Sigue la historia de la vida de esclava de Toadette, y ya tiene el fetiche por los pies. |
La ubicación de Ciudad Toad, un poco al sur, le daba a Toadette una ventaja considerable. Las ciudades del norte seguían sufriendo bajo el yugo del invierno, pero en Villacosta, adonde se dirigía, se sentía una brisa suave, como de primavera. Balanceó las piernas por el borde de la cama, dejándolas colgar antes de que sus pies tocaran el suelo. —Le deseo una buena mañana, Toadette. —¡Uy! —Toadette recogió las piernas de un tirón—. Ay, perdón, Señor Maletín. —No hay problema alguno —respondió la maleta parlante, poniéndose de pie de un salto—. Las formalidades son innecesarias, pues no soy más que un elegante baúl dispuesto a asistirla. —Claro. —Toadette se olió el pie rápidamente—. Menos mal que me bañé… Se vistió con su ropa de trabajo casual: un chaleco rosa sobre una camiseta, pantalones cortos y unas medias finas. Pero algo la inquietaba. ¿Cuánta ropa extra debería llevar? ¿Se llevaría sus sandalias? Como nunca antes había estado en Villacosta, no sabía cómo sería el terreno. De todos modos, no había tiempo para elegir un guardarropa completo, ni tampoco espacio suficiente. —Si Minh no hubiera llenado su tonta bolsa hasta el tope, esto sería mucho más fácil —se quejó. —¿Está experimentando alguna dificultad? —preguntó Maletín. —Son cosas de chicas. No lo entenderías. —Sostuvo una camiseta—. Lo suficientemente ligera para dormir… —Disculpe que señale lo obvio, pero ¿está al tanto de mis capacidades únicas de almacenamiento? —Sí. —Toadette se volteó a verlo—. Pero eres una cosita chiquita. Sin decir palabra, Maletín abrió su tapa de golpe. —Ay. Te doy el gusto, pero esto no va a funcionar —suspiró Toadette. Le lanzó una de sus sandalias. Sus ojos se abrieron como platos. Desapareció dentro de su cuerpo abierto con un sonido suave. Maletín emitió un leve zumbido. —Ajá. Setenta por ciento cuero, treinta por ciento transpiración de pie. —Se retorció—. El profesor Fesor D. Sastre me construyó para ser el asistente de viaje definitivo. Puede llenarme hasta que comience a gritar en una agonía espantosa. —Una especie de dimensión secreta, ¿eh? Perfecto para las Estrellas Etéreas. —Toadette empezó a juntar ropa (camisetas, chalecos extra, calcetines) y pequeños artículos de primera necesidad, metiéndolos todos en Maletín. Su interior parecía tragarse todo hasta que sonó como un niño que había comido demasiado en la cena. Afortunadamente, no gritó. —Estamos listos para irnos —declaró Toadette con una sonrisa. —Debo decirle que posee un conjunto de aromas muy interesante —comentó él mientras se encogía hasta caber en su bolsillo. —Eso me dicen. *** El aire salado se hacía más fuerte mientras Toadette se apresuraba por las calles de Ciudad Toad, que comenzaban a despertar, en dirección a los muelles. Toad ya debería haber estado allí. Y sin importar los planes de Minh, la florista iba a traer a Penélope. Otra noche que pasó en casa de Minh en lugar del castillo. Toadette llegó pasadas las ocho, frunciendo el ceño al contemplar la escena. —¡Minh, explícame esto! —exigió, señalando a la invitada no deseada en el barco. —Hola. —Minh sonrió con picardía desde su lugar en el muelle—. Yas dijo que quería venir con nosotros. —Mira, Toadette, ya no tiene caso intentar convencerla —dijo Toad, con aire derrotado—. Una fuerza imparable ya se topó con un muro inamovible. —Yasmín se regresará a su casa. Punto final. —Vamos, señorita Toadette —suplicó Penélope, sentada en la barandilla del barco. —¡No! —Toadette dirigió su mirada a Toad—. ¿De verdad quieres que se repita lo de