonces tropezó. Un pie se extendió justo cuando pasaba ella, y sintió que sus pies salían disparados por debajo de ella. Se deslizó por el suelo, perdiendo un zapato.

Detrás de ella estallaron las risas.

—¿Por qué corre así? —preguntó un chico grande y atlético, riendo e imitando un movimiento de natación—. ¡Oye, cabeza de esporas! ¿Por qué corres como si nadaras en tierra?

Yasmín se puso de rodillas a toda prisa. En lugar de responder, simplemente los miró.

—No nos mires así —añadió otro chico—. No eres tan fea como para que no te dobleguen.

«Ay, que pisotees un Picudo. Primera vez que escucho esa amenaza», pensó Yasmín, rodando los ojos. Todo esto confirmaba que Drew estaba lo suficientemente satisfecho con sus favores sexuales anteriores como para no revelar la forma en que ella ganaba algo de plata extra. En cuanto se dio la vuelta y miró hacia la cafetería, creció su decepción. Se había formado una fila. Una fila larga.

Asegurándose de que las cámaras del pasillo no la estaban grabando, hizo una pistola con los dedos y fingió dispararse.

—¡Y ponte el zapato! —Se le cayeron los lentes cuando su zapato la golpeó—. Sí, lávate esas patas asquerosas. Hueles como si te hubieras bañado en un basurero.

Después de esperar dieciséis minutos en la fila, se desplomó en su mesa vacía habitual. Sacó su cómic, lo abrió y trató de bloquear los sonidos de los estudiantes mientras comía. Estaba leyendo Pokémon, específicamente la Saga Negro y Blanco.

Un tema común en este cómic era la importancia de la amistad. Incluso si uno trataba de ignorarla, no podía. Amistad, lazos, verdades, ser un equipo…

Yasmín cerró el libro de golpe. Tomó una respiración profunda, contando hasta diez.

«Es sólo ficción, Yas. Un mundo completamente diferente. No es la realidad», se dijo. Volvió a leer el libro.

—¡Hola, Yas!

Yasmín contuvo un gruñido. Manteniendo sus ojos en la página, levantó una mano y saludó ligeramente.

—¿Qué estás haciendo? —El olor de Rachel llegó antes que ella: algo sudoroso y herboso. Se intensificó cuando se sentó justo al lado de Yasmín, sus faldas tocándose mientras lo hacía.

Yasmín señaló su libro.

—Obviamente estás leyendo —se rió Rachel—. ¿Es bueno?

Yasmín asintió.

Rachel empezó a golpear con los dedos en la mesa. Luego sus dedos caminaron hasta el brazo de Yasmín antes de bajar a su pierna. Cuando finalmente llegaron cerca de la entrepierna de Yasmín, agarró la mano de Rachel.

—No me toques, por favor.

—Y hablas —dijo Rachel, pero sólo se acercó más—. ¿Todavía estás pa’ dentro con que me haya metido a tu casa?

—¿Por qué actúas con tanta calma al respecto? Eso fue muy vergonzoso.

—No es que te haya robado. Sólo robé un olfato y en besito en tus patitas.

Yasmín se sintió mareada. No necesitaba un recordatorio de eso. La sensación cosquillosa estaba bien grabada en su memoria.

—Oye, sigo creyendo que olían bien ese día —dijo Rachel, poniendo un pie, que todavía estaba en su mocasín negro, en el borde de la mesa—. Son mis patas las que deberían preocupar a la gente.

—No necesito una demostración —se apresuró a decir Yasmín.

—No te preocupes. Que no te voy a molestar. Ahora no. —Rachel se quitó el mocasín un poco, revelando un talón cubierto de nailon—. ¿Alguna vez has chantajeado a alguien?

—No. —Yasmín levantó una ceja—. No tengo cosas chantajeables sucediendo.

—¿Conoces a Chad?

—Chad… ¿El fortachón? ¿Juega fútbol, sale con Sana, atrae a muchas chicas?

—Sí, se ve como un Don Pisotón con cuerpo. Escucha: durante la clase de gimnasia ayer, mi DS se me salió del bolsillo. Ni siquiera me di cuenta. —Mostró una Nintendo DS Lite rosa, que tenía las pantallas llenas de líneas agrietadas—. En vez de recogerlo, miré hacia atrás y lo vi pisándolo.

—Las grietas… —Yasmín tragó saliva. Empezó a retroceder—. Me están haciendo sentir picazón. Guárdalo, por favor.

—¿Eh? —Rachel miró al DS y luego a Yasmín, cuyo pecho subía y bajaba más rápido que antes. Tanto pronto como empezó a temblar, Rachel cerró el dispositivo, revelando que también tenía una bisagra rota—. Bueno, él se niega a pagar la reparación. Dice que la culpa es mía por la caída. Sólo son doscientas monedas para arreglar esto, que es calderilla para ese payaso.

—¿Por qué no lo pagas tú? —preguntó Yasmín—. No es como si fueras pobre.

—¡Es el principio! Mi descuido no lo rompió. Era salvable hasta que su pie gigante lo aplastó. —Rachel se inclinó cerca del oído de Yasmín—. Y por eso me las va a pagar.

Levantó un cuchillo: una pequeña hoja. Yasmín entró en pánico.

—Me escabullí al vestuario de los chicos justo cuando estábamos cambiando de clase. Abrí su casillero. ¿Quieres saber qué encontré? —De su otro bolsillo, sacó una pequeña tira de fotos de una cabina. Chad estaba en ellas, pero no estaba con Sana. El nombre Cloe estaba garabateado en el borde.

—Ah, ésa es la animadora —notó Yasmín—. Pero pensé que él estaba saliendo con…

—Al parecer, Sana no le llenaba el ojo al Don Pisotón. —Rachel guardó la tira de fotos—. El entrenamiento de fútbol es hoy. Va a estar en ese vestuario durante los primeros veinte minutos. Ahí es cuando voy a atacar. No sólo va a pagar para que arreglen mi DS, sino que también va a…

Yasmín esperó pacientemente.

—Va a chupar mis pies.

—Ay, ¿qué?

—Así es. —Rachel sacó dos pequeños paquetes de su bolsillo. Uno era de mantequilla de maní, el otro de jalea—. Tomé un par de estos durante el desayuno. Le voy a hacer un sándwich de mantequilla de maní con mugre de pies. Y se lo va a comer, o esta foto se va a regar por todos lados.

Yasmín se tapó la boca, sintiendo que iba a vomitar por esa horrible combinación de palabras. Mantequilla de maní con mugre de pies…

—Y después de que tu otra hermana bonita me contara…

—Es mi prima —le corrigió Yasmín.