Ciudad Neón? —Oye, sus cosas ya están arriba del barco —dijo Minh, levantándose—. Y le oí decir al Maestro Kinopio que este barco ya va tarde. —¿Maestro Kinopio? —preguntó Toadette. —Ah, sí. Dijo que después del ataque estaba listo para luchar por su reino otra vez. Que ya se moría de ganas por zarpar. Como si las palabras de Toad lo hubieran invocado, una campana sonó desde el barco. El navío comenzó a deslizarse lejos de los muelles. Minh soltó un grito y trepó a la barandilla antes de que pudieran dejarla atrás. —¿Qué demonios? —resopló Toad—. ¿No podías esperar unos segundos más, viejo? —Un avisito no hubiera estado de más. —Toadette tomó unos pasos de impulso y se lanzó sobre el agua. Sus zapatos resonaron en la cubierta al aterrizar simultáneamente con Toad, mientras el barco ya se alejaba mar adentro. La embarcación era la misma en la que habían aguantado el apretado viaje a la Isla Lavalava hacía un mes, así que el espacio era tan reducido como lo recordaba. Una sola litera. Aunque Minh reveló que había traído un colchón inflable, sin duda para las dos niñas. Este detalle hizo poco para calmar la frustración de Toadette. La jaló de vuelta a la cubierta mojada, donde los vientos helados se tragaron su discusión. —¿Acaso pensaste en su seguridad cuando la trajiste? —gruñó Toadette—. ¿Qué le costaba que se quedara con sus papás? —Ni se te ocurra preguntarme eso, Toadette. —Minh se soltó de un tirón, con el rostro endurecido—. Como si yo quisiera que algo malo le pasara a Jazz. —Esa pequeña psicópata va a… —¡Toadette! Vuelves a insultarla, y se acabó la plática. —Parte del problema es que la consientes demasiado. Dame una buena razón por la que está aquí, y más le vale que sea mejor que un simple «lo pidió por favor». —¿A poco no es obvio? Toadette la miró como si estuviera loca. Una respuesta directa no debería haber sido tan difícil. —Bueno, ya —continuó Minh, bajando la voz—. Como veo que de plano no te cae bien, yo me hago completamente responsable de lo que le pase. ¿Contenta? —¿Que no me cae bien? ¿Se te olvida quién me aventó un zapato duro como piedra a la cabeza después de escaparse de casa? —Toadette desvió la mirada hacia el mar infinito—. Como sea. Sólo mantén a esa perra con correa. Minh soltó un quejido dramático y se volteó hacia la puerta de la cabina. Pudo ver que Penélope y Yasmín ya estaban explorando los confines de su habitación temporal. Penélope brincaba de una esquina a otra del cuarto. Yasmín, en cambio, era más contenida. Observaba las cosas, pero no mostraba para nada el mismo entusiasmo desenfrenado de Penélope. De repente, una mano le tocó el hombro a Minh. —¿Ya empezaron a darse cariño? —¿Qué? —jadeó Minh—. ¡Ay, qué asco! No me metas esas ideas en la cabeza. —¿O sea que la puta de los champiñones ya no aguanta un poco de picante? —rio Toad, dándole un juguetón tirón del cabello—. Me preocupa más Penélope que Yas. Todos los días en el castillo es puro «Yas hizo esto» y «Yas dijo esto». Ha aprendido una nueva palabra y nunca se la va a olvidar. —Es pura inocencia —murmuró Minh—. Yas nunca es tan platicadora con los demás primos. —O Penélope le contagió algo en la cama —empezó él, recibiendo un suave puñetazo en la cara—, o la obligó a salir del cascarón. Impresionante. —Es como cuando conseguí que Toadette por fin hablara más en la escuela —Minh hizo una pausa, mirando a Yasmín—. Aunque a Toadette con el tiempo se le subió el ego y ya nunca más se calló. —Ah, ¿sí? —Toad resopló, acomodándose por completo en la litera de arriba—. Pues gracias. Hay algo tan sexi en una mujer que se cree la gran cosa y de verdad lo