—Entonces después de que tu prima muy sexi mencionara que tus pies huelen mal, me puse a pensar: ¿qué tal si Yas y yo le damos una lección a ese patán con nuestros pies? —Frotó el brazo de Yasmín—. Incluso haré que te compense, ya que te tropezó. Sí, eso vi.

—¿Fue él? —Yasmín se sintió avergonzada por no poder recordar su cara sólo minutos después.

—¿Quieres participar o no? —preguntó Rachel.

—Que me chupen los pies está fuera de toda discusión.

—Entonces… —Rachel se tocó el mentón—. ¿Qué tal si hago que sólo huela tus pies? No será por mucho tiempo, ya que tenemos que salir de ahí antes de que llegue el entrenador Gran Trasero.

Yasmín resistió su pequeño deseo de reírse. Simplemente asintió con la cabeza.

—¡Perfecto! Entonces espérame ahí cerca cuando salgas de clase, ¿ya?

***


El fresco olor a acetona flotaba en el aire del centro comercial. Sofía se dejó caer en el sillón de pedicura, hundiendo los pies en el agua tibia. La pantalla de su portátil brillaba con una colección de mapas de Ciudad Toad, cada uno marcado con rutas alternativas. Sólo por si acaso, aunque se sabía de memoria el camino al castillo de Peach.

«Dios, qué flojos son con su propia seguridad».

El tramo de carretera entre Aldea Cromo (Villatina) y Ciudad Toad serpenteaba a través del campo en la mayor parte de su extensión. Sin grandes desvíos. Si su objetivo era infiltrarse en el castillo y robar las Estrellas Etéreas, sería pan comido.

«Toadette será el principal problema. Se supone que es débil, pero no soy tan estúpida como para confiarme. No puedo creer que esos inútiles todavía no la hayan derrotado».

—Entre los dedos, porfa —pidió con un tono meloso, moviéndolos—. Bien, bien profundo entre mis deditos.

—Por supuesto, señorita —respondió el pedicurista Koopa, aplicando más presión.

Sofía volvió a concentrarse en sus notas. Estaba de acuerdo con 13-Amp allá en Ciudad Diamante: nada de matar a menos que fuera absolutamente necesario. Las amenazas eran aceptables. Un reguero de cadáveres sólo atraería atención no deseada. El puro caos, bien administrado, sembraría el terror que necesitaban.

«Sin embargo, Mona es tan impulsiva que convertirá toda la ciudad en un cementerio».

Sus ojos se desviaron por la habitación. Frente a ella, un Hermano Martillo y una Toad se hacían cariños mientras les arreglaban los pies. Sonrisas, toqueteos… El Hermano Martillo le pellizcó un cachete a la Toad. A Sofía se le formó un nudo en la garganta.

«Pensándolo bien, las parejitas pueden irse. Y más si andan de melosos. ¡Uf! Mira a estos idiotas. ¿A poco no lo hacen a propósito para chingarme cuando intento relajarme?».

—Noto bastante tensión en sus pies, señorita —observó el Koopa.

—Ay, créame, cargo estrés por todo el cuerpo —rió apenas—. Problemas de familia. Más bien, problemas con mi hermanita.

—La familia lo es todo. Por difíciles que se pongan, uno nunca les da la espalda.

—Es que… —Sofía echó la cabeza hacia atrás—. Pensé que criar a esa chica iba a ser pan comido al principio.

—Nunca es fácil la primera vez con los niños. Especialmente cuando llegan a los diez años o más. Hay que esperar algo de drama, ¿sabe?

—Yo misma pasé por esa edad. La quiero, sí, pero a veces quisiera que fuera una niña normal.

—Tenga cuidado, Sofía. Dice que la quiere normal ahora, pero le prometo una cosa: si de repente se volviera normal, la va a extrañar tal como es ahora. Se lo digo yo.

—No sé. Tenía una vida bien planeada —suspiró Sofía, pensando en el futuro perfecto que se suponía que tenía.

Casada a los veinticuatro, criando a su familia ideal en una casa enorme, con sus papás cerquita, y Yasmín convertida en una señorita… Todo eso se había roto. Bueno, casi todo. Todavía quedaba Yasmín. Todavía podía salvarla, ¿verdad? Al fin y al cabo, era sólo una niña.

—Nada de esto se suponía que… Ah… Justo ahí, en el arco… Necesito eso.

***


Cuando salieron los últimos alumnos de la escuela secundaria, Yasmín se sentó en el frío suelo afuera de las puertas plateadas del gimnasio. Cada vez que escuchaba pasos acercarse, su corazón saltaba.

Repetía sus diálogos, que se resumían a «Está bien», «Claro» y «Por favor, apúrate», pues ésa era la extensión de su contribución planeada al plan de Rachel.

Con un poco de timidez, se quitó lentamente el zapato derecho. Levantó su pie con cautela, mordiéndose el labio por lo que iba a intentar. Su nariz se acercó a sus dedos, y tomó un ligero olfateo. Inmediatamente dejó caer el pie. Aunque el olor no era tan malo como cuando usaba sandalias u otro calzado, el hedor todavía era muy evidente. Rápidamente, se metió el pie de nuevo en el zapato y no miró atrás.

«Y estoy a punto de tener a un idiota sonando su nariz sobre mí… Preferiría empujarle el nailon hasta la nariz y salir disparada hacia casa».

Cuando sus pulmones se recuperaron, el sonido de tenis golpeando el suelo podía escucharse alrededor de la esquina. Vestida con sus holgados pantalones de baloncesto y su camiseta de práctica, Rachel se detuvo a su lado.

—Uf, me alegra que hayas cumplido tu palabra —rió Rachel, estirando las piernas.

—¿De verdad vamos a hacer esto?

—Te tropezó y te llamó cabeza de esporas. ¿Qué más motivación necesitas? —Rachel puso las manos en la puerta—. Pero no te obligo a nada. Es decisión tuya.

Yasmín lo pensó. Sería más sencillo subirse a su bicicleta e irse a casa a leer un poco más. Al mismo tiempo, la perspectiva de una leve venganza la atrajo más cerca de la puerta. Junto con el deseo de no ver a Sofía por el mayor tiempo posible.

—Fantástico. —Rachel empujó la puerta y entró en el pasillo. Antes de conectarse al gimnasio, eventualmente se dividía en dos secciones: un vestuario de chicos y uno de chicas.

Rachel abrió la puerta más pequeña unos centímetros. Asomándose, vio a alguien en el extremo opuesto de la habitación luchando con un candado de combinación. Era Chad, quien estaba sin camisa y sin pantalones y listo para ponerse su uniforme de fútbol. Rachel se rió entre dientes a Yasmín antes de abrir la puerta de una patada.

Chad se dio la vuelta, y su postura se puso rígida. Rachel simplemente le mostró el signo de la paz.