es. El último comentario le cayó a Minh como un balde de agua fría. ¿Acaso era el día de los opuestos? Toad debería estar avergonzado de que Toadette se las había arreglado mucho mejor que él durante los ataques. Mientras Toad se acomodaba para una siesta, conservando energía para lo que viniera, Minh se permitió un pequeño placer propio: sus pies. Lo mejor del fin del invierno era deshacerse de sus botas negras. Ahora los dedos de sus pies podían moverse y respirar en sus chanclas. Este par era negro y esponjoso, con un diseño de rosas en la plantilla, ligeramente manchado con la huella de sus pies. Las pateó para quitárselas y las dejó bajo la banca, dejando que las plantas de sus pies besaran el aire. Luego sacó un libro de acertijos de su bolso y cruzó las piernas, dejando uno de sus pies colgando. No tenía idea de que otro par de ojos estaba fijo en su pie. Yasmín tragó saliva. Penélope parloteaba a su lado, algo sobre querer manejar un bote en un huracán, pero Yasmín no podía oír ni una sola palabra. Su mundo entero se había encogido hasta la curva del tobillo de Minh, el dedo gordo y la chancla negra en el suelo. —¿Yas? —Penélope agitó una mano frente a su cara—. ¡Oye, despierta! Yasmín dio un respingo, llevándose una mano al corazón. —¿Qué te he dicho de gritarme en el oído? —Parecías hipnotizada. Haces eso muy seguido —Penélope ladeó la cabeza—. ¿Es algo que te pasa? A lo mejor el capitán Toad sabe qué es. —Soy capitán, niña, no doctor —dijo él con una sonrisa pícara—. Aunque creo que sí sé qué condición tienes tú. —¿Qué? ¿Qué tengo? —repitió Penélope dos veces, y finalmente levantó las manos, frustrada—. ¡Los adultos siempre dicen que preguntemos, pero luego nunca quieren responder! —Oye. —Yasmín tomó a Penélope del brazo—. ¿Nos podemos sentar, porfa? —Está bien, Piernas Flojas —Penélope fue hacia su mochila. Mientras hurgaba en ella, los ojos de Yasmín se posaron en una pequeña mesa arrinconada contra la pared. Era más chiquita que una mesa de centro normal. Ocultando su repentino arrebato de emoción tras un rostro inexpresivo, la empujó hacia Minh. —Ten, Minh-Minh. Así estarás más cómoda. —Ah, gracias, Yas. —Minh puso los pies sobre la mesa, escribiendo en su libro—. Palabra de cuatro letras para… queso y vinagre. Yasmín se deslizó hacia un lado de la mesa, justo cerca de los pies de Minh. Antes de que pudiera echar un buen vistazo, Penélope se dejó caer a su lado, pegada a ella. Pero para sorpresa de Yasmín, Penélope no le ofreció un Nintendo DS para jugar un juego multijugador. Simplemente se quedó en silencio. Era una sorprendente cantidad de autocontrol para Penélope, y aun así, seguía justo al lado de Yasmín. «No es el momento para esto», pensó Yasmín desesperadamente. Ni modo, tenía que actuar con calma para conseguir lo que quería. Más fácil decirlo que hacerlo. Echó un vistazo rápido a los pies de Minh. Al ver las sutiles arruguitas, lentamente inclinó la cabeza hacia abajo. Estaban limpios, quizá con un único y diminuto grano de arena. El corazón de Yasmín comenzó a latir con fuerza. Trató de respirar lentamente, pero en lugar de ocultar su excitación, sólo hizo que su respiración sonara más pesada. —¿Estás bien, Yas? —preguntó Minh—. Oye, ¿no sientes que hay mucho polvo por aquí? —Estoy bien —dijo, forzando la voz para que sonara más plana de lo normal—. ¿A que papá estaría feliz de que no intentara saltar de este barco? —Seguro que estaría aplaudiendo. —Minh arrancó una página de su libro y la deslizó sobre la mesa con un lápiz extra—. Ten. Puedes entretenerte con esto para que no te aburras. —Mmm… —Yasmín se mordió el labio. El