—¡Eh, futbolista! ¿Por qué el vestuario de los chicos tiene mejor ventilación? El nuestro sigue oliendo fatal desde la mañana, gracias a mí.

—¡Rachel! ¿Qué demonios haces aquí? —Miró a Yasmín—. Ella también, como sea que se llame.

—Se llama Yas, y estamos teniendo una reunión.

—¿Reunión? —Chad entrecerró los ojos—. Entraste muy agresiva.

—Tienes razón. —Rachel sacó la tira de fotos, agitándola—. ¿Reconoces esto?

La mandíbula de Chad cayó. Su rostro se puso pálido cuando se vio a sí mismo y a Cloe. Miró en su casillero y, efectivamente, la foto no estaba por ninguna parte.

—Tú… ¡Saco de esporas frito! ¿Te metiste en mi casillero?

Rachel asintió, rompiendo la tira por la mitad. Metió una mitad en un lugar que Chad no tocaría: su sostén. La otra mitad fue al sostén de Yasmín, con Yasmín nerviosa por sentir a Rachel tocar su pecho.

—Es gracioso lo que uno encuentra a veces. Casi tan gracioso como encontrar mi consola de juegos en perfecto estado que alguien decidió usar como estribo.

—¿Con que de eso se trata? Pero si fuiste tú quien la botó.

—Y apenas estaba abollada hasta que tu pie de monstruo la aplastó. Asume que tenemos cerebros más grandes en estas cabezas, ¿me escuchas?

—¡Escucha, zorra, ya te dije que no voy a soltar una moneda por esa porquería!

—Sí, es más duro que una roca —le dijo Rachel a Yasmín, suspirando dramáticamente—. Ay, pero lo que sí me da pena es Sana. No se merece que este idiota la engañe.

Los ojos de Chad se abrieron de par en par.

—Dime, Yas, ¿cuánto crees que el papá de Sana financia el equipo de fútbol?

—Este… —Se encogió de hombros—. Diez por ciento.

—Cuarenta por ciento. Es muy rico, muy partidario de nuestros deportes de Villa Preciosa. —Rachel miró a Chad, sonriendo traviesamente—. Eso sí, es capaz de quitar el financiamiento en un segundo si alguien se atreve a hacerle daño a su princesita. ¿Tú sabes lo que pasó con el equipo de tiro con arco el año pasado? El entrenador tuvo que expulsar a los acosadores de Sana y prohibirles volver a jugar. Sólo digo…

—¡No pueden hacerme esto! —gritó Chad, deseando poder arrebatar esa tira de fotos—. ¡Este equipo se hunde sin mí!

—Entonces más vale que les consigas unos salvavidas. —Rachel se giró—. Vamos, Yas. Esta cabeza de esporas leerá las noticias del equipo de fútbol en el navegador de mi DS apenas la repare.

Chad apretó los dientes. Las chicas casi salían de la habitación cuando les gritó:

—¡Esperen!

—Te escuchamos. —Rachel se detuvo, girándose con lentitud.

—De acuerdo, te lo compro. Pero necesito tiempo. Déjame hasta mañana para solucionar un par de cosas.

—Un buen comienzo. Pero todavía falta algo.

La sonrisa de Rachel se ensanchó, mostrando todos los dientes. Sacó los paquetes de mantequilla de maní y jalea dramáticamente.

—¿Ves esto? El manjar para los atletas. ¿Y esto? —Se quitó el tenis derecho de un puntapié, contoneando los dedos mientras se sacaba el calcetín negro—. También un manjar.

Chad miró los paquetes, luego sus dedos, luego de vuelta a los paquetes.

—Mantequilla de maní y la mugre de mis pies —dijo Rachel, profundizando la voz—. Vas a hasta la última gota de esta delicia, ¿me oyes?

—¿Has perdido la cabeza? —gritó Chad—. ¡Esto es repugnante!

—Lo repugnante es destrozarle el DS caro a una compañera. Asqueroso es engañara a la dulce Sana con una zorra seis de diez como Cloe. —Se quitó el tenis izquierdo de un tirón—. Lame mis dedos, pide perdón, y una vez que tenga el dinero, te devolveré la foto.

—Un momento. —Le lanzó una mirada a Yasmín—. ¿Por qué la trajiste?

—Ah, casi lo olvido. Como muestra de arrepentimiento, también tendrás que olerle los pies a Yasmín. Será una compensación por haberla empujado sin ninguna razón.

—Maldita perra —gruñó—. Ni una palabra de esto saldrá de esta sala, ¿verdad?

—A diferencia de ti y las relaciones, yo sí cumplo mis promesas. —Rachel, dando por hecho el trato, se acercó a una de las bancas.

Sabía que debía caminar despacio, lo suficiente para que las plantas de sus pies recogieran hasta la última mota de suciedad del suelo.

Abrió el paquete de mantequilla de maní de un tirón primero. Levantando los pies, exprimió una buena cantidad de la sustancia sobre ellos. Se concentró principalmente alrededor de sus dedos, aunque para darle dramatismo, untó un poco hasta la bola del pie. Luego abrió el paquete de jalea y chorreó un pegote espeso entre sus dedos. La pegajosa mezcla se movió y se combinó con la ligera suciedad que adornaba sus pies.

Yasmín hizo un sonido de arcadas audible. Chad tuvo que mirar dos veces.

—Muy bien, Chad —canturreó Rachel, apoyando ambos talones en el suelo—. Cómete esa bazofia.

Una ola de mareo golpeó a Chad mientras, con renuencia, se ponía de rodillas y manos. El leve olor de la jalea se mezclaba con el distintivo aroma avinagrado que emanaba de los dedos de Rachel.

—¿Alguna vez lavas estas cosas? —preguntó, estremeciéndose.

—¿Cuánta gente lava en serio sus zapatos? —Ella esperó con paciencia—. Eso pensé.

Él se inclinó. Estirando la lengua, tocó la punta del dedo gordo de Rachel con la punta, donde reposaba una buena porción de mantequilla de maní. Se echó hacia atrás al instante.

—No te me achiques ahora —se burló ella, cruzándose de brazos—. ¡A lamer esos deditos bonitos!

Reuniendo sus fuerzas, Chad se inclinó de nuevo. Sacó la lengua aún más, y la deslizó por el dedo gordo de Rachel, recogiendo una espesa capa de la pegajosa mantequilla de maní. Se le pegó en grumos irregulares. Incrustados en la mantequilla había restos de pelusa de calcetín y polvo. La mantequilla le resbaló por la garganta con un trago nauseabundo.

—Bien perro —dijo Rachel—. Ahora queda un montón más, así que mejor ponte cómodo.