borde del papel prácticamente rozaba los talones de Minh. Era perfecto y aterrador—. Gracias, Minh-Minh. Su agarre en el lápiz era tembloroso, lo cual no ayudaba con el balanceo del barco bajo ellos. Pero Yasmín lo aceptó, pues le ofrecía la excusa perfecta para acercarse más. Poniéndose de rodillas, se inclinó sobre la mesa y examinó la sopa de letras. Tenía suficientes letras como para volver loco a un estudiante universitario. Pero Yasmín no tenía intención alguna de terminar el rompecabezas. Al bajar la cabeza, empujó su cuerpo un poquito más hacia adelante. Se quedó helada cuando Minh contoneó los dedos de sus pies, encogiéndolos con fuerza hasta que el dedo gordo quedó tieso, apuntando hacia arriba. Permanecieron así por unos instantes antes de volver a curvarse ligeramente. Durante uno de esos lentos arqueos, Yasmín aprovechó su oportunidad. Se acercó para dar una ligera olfateada. Pasaron dos segundos. Diez. Veinte. Yasmín contuvo el aliento, esperando que Minh se diera cuenta y apartase los pies. Pero Minh simplemente continuó con su crucigrama, ajena a todo. Aunque esto debería haber sido una victoria, sólo consiguió poner a Yasmín más nerviosa y frustrada. Esa patética bocanada de aire no era suficiente. Quería el aroma completo: esa fragancia cálida y seductora de los pies de su prima mayor dando vueltas en sus fosas nasales. Soñaba con asfixiarse en ese aroma. Minh seguía absorta en su crucigrama. Mientras tanto, la nariz de Yasmín flotaba a escasos milímetros del dedo gordo de Minh. Inhaló un poco más profundo, arrugando la cara cuando por fin registró un tenue y cálido aroma. Por muy débil que fuera, era inconfundiblemente el de Minh. Le temblaban los dedos. No sólo tenía que evitar que Minh la descubriera, sino que tenía a otros dos entrometidos cerca: Penélope y Toad. Toad parecía completamente dormido, acurrucado de lado. Penélope, sin embargo, estaba justo a su lado. sólo bastaría una mirada curiosa para que, inevitablemente, pillara a Yasmín oliendo los pies de Minh. Y con lo bocona que era, no lo mantendría en secreto. —Oye, Yas —rio Minh, abriendo los dedos como un abanico—. Si quieres impresionar a la gente de tu edad, vuélvete buena para los crucigramas. Todos creían que yo era una tonta, pero en cuanto me vieron acabar un libro entero en un día, de pronto todos hacían fila para que les hiciera la tarea. Cuantas más bocanadas del aroma de los pies de Minh conseguía Yasmín, más babeaba. Tenía que tragar saliva a un ritmo cada vez mayor, casi ahogándose en un momento dado. ¿Qué más podría complicar su situación? Penélope miró hacia la puerta. —¿Señorita Toadette, qué condición tengo y por qué el capitán Toad no me la quiere decir? «¡Ay, chingados!», gimió Yasmín internamente. —Ése es un fastidioso, Penélope. No le hagas caso. —Toadette se quitó sus zapatos y se dejó caer en el mismo banco que Minh—. Cuando lleguemos a Villacosta, te quedas cerca de una de nosotros tres. ¿Entendido? —¿Y por qué me lo dice a mí? —preguntó Penélope, señalando directamente a Yasmín. Yasmín fingió no haberla visto, hundiendo la cara en su propia sopa de letras mientras Toadette sermoneaba a Penélope. Algo sobre supervisión, algo sobre objetos… ¿Cuándo iba a largarse Toadette y dejar a Yasmín olfatear en paz los sensuales pies de Minh? A lo mucho, Yasmín conseguía aspirar pequeñas pizcas de aire cuando Minh se movía. ¿Aparte de eso? Nada. Toadette bostezó, estirándose y empujando un poco la mesa. Luego, colocó sus pies sobre ésta. Las orejas de Yasmín se aguzaron. —¿Segura que no quieres dormir un poco más? —le preguntó Toadette a Minh. —Nop, sólo me arruinaría el horario de sueño más tarde —dijo Minh, pasando la página—. Pero dale, tú duerme. Cuenta ovejitas. —Recuerda no subestimar a estos tipos —dijo Toad, con la voz clara—. Necesitas una de esas pastillas de Oveja Sueña que usa el Koopa Koot. —¿Conoces a ese imbécil? —intervino Toadette, de pronto animada. A medida que se involucraba más en la conversación, deslizó sus pies más adelante, apretujándolos entre los de Minh. Para desgracia de Yasmín, esto provocó que el pie izquierdo de Toadette aterrizara más cerca de donde ella intentaba tramar su plan de olfateo. —¿Tú también lo conoces? —Toad se giró sobre su espalda—. A ese cretino de cuello arrugado siempre le encanta pagar una miseria por los trabajos más duros. Mira, alguien tiene que quitarle ese bastón y darle una buena paliza a su trasero escamoso algún día. —Normalmente no soy partidaria de la violencia —dijo Minh dulcemente, todavía inmersa en su rompecabezas—, pero que tenga que usar psicología inversa contigo para que mantengas tu jardín sin plantas letales, eso ya es ridículo. Los adultos continuaron con sus diversas historias sobre el odioso Koopa, y Toadette acentuaba sus relatos moviendo los dedos de los pies de forma dramática. Yasmín sintió una arcada. Intentó oler a escondidas una vez más el pie de Minh, sólo para encontrarse con una profunda acidez. El agradable aroma de Minh estaba siendo aniquilado por las apestosas medias de nailon de Toadette. Un puchero apareció en el rostro de Yasmín. Si tantas ganas tenía de oler pies hasta que se le derritieran los ojos, pues se habría olido los suyos. Pero Toadette no daba señales de querer moverse. Sin más opciones, Yasmín cambió de posición de nuevo, inclinando la cabeza hasta que su nariz quedó flotando peligrosamente cerca del costado del pie de Minh. Cualquier cosa para evitar el tufillo agrio de Toadette. Respiró hondo. —¿Yas? —Yasmín se quedó helada. El pie de Minh se apartó ligeramente—. Oye, sabes que te puedes mover, ¿verdad? ¡Rayos! La habían descubierto. No había forma de quedarse congelada en esa extraña posición, con la nariz temblando cerca de cuatro pies, y hacerlo pasar como que sólo estaba concentrada en su sopa de letras. Lentamente, Yasmín se movió al otro lado de la mesa, donde no pudieran alcanzarla ni los pies divinos de Minh ni los infernales de Toadette. —Je. Me sorprende que no se haya movido antes —rio Toad por lo bajo. —Mis pies ni siquiera huelen tan mal esta mañana. —Toadette se frotó la mano por la planta del pie y luego se olió los dedos. Arrugó la nariz—. Okay, no huelen ni de cerca a como huelen en mis peores días. —Gracias a los cielos por eso —murmuró Penélope, machacando los botones de su consola. —Sigan haciendo tanto drama, y haré que todo este barco apeste a puro Toadette —dijo con una sonrisa. —¿Eso es una amenaza? —se rio Minh. —Normalmente las amenazas son advertencias —dijo Toad—. El barco ya está empezando a oler a tus zapatos. ¿Te mataría ponerlos en una bolsa o algo? —Claro que sí, debiluchos —se burló Toadette. Caminó con decisión hasta donde había tirado sus zapatos, los agarró y se dirigió hacia una puerta—. Nuevo aromatizante para el baño —dijo mientras los lanzaba dentro. Mientras cerraba la puerta, una ráfaga de viento barrió la nava. Penélope apenas se inmutó, mientras Minh resolvía con calma otra palabra en el rompecabezas. Yasmín, por otro lado, jadeó ante el ruido repentino. —Tranquila, muchacha —dijo Toad, revolviéndose en su cama—. Estamos en buenas manos. Antes de que Yasmín pudiera responder, la puerta de la cabina de la nave se abrió de golpe, y el maestro