—Oh no… —Miró sus dedos con impotencia. Después de lamerlos como una mascota, dándose cuenta de que la combinación de mantequilla de maní y jalea no se iba a ir a ninguna parte, recurrió a medidas desesperadas.

Uno por uno, se metió los dedos más pequeños en la boca, sintiendo al mismo tiempo el calor que irradiaba su piel mezclándose con la pegajosidad fría de la jalea. Le cabían al menos tres dedos. Rachel los movió con deleite, endulzando el trato al separarlos y permitir que la jalea y la mantequilla de maní gotearan en la boca de Chad.

La combinación de la jalea fría y grumosa con la mugre del pie dio como resultado un sabor agudo y desagradable.

—Eso es. Dales con todo. —Rachel lanzó una mirada a Yasmín—. Empieza a flexionar los pies. No está lejos tu turno.

Para Yasmín, su turno podía esperar. Aunque no podía negar la ligera satisfacción que sentía al ver a Chad tan incómodo.

Él manejó la lengua por el pegajoso desastre, empujándola entre los dedos de Rachel. Abrió mucho los ojos cuando Rachel le apretó la lengua, aplicando suficiente presión como para casi aplastarla. De repente una tormenta de mantequilla de maní estalló en su boca.

Entre los dedos eran como ciénagas turbias que rezumaban baba caliente. Cuanto más tiempo debía estar en esos depósitos de sal, más se le revolvían las entrañas.

Además, las uñas de los pies de Rachel eran muy afiladas, lo que aumentaba la incomodidad. Las percibía más resistentes que las uñas de un individuo promedio, como si no perteneciera ni al reino Toad ni al reino humano. Mientras Chad giraba la lengua alrededor de su dedo gordo, se estremeció al toparse con el borde de la uña. Tan resistentes como fibra de vidrio, se enorgullecían de ser un nuevo obstáculo para él. Sin embargo, no podía ignorarlas aunque quisiera, porque las uñas llevaban su propia reserva de mantequilla de maní y jalea ennegrecida para él.

Rachel se rió entre dientes al sentir que su lengua se clavaba en sus uñas.

—Pudo haber sido peor, Chad. Te podría haber hecho comer esta cosa directamente de mi culo. —Se lamió los labios mientras miraba a Yasmín, que no se daba cuenta—. Sí, un sándwich de mantequilla de maní, jalea y culo sudoroso. Mmm…

—¿Me estás tratando de dar asco? —gimió él.

—Bueno, sí. —Se atrevió a tocar la mano de Yasmín—. Pero igual serías terrible para lamerme. Si le pagara a Yas para que lo hiciera ella, me limpiaría a la perfección.

Yasmín se estremeció mientras Rachel le acariciaba los dedos.

Finalmente Chad llegó a la bola del pie de Rachel, donde aún quedaban restos de mantequilla de maní. La lamió, con toda su cara arrugada por el asco. Al alejarse, jadeaba y farfullaba en el suelo. Desafortunadamente el regusto a pie avinagrado no se iba a ninguna parte, pero al menos el pie derecho de Rachel ahora brillaba por su saliva.

Los dedos de su pie izquierdo tamborileaban contra el suelo, levantando polvo que se mezclaba con la mantequilla de maní.

—Antes de que pases a mi otro pie —anunció, señalando a Yasmín—, es hora de que empieces a darle un buen olfateo a los pies de Yas.

—La ardilla sarnosa parece que no se había bañado en días.

Yasmín, rodando los ojos, levantó su pie derecho. En contraste con el pie sucio y expuesto de Rachel, el de Yasmín se veía impecable dentro de su cubierta de nailon. Pero al darle a Chad una mejor vista, un hedor intenso comenzó a emanar. La nariz de Chad se crispó involuntariamente. Era un olor único y pesado, y rápidamente empezó a opacar el resabio del aroma a patas de Rachel.

—Y ya que estás oliendo eso —continuó Rachel, recostándose y flexionando los dedos de su pie izquierdo—, puedes empezar a limpiar este otro.

Con un suspiro miserable, Chad bajó la cabeza al pie a regañadientes. El olor se intensificó.

Tomó la temida aspiración profunda.

La peste lo golpeó como un muro de queso rancio. Sus enormes fosas nasales se dilataron, sus ojos se aguaron, y sus mejillas ardieron como si las hubieran chamuscado con ácido.

El olor ya fue suficiente para hundir la confianza de Chad, pero la humedad del pie de Yasmín era como echarle sal a la herida. La barrera de nailon no hacía más que amplificar la incomodidad. La humedad se filtraba a través de la tela barata. Aunque el sudor suele evaporarse, ahí quedaba todo absorbido en el nailon, convirtiéndolo en una especie de manta empapada con olor a vinagre. La mezcla de humedad y pestilencia creaba un ambiente tan asfixiante que casi lo hace ponerse azul.

Al escuchar sus gemidos, Yasmín sintió algo de lástima. Pero pronto sus labios se movieron y sintió una sensación cálida en su pecho. Su rostro neutral se transformó en una pequeña sonrisa innegable. Una sonrisa de pura satisfacción engreída.

—Huele más fuerte.

—¿Qué?

—Más fuerte. —Alzó la voz—. ¡Más fuerte!

—Ya la escuchaste. ¡Dale una buena olfateada a su pie! —Rachel chasqueó los dedos—. Y te recuerdo que aún tienes algunos deditos sudorosos que chupar aquí.

Chad rugió en su interior. Tomó respiraciones lentas y profundas, profundizando deliberadamente cada una. Sonaba como si estuviera en la cancha de fútbol en lugar de estar sentado en el vestuario.

Su humillación creció mientras forzaba su boca a abrirse. La jalea brillante lo provocaba. En el instante en que el primer dedo hizo contacto, el sabor frío lo hizo gemir. Como había permanecido allí por tanto tiempo, era aún más agrio que la mugre del pie derecho. La sustancia grasosa se pegaba obstinadamente a su lengua y al paladar cuanto más los dedos de Rachel lo invadían.

Su lengua intentó protestar, pero simplemente se curvó hacia atrás. Mientras Rachel seguía retorciendo su pie en su boca, le dolía la mandíbula. Y luego sus uñas comenzaron a clavarse en el paladar. Se atragantó con su pie por diez segundos agonizantes antes de que ella lo sacase de golpe, abriendo y arrugando los dedos.

—Así se hace… —Luego los metió de nuevo en su boca—. Oye, no has terminado.

Mientras Rachel cerraba los ojos, saboreando la experiencia de que consintieran sus pies podridos, Yasmín pasó del silencio a la risita. Luego estalló en una carcajada completa, agarrándose los costados.

—¿Qué te da tanta risa? ¿Eres cosquillosa? —preguntó Rachel. Yasmín entonces apuntó hacia abajo, dirigiendo los ojos de Rachel hacia algo sorprendente—. ¡Guau!

Durante todo esto lamer, a Chad se le estaba levantando una casita en los calzones. Definitivamente no era una erección de amor, sino de pura vergüenza. Sin camisa y en calzones a los pies de estas dos setas inferiores, estaba en su punto más bajo.

—¿Qué clase de pinche erección es ésa? —se burló Yasmín, entrecerrando los ojos—. ¡Tengo primitos con pitos más grandes que ése!

—¿No pueden callarse por un segundo, cerebros de hongo?

—¿Por qué no te calles con los insultos? —Yasmín lo pateó en la cabeza—. ¿No tienes una foto de qué preocuparte?

—Escucha, cabeza de esporas, ya olí suficiente tus pies que apestan a vagabundo. ¡Sólo mándate a la mierda de una vez! —Se atragantó cuando Yasmín intentó empujarle el pie en la cara de nuevo—. ¿Cómo es que tu mamá sigue viva con tus pies oliendo tan asqueroso? ¿Es igual de sucia, o eres tan inútil que le das lástima?

Rachel jadeó. Yasmín entró en shock por un segundo. Sin embargo, fue sólo un segundo.

Gruñendo como una fiera, volteó a Chad como una tortilla. Se le fue encima y le plantó un pisotón en la cara con todo su peso. El otro pie se unió al ataque, y ahí estaba, parada orgullosa con él debajo de sus talones llenos de tierra.

—¡Uno, dos, tres! —Cada número era un pisotón diferente—. Para que sepas, sé contar hasta cien.

Y dicho y hecho, Rachel quedó boquiabierta. Lo único que pudo hacer Rachel fue mover los deditos limpios mientras el ataque de pisotones de Yasmín era el centro del espectáculo. Puede que fueran pequeños sus pies, pero tenían la fuerza suficiente para que Chad se desesperase por huir cuando se enojaba.

—Ni se te ocurra —dijo Rachel, plantándole el pie en el pecho—. A la Yas le falta para llegar al número gordo.

—Noventa y seis, noventa y ocho, noventa y nueve… —Yasmín se agachó y saltó por los aires, poniéndose tiesa como una tabla al caer—. ¡Cien!

—¡Mi puta cara! —gimió Chad. Cuando Yasmín se quitó de encima, él tenía dos marcas rojas desde la frente hasta la barbilla.

—Vaya —silbó Rachel—. Mira esas huellas humeantes. ¿Ya estás satisfecha, Yas?

—Atrápalo. —Yasmín marchó hacia las piernas de Chad, con los ojos fijos en el bultito de sus calzones. Le pateó las piernas a un lado, mostrando los dientes en un gruñido depredador.

Chad levantó la vista, con la cabeza dando vueltas. Al ver a Yasmín elevar su pie derecho, chilló.

Yasmín bajó el pie a toda velocidad, apuntando directo al micropene y los huevos de Chad. Soltó un grito agudo, que rápidamente se transformó en un gemido asqueroso. Sus alaridos volvieron y aumentaron de intensidad a medida que Yasmín aplicaba más presión. Le retorció el pene en todas direcciones con los dedos. Su talón aplastó sus testículos hasta que estuvieron a punto de reventar. Remató moliéndolos con el talón, esperando a que su llanto alcanzara un volumen satisfactorio.

A Rachel se le iluminó la cara. Esto sí que era una nueva Yasmín. Esta pasión, esta rabia.

Por otro lado, Yasmín tampoco pensaba parar. Le estampó el pie en la entrepierna una vez más, esta vez restregándolo arriba y abajo contra su estómago. Chad se revolcaba por el suelo, suplicando piedad. Sonriendo con malicia, Yasmín aumentó el ritmo, ansiosa por ver qué tan intenso podía ser el ardor.

—Oye, Yas, creo que ya entendió el mensaje —dijo Rachel, tocándola.

—¡Cállate! —A Yasmín la ardía la planta del pie como si estuviera en llamas. Escupió un gargajo largo sobre Chad mientras le quemaba el pene aplastado—. ¿Soy una patética porque soy una Toad? ¿Porque huelo raro? ¡Tú eres el deportista desleal con un pito tan pequeño que necesito un microscopio para verlo, retorciéndote bajo mi pie como el pinche inferior que eres!

La sensación estaba volviendo loco a Chad. Era como si su cuerpo fuera una tabla de planchar, su pito una prenda de ropa y el pie de Yasmín la plancha. Con cada pasada, la dolorosa fricción aumentaba.

Notó que su cuerpo se sacudía y convulsionaba. Curiosa, levantó el pie. Se sonrojó confundida al ver una gran mancha húmeda en sus calzones.

—Dios mío. —Rachel se secó el sudor de la frente—. Hasta lo hiciste venirse.

Yasmín resopló, dándole una patada más en el pito antes de lavarse las manos con el asunto. Sacó la foto de su sostén, se la devolvió a Rachel y se volvió a poner los mocasines.

—Bueno, Chad —dijo Rachel. Le dio una palmada suave en la cara con el pie—. No te desmayes ahora. Tienes práctica.

—Nuestro trato… Vamos, hice lo que querías.

—¿Todavía quieres darnos la disculpa formal? Nada muy elaborado.

—Bien. Lo siento a las dos por todo lo que hice. Arreglo el Game Boy o lo que sea, me encargo de Cloe por mi cuenta, y no tendrán que preocuparse de que las moleste nunca más. Sólo… Ay, mi verga… —Se agarró el pito molido—. Creo que se rompió.

—Te devuelvo las fotos cuando me des la plata para el DS mañana —dijo Rachel, volviéndose a poner sus tenis hediondos—. Chao.

Justo antes de que el entrenador entrara al vestuario masculino, Rachel y Yasmín se escabulleron de vuelta afuera del gimnasio. A Rachel le pasaban mil cosas por la cabeza. ¿De verdad estaba roto el pene de Chad? ¿Se iría a comprometer con Sana después de esa reunión? Y lo más importante de todo…

—¿Cuándo has sido tan agresiva? —le preguntó a Yasmín.

—Yo… —Yasmín se acercó a su bicicleta—. Es una maldición de mi hermana.

—Ya veo —dijo Rachel, poniéndole una mano en la espalda a Yasmín—. Oye, de repente puedes venir a mi casa si algo anda mal allí. No quiero meterme en tu vida familiar, pero…

—Gracias, pero no.

—¿Segura? Digo, yo igual puedo ir a tu casa.

Yasmín sacudió la cabeza.