Kinopio entró cojeando con su bastón. —Ah, aquí están. Confío en que estén disfrutando de nuestra travesía, ¿verdad? —preguntó. —Estamos súper bien, señor —dijo Penélope, pausando su juego y sonriéndole. La mirada del maestro Kinopio recorrió al grupo, manteniéndose en Penélope antes de posarse en Yasmín, quien se había retraído aún más después de su último intento de oler pies. —¿Y quién es esta encantadora señorita? —Ésta es mi prima Yasmín, maestro. —Minh le dio un ligero codazo a Yasmín—. Es de Villa Preciosa, así que se está quedando con nosotros. —Ay, Dios. Mis condolencias por el incidente allí, muchacha —estrechó su mano lánguida—. Bienvenida a bordo. Recuerdo cuando era sólo un joven muchacho, no mayor que tú, comandando poderosas naves a través de los mares. Un experto navegante me llamaban. Sólo espero que estos viejos ojos aún conserven su agudeza para nuestro viaje de hoy. —Vamos, viejo —soltó un bufido Toad—. Es Villacosta, no el fin del mundo. Si yo pudiera hacer esto con los ojos cerrados, tú nos llevarás fácilmente. —Siempre es bueno tener confianza, muchacho. Pero uno nunca debe subestimar los caprichos del mar y todo lo que yace en él. —Miró alrededor de la cabina—. Ahora bien, ¿han comido todos lo suficiente? Tenemos muchas provisiones extras a bordo, así que no sean tímidos. —Se me antojan unas galletas si tienen —se apresuró a decir Penélope, cerrando su DSi. —Excelente, excelente. Señorita Toadette, si fuera tan amable —la dirigió hacia donde estaba la comida extra—. Bueno, será mejor que regrese al timón. Podríamos tener un poco de borrasca en poco tiempo, a juzgar por las nubes en el horizonte. —Gracias —dijo Toadette en voz alta—. Estamos más seguros con usted manejando que con este Toady aquí. El maestro Kinopio les ofreció una última sonrisa antes de salir, dejando la cabina más cálida que antes. *** Las horas se desvanecieron. Para las cuatro de la tarde, Toad y Toadette habían intercambiado lugares; ahora ella estaba acurrucada y roncando, mientras que él estaba bien despierto. Vio cómo el azul brillante había desaparecido, reemplazado por un gris oscuro. Los truenos retumbaban como locos, seguidos de una lluvia constante. —Nos quedan cuatro horas, chicas —anunció, provocando un quejido exagerado de Penélope. —A este paso, llegaremos dormidas —se quejó ella. —Nadie dijo que todas las partes de una aventura serían un paseo por el parque como en los cuentos —Toad le dio un lento mordisco a una barra de granola—. Aguántate y no te quejes. Penélope ya había abandonado su DSi, sucumbiendo al vaivén del barco y a la tarde lúgubre como lo había hecho Toadette. Yasmín estaba tumbada en el borde de la litera de abajo, tan quieta como una momia. Era lo único que mantenía la cordura de Penélope: la presencia de Yasmín. Mordiéndose el labio, deslizó una mano entre sus piernas. Minh apareció de repente junto a la puerta de la cubierta, y Penélope apartó la mano, volviendo rápidamente a hacerse la inocente. —Toad —dijo Minh, limpiándose la lluvia de la cara—. ¿No se supone que íbamos al este? —Al sur y luego al este desde Ciudad Toad, sí. —Pues vamos directo al sur. Y ya llevamos un buen rato así. —¿Qué? —Con el Sol fuera de servicio, Toad buscó a tientas su brújula. Efectivamente, la aguja apuntaba directamente al sur. —Sabía que algo andaba mal cuando sentí que el barco giró antes —murmuró Minh. —¿Lo sentiste y no dijiste nada? —gritó él. El arrebato hizo que Toadette se removiera—. ¡Diablos, Minh! ¿Y si nos desviamos por completo? —¡Pues yo no soy la experta en navegación aquí! —Minh levantó las manos en señal de rendición—. ¡Por