—Pero… Está bien. —Rachel alcanzó a abrazar a Yasmín. Yasmín se subió a su bici para detenerla. Antes de que pudiera pedalear, Rachel se paró delante de ella—. Gracias por esto. Ves, que tus patas apesten no es tan malo.

—Es asqueroso.

—Sí, y justo ese asco le dio a Chad de su propia medicina. Es más, a alguien por ahí hasta le podría gustar ese olor.

—Sólo algún bicho raro con eso del… fetiche de pies.

—No sé qué es eso, pero ¿y si intercambiamos ropa?

—¿Eh?

—Sí, como un recuerdo de este chantaje en equipo tan bacán. —Rachel se quitó los calcetines, los olisqueó y arrugó la cara con asco. Luego las metió en una bolsa sellada—. Seguro que todavía queda mugre, ese toe jam, fermentándose ahí. Dale, no me dejes colgada, Yas.

Yasmín, sin saber qué pensar de esos gestos, se quitó torpemente las pantimedias. Rachel las olió, abriendo los ojos como platos. Asintió muy lentamente.

—Okay, definitivamente no estabas mintiendo… —Las embolsó y se las guardó en el bolsillo, entregándole a Yasmín sus calcetines empapados pero duros—. Si alguna vez quieres sentir que estoy cerca, dale una olfateada a estas bellezas.

—Sí, cómo no —mintió Yasmín, metiéndolas en su mochila.

Rachel sonrió de oreja a oreja.

—Yas… —Entonces escuchó un tono en su teléfono—. ¡Chuta! ¡Estoy atrasada! —Corrió hacia las canchas de baloncesto, saludando a Yasmín con la mano todo el camino—. ¡Chao! ¡Nos vemos en nuestro próximo día de lamer culos!

La expresión de Yasmín permaneció tan natural como siempre. A lo sumo, la comisura de sus labios se atrevió a curvarse ligeramente. Se tragó la saliva y emprendió el largo camino a casa.

***


Para cuando Sofía puso un pie en la mansión, el cielo ya estaba bien entrado en el atardecer. El taconear de sus sandalias frías resonó contra el piso de baldosas. Se las quitó de una patada junto a la puerta principal y admiró las uñas de sus pies, recién pintadas de un verde esmeralda.

«Divinas, y eso que hoy nadie se me quedó viendo».

—Sofí, ¿eres tú? —preguntó su abuela.

—No era mi intención tardarme tanto —respondió Sofía, caminando hacia el comedor—. Fui por un cafecito fancy, le presumí mi pedicura a todos los chavos, ya sabe cómo es.

La abuela y Yasmín estaban sentadas a la mesa, comiendo de sus platos de chili. Uno ya le esperaba a Sofía, justo al lado de Yasmín. Yasmín se quedó helada al verla, con la cuchara inmóvil en el aire.

—¿Yas? —La expresión de Sofía se suavizó. —¿Cómo te fue hoy?

—Bien.

—Puedes contestar mejor que eso. Hablo en serio, ¿estuvo aburrido y ya?

—Fue un uno por ciento más interesante que de costumbre. —Yasmín seguía sin mirarla a los ojos.

—Mmm. Ah, ¿sí? —Sofía le limpió un poco de salsa del cuello.

—Este… Yo… —Yasmín hojeó un montón de páginas en su mente—. Alguien pensó que tenía pies bonitos hoy. Es todo.

—¿Te refieres a Rachel? Ya sabes, la chica que intenta venir a pasar el rato contigo cada semana.

—No, ella no. Alguien más. Un chico. —Yasmín picoteó su comida—. Creyó que eran tan lindos que simplemente tuvo que… darme un masaje.

—Es todo un caballero —dijo la abuela.

—O sólo está tratando de endulzarte el oído. —Sofía dio su primer bocado—. Oye, más te vale que aproveches esa oportunidad antes de que se te escape. Especialmente con cómo tus pies tienden a…

—No. Le llegó el olor. No vamos a ser nada.

—Comprendo tu dolor, créeme que sí —suspiró Sofía. Puso su pie en el muslo de Yasmín, arrugando los dedos—. ¿Ya ves por qué es importante hacerse un cariñito en los pies?

—Están tan brillantes… —El ojo de Yasmín tembló—. Sofí, ¿cuánto costó esto?

Sofía simplemente bajó el pie y volvió a su comida. Yasmín dejó escapar un gemido audible.

Horas más tarde, la mansión estaba en silencio. Yasmín estaba en su recámara, de nuevo en su estado de dar vueltas en círculos, perdida en sus pensamientos. De vez en cuando dejaba escapar una palabra sin querer, o hacía un movimiento brusco y repentino. Así era su mente cuando estaba sola y podía hacer cualquier cosa sin que nadie la viera.

Fresco en su mente estaba la extraña satisfacción que sintió al aplastarle el pito y los huevos a Chad. Sus gritos de dolor, la sensación de su carne aplastada bajo sus pies… Todo aquello tenía su mente a mil por hora. En cierto modo era terapéutico: la forma perfecta de liberar el estrés.

Realmente era hermana de Sofía, le gustara o no.

—Yas.

Yasmín dio un respingo, deteniendo sus pisotones fingidos sobre un pito que no estaba ahí. Sofía ya estaba en su camisón, cuyo dobladillo le llegaba al suelo. Antes de que pudiera decir algo, Yasmín ya se había metido de prisa en su colchón. Agarró su escudo, una almohada gruesa, bajo las sábanas.

—Sólo quiero hablar contigo. —Sofía cerró la puerta.

—Ya me voy a dormir, por favor.

—Yo siempre sacaba las mejores notas en mis ensayos sin meterles paja. —Sofía se sentó en el alto colchón. Esperó a que la postura de Yasmín se relajara, pero Yasmín mantuvo la guardia por un buen rato—. Mira, sobre lo de esta mañana…

—No me interesa.

—Yas, no me lo estás poniendo fácil. ¿Sabes lo difícil que ha sido tener que ser mamá y papá a la vez?

—Teniendo en cuenta que estás haciendo un trabajo pésimo, no, no lo sé. —Yasmín se hundió más bajo las sábanas—. A diferencia de ti, ellos nunca me pegaron. Nunca me dijeron que era una inútil.

—Nunca entras en razón. Necesito enojarme para que hagas algo inteligente.

—Yo le hago caso a la gente que no abusa de mí. —El agarre de Yasmín en la almohada se tensó lo suficiente como para aplastarla.

—¿Abuso? —Sofía negó con la cabeza—. Nada de lo que he hecho se acerca al verdadero abuso.

—¡Repasemos la lista! —Yasmín asomó la cabeza—. Insultarme, pegarme, dejarme sin comer con tal de que te puedas comprar tu estúpida pedicura y tu abrigo, forzarme a sólo dedicarme a la escuela y a nada más… ¿Le sigo?

—Ir a la escuela no es abuso.

—Ah, sí lo es cuando está dominada por humanos y a ellos de verdad no les caen bien los Toads. Pero no, es una escuela de ricos; es prestigiosa. Claramente vale la pena mandar a Yasmín ahí sólo para que pueda tener un papel de números impresionante.

—Boleta de calificaciones. —Sofía le agarró los hombros—. La escuela no debe ser fácil, ¿okay? Tú ni habías nacido para ver cómo mamá y papá me exigían para que fuera la mejor, y mírame ahora. Inteligente.

Yasmín no podía creer lo que oía. ¿Inteligente? ¿La chica que se gastaba miles de monedas en un abrigo y una ida al salón en menos de una semana, ésa era inteligente?

Sofía sabía que no estaba logrando que la entendiera.

—Es que no quiero que crezcas y seas tan patética.

—No vamos a llegar a ningún lado con esto —suspiró Yasmín, dándose la vuelta en la cama—. Es la misma plática de siempre. Me vas a decir que hiciste todo esto para apoyarme, cuando en realidad sólo te preocupa que te haga quedar mal. ¡Dilo y ya! Por lo menos me estarías diciendo la verdad.

Era obvio que Sofía no podía convencer a Yasmín de ver las cosas a su manera. Nunca quiso herirla. Sin embargo, sabía que el mundo era un campo de batalla donde sólo los mejores prosperaban. Por lo tanto, era su responsabilidad prepararla para él de la única forma que conocía: a través de una educación rigurosa, una disciplina estricta y habilidades sociales excepcionales. La negativa de Yasmín a seguir este camino sería su perdición. Le pasó una mano por el hombro a Yasmín.

—Me importas.

—Ojalá pudiera creerte, porque sé que yo no he hecho más que quererte.

—¿Por qué no vamos de compras mañana después de la escuela? Las dos juntas.

—¿Cuántas monedas te quedan para gastar? —preguntó Yasmín—. Más o menos.

Sofía hizo una pausa. Finalmente, soltó una respuesta entre toses: «Mil».

—Estamos a mitad de mes, y todavía nos falta más despensa —se lamentó Yasmín—. Y a ti no te pagan hasta el último día…

—No es mi culpa que los precios en Villa Preciosa sean tan extravagantes.

—Excepto que seguimos viviendo en esta mansión. Ya sé que es de mamá y papá, pero podríamos mudarnos a un lugar más accesible como Ciudad Toad.

—Absolutamente no —espetó Sofía—. No estamos al mismo nivel que esos plebeyos.

—Claro, porque tú eres mucho mejor que Minh-Minh —murmuró Yasmín—. Sólo iré de compras si tú no compras nada. Déjame usar la plata que me dio Minh-Minh.

—Está bien. —Sofía se miró las uñas de nuevo—. No necesitaré mucho más este mes.

Hubo un silencio incómodo por un minuto. Yasmín se retorcía y daba vueltas, esperando que Sofía captara la indirecta de que ya podía irse. Como no lo hizo, Yasmín finalmente le dio una pequeña patada.

—Perdón —dijo Sofía, levantando la vista—. Oye, Yas, con respecto a este segundo trabajo que tengo, están tratando de encontrar algo increíble. Y si lo encontramos, te prometo que tendremos dinero más que suficiente para mantenernos a flote por el resto de nuestra vida.

—¿A qué te refieres?

—No puedo decírtelo. Sólo dale tiempo; será dentro de este año. Si todo sale bien, ¿quién sabe? Capaz y ocurre un milagro, y podemos ver a mamá y papá de nuevo.

—¿Qué? —Yasmín se incorporó—. Si estás bromeando, no es gracioso.

—Lo digo súper en serio. —Sofía se acercó más a Yasmín—. Imagínate esto: los cuatro juntos en esos viajes a la playa otra vez. Esos en los que me enterraba en la arena y fingía estar atrapada, para darte la oportunidad de hacerme cosquillas en los pies.

Yasmín asintió, recordándolos vívidamente.

—Y ahora sé que tengo suerte de que no me patearas.

—Nel, sólo pateaba a los novios. Aunque siempre me «vengaba» con algo como esto. —Sin provocación alguna, Sofía empezó a hacerle cosquillas a Yasmín en los costados. Yasmín rió sin control. Se retorció hasta que finalmente logró darle una patada a Sofía; su pie le dio directo en la boca. Por un segundo se quedó helada, aterrorizada. Entonces Sofía simplemente le empujó el pie a un lado y reanudó las cosquillas en su estómago—. Y todavía te ríes exactamente igual que cuando eras una bebé.

—¡Vas a hacer que me orine! —gritó Yasmín, jadeando mientras sentía los dedos subir y bajar por su cuerpo—. ¡Sofí!

—Muy bien, no quiero este colchón mojado. Otra vez. —Sofía se echó para atrás, dejando que Yasmín recuperara el aliento—. Mañana iremos a las tiendas directamente después de la escuela, ¿okay?

—Sí. —Antes de que Sofía pudiera irse, Yasmín se quitó las cobijas de encima para abrazarla y besarla. Como de costumbre, fue un contacto de labio a labio. Aunque fue un beso breve, no uno de esos largos y prolongados que le daba a Minh. Se separó con un chasquido. Sofía sonrió.

—Te quiero.

La sonrisa de Yasmín se desvaneció, aunque asintió.

—Mil monedas. Gastadas sólo en mí esta vez. ¿Verdad?

—Yo… —Sofía tragó saliva—. Sí, sí se puede.

Sofía salió de la habitación con sentimientos encontrados. Por un lado, estaba eufórica por la idea de pasar más tiempo de calidad con Yasmín. Por otro, era evidente que Yasmín todavía desconfiaba de ella. ¿Cómo podría solucionar eso? Aunque sabía que sus acciones estaban justificadas, no podía negar que gastaba menos en Yasmín que en ella misma.

Las Estrellas Etéreas que estaba ayudando a Wario a reunir… Si Wario lo permitía, podrían ayudarla un montón. En más de un sentido. Pero si Toadette y, por desgracia, Minh, las reunían todas…

«Minh-Minh, estás decidida a interponerte en mi camino, ¿verdad?».

Yasmín apagó la luz. Mientras se acurrucaba, repasó mentalmente su día. Desde discutir con Sofía y torturar a un deportista con Rachel, hasta la reconciliación parcial con su amiga; sin duda, había sido un día de lo más movido.

***


Semanas después


Yasmín caminaba hacia la entrada del castillo de la princesa Peach.

La Seta Vital que había recibido días antes había hecho maravillas, curándola de sus graves heridas por fuera. Pero por dentro, las cosas seguían rotas. Las pesadillas la despertaban con frecuencia, trayendo de vuelta imágenes espantosas de aquel día: el murmullo en la cafetería, el rugido ensordecedor del avión acercándose y la huida desesperada del edificio.

A pesar de no considerar a Rachel su amiga, Yasmín estaba decidida a sacarla del edificio. Yasmín logró salir con vida. Rachel no había tenido tanta suerte, pues sus heridas terminaron por vencerla.

Minh caminaba a su lado. Mientras Yasmín escuchaba a medias la explicación de Minh sobre cómo comportarse en el castillo, pensaba en por qué Minh se había ido de aventura con Toadette en primer lugar.

«Estrellas Etéreas», pensó Yasmín. «Si de verdad son esas cosas que conceden deseos, entonces quiero verlas en acción yo misma».

Llegaron al puente del castillo.

—Paso por ti a las seis —dijo Minh—. Espérame aquí mismo.

—Adiós. —Yasmín le plantó un beso baboso en la boca a su prima mayor. Luego entró en el cálido pasillo, y de inmediato la encontró—. ¿Cuánto tiempo llevas esperando?

—Media hora —se rió Penélope, radiante y con la pinta de que las piernas le iban a fallar de la emoción. Le extendió la mano y tomó la de Yasmín—. ¡Bienvenida a mi castillo, Yas!

Esa tarde fue un torbellino de actividades. Penélope llevó a Yasmín a explorar todos los rincones del castillo. Jugaron a las traes en el jardín, y Penélope tuvo la oportunidad de mostrar lo increíblemente grande que era su habitación. Ahora se encontraban en la biblioteca, donde Yasmín se acomodaba en uno de los amplios y confortables sillones. Tenía los pies descalzos sobre una mesa, gracias al permiso que le había otorgado Penélope. Ni siquiera se dio cuenta de que Penélope estaba mirando la suciedad en las plantas de sus pies.

—Ese vestíbulo del primer piso se ve genial con todas esas pinturas —dijo Yasmín—. Lástima que no podamos correr por ahí.

—Sí, esos tontos. Todavía no entiendo por qué la bomba sólo deformó todo en lugar de, ya sabes, hacer todo pedazos como en un videojuego. —Penélope le dio una olfateada disimulada a los pies de Yasmín antes de que pudiera verla—. Mejor no hablamos de eso…

—No pasa nada.

—¿Te puedo preguntar algo? —Penélope logró oler una vez más antes de sentarse en su propio sillón—. ¿Por qué eres tan selectiva con quién hablas?

—Así nací, nomás —Yasmín bajó la mirada—. Es más fácil hablar con unas personas que con otras.

—¿Entonces yo soy fácil?

—Tú te me impusiste.

—No lo creo —rió Penélope—. Tú fuiste la que dijo que debíamos permanecer juntas en Ciudad Neón. De hecho, yo quería explorar sola, para ser valiente como la señorita Toadette.

—Bueno, si ella recibe ayuda constante de Minh-Minh, está claro que tú puedes recibir ayuda constante de mí. —Yasmín se reclinó—. ¿Soy de ayuda?

—Claro que sí, un montón. —Penélope sintió que su corazón se aceleraba aún más al ver esa saliva familiar escapando de los labios de Yasmín—. Es… Es divertido estar contigo.

—Gracias.

De regreso en casa de sus tíos, Yasmín se puso el pijama. Mientras pensaba en su día con Penélope, se sintió como una tonta. Había estado rechazando a las personas que intentaban acercarse a ella. Ser abierta, incluso acogedora, resultaba revitalizante.

Buscó en su mochila escolar. Hurgando más allá de los cuadernos, halló una bolsa de plástico conocida. Dentro estaban los calcetines de Rachel, esos horribles calcetines negros que le había regalado a Yasmín como «recuerdo».

Ahora Yasmín abrió la bolsa. Un olor fuerte y almizclado llenó el aire: sudor rancio, hedor a tenis y un aroma único que era indiscutiblemente el de Rachel. Yasmín se acercó los calcetines a la cara. Con los ojos cerrados, respiró hondo, dejando que el aroma húmedo y atlético le llenara los pulmones. Mientras se sentía mareada, frotó la tela contra su mejilla. Una combinación de repulsión y algo más invadió sus emociones.

Aprecio.

Un suspiro escapó de los labios de Yasmín. Sonriendo, besó cada calcetín, uno por uno.

—Gracias, Rachel —susurró—. Si te vuelvo a ver, te prometo que pasaré tiempo contigo como querías.

Con cuidado, volvió a meter los calcetines en la bolsa y la selló, asegurándose de que permaneciera en su mochila. El olor perduraba en su cara, pero se sentía un poquito menos nauseabundo. Ahora era sólo un catalizador: un recordatorio de la incapacidad de Yasmín para hacer amigos y un motivador para que hiciera nuevos.

----------

Nota del autor:
Traté este capítulo como algo especial por varias razones. Quería primero que hubiera más tiempo de conexión entre Yasmín y Rachel, para que el trágico final de esta última en el capítulo 102 no se sintiera superficial. También quería explorar los pies de Rachel; tuvimos un breve momento de adoración al culo en el capítulo 93, pero muchos atletas tienen pies apestosos.

El problema es que no había buenos lugares para incluir una escena de adoración a los pies, definitivamente no una de larga duración. Los capítulos posteriores ya estaban mayormente finalizados y traducidos, y el ritmo se habría vuelto demasiado lento con otro capítulo escolar. Así que decidí asilar éste.

Aunque es un especial, es canónico para La historia de Toadette. Si alguna vez hago un especial que sea simplemente por diversión, lo aclararé.

El hecho de que sea un especial también es la razón por la que decidí hacerlo tan largo. La longitud extra me permitió explorar mejor la relación entre Sofía y Yasmín, algo que también quería hacer después del capítulo 92. Curiosamente las historias cortas se consideran cualquier cosa por debajo de diez mil palabras.

No puedo incluir otra historia con Rachel, considerando que todo esto ocurre en una semana. Y aunque ella consideraba a Yasmín una amiga, Yasmín era tan antisocial que no reconocía ninguna de las señales. No tendría sentido que siguieran interactuando mucho fuera de la adoración. A lo sumo podría hacer un especial dedicado a eso, pero no lo veo sucediendo en este momento.

Crucen los dedos para que Yasmín pueda hacer un deseo en las Estrellas Etéreas.
© Copyright 2025 VanillaSoftArt (UN: vanillasoftart at Writing.Com). All rights reserved.
VanillaSoftArt has granted Writing.Com, its affiliates and its syndicates non-exclusive rights to display this work.
Printed from https://shop.writing.com/main/books/entry_id/1095441