lo que yo sabía, ese giro era normal! ¿Tú por qué no te diste cuenta de nada? Toad la ignoró con un bufido. Corrió hacia la puerta del capitán y la golpeó con fuerza. Pero no obtuvo respuesta. Temiendo lo peor, la embistió repetidamente con el hombro. A la tercera embestida, la cerradura barata explotó. Lo que vio lo dejó paralizado. Tres figuras se erguían en la pequeña cabina. Eran tiburones azules; caminaban erguidos y ahora miraban a Toad con furia. Uno de ellos agarraba el timón del barco, dirigiéndolos a través del mar embravecido. Los otros dos empuñaban lanzas. Llevaban bandanas de rayas rojas atadas a la cabeza. Toad procesó todo justo cuando se abalanzaron sobre él. Uno de ellos lanzó una estocada con su lanza hacia el hombro de Toad. Él se quitó del camino justo a tiempo, oyendo un agudo raspón contra el marco de la puerta. —¡Toadette! —gritó, forcejeando con un tiburón por el control de la lanza—. ¡Tenemos visitas inesperadas! —¿Ya nos ataca Wario? —Salió disparada y entró corriendo a la cabina del capitán. En el instante en que entró, Toad se estrelló contra ella. El aire se les escapó de los pulmones, pero incluso mientras ella se tambaleaba, su mirada se clavó en la escena del interior. —¡Alto ahí, mequetrefes! —gruñó uno de los tiburones, colocando una lanza contra la garganta de Toadette—. ¡Están invadiendo nuestras aguas! ¡Esta nave queda confiscada! —Inténtenlo, pues —escupió Toadette. Sus músculos se tensaron, para confusión de los tiburones. Con un impulso repentino, se quitó a Toad de encima y se movió a la velocidad del rayo. El tiburón apenas registró el movimiento antes de que ella le arrebatara el arma de las manos. Antes de que pudiera reaccionar, ella le estrelló la culata de la lanza en la mandíbula, enviándolo contra su compañero. Mientras chocaban, Toadette preparó una patada. Su pie, todavía dentro de un calcetín de nailon sudado, se hundió con fuerza en ambos. Salieron volando por los restos destrozados de la ventana delantera de la cabina. El tiburón en el timón levantó inmediatamente las aletas. —¡Parlamento! —Ni siquiera sé qué significa eso —dijo Toadette con voz tranquila. Luego le metió un rodillazo en el pecho al tiburón, enviándolo fuera hacia la furiosa tormenta. Miró a Toad—. Y la verdad, ni me hubiera importado. —Él quería negociar —dijo Toad, sacudiéndose el brazo—. Me tomaron tan por sorpresa que se me olvidó que esas estrellas nos hacían más fuertes. —Volvamos a lo nuestro. —Toadette volvió a colocar la silla del capitán en su sitio. —Un momento. ¿Dónde está el maestro Kinopio? —Toad miró a su alrededor. No había dónde esconderse—. Ay, demonios… —¡Oigan, par de bobos! —Toadette se asomó por el cristal—. ¡Sé que no se pueden ahogar! ¿Dónde está el capitán de este barco? Uno de los tiburones emergió. —¡Se lo llevaron ante nuestro capitán! Se negó a divulgar los secretos de lo que contiene su barco. ¡Y por invadir nuestros mares, ahora es nuestro prisionero! —Ah, ¿sí? —Toadette le hizo un gesto a Toad para que se adelantara, sin quitarle los ojos de encima al tiburón—. ¿Para quién trabajan? —Alguien cuyo nombre hará que se les hiele la sangre con sólo mencionarlo. —Me arriesgaré —dijo Toad, sosteniendo una de sus lanzas—. La oíste. ¿Quién? —¿Se atreven a enfrentarlo ustedes mismos? —graznó el tiburón, mientras otras dos cabezas con aletas rompían la superficie a su lado—. ¡Tontos! Deben de querer un final rápido para su viaje. —¡Dejen de andarse con misterios! —gruñó Toad—. ¡Nos dirán exactamente dónde está! Y dile que cuando llegue, ¡lo haré pedazos! —Ah, ¿así que quieren enfrentarlo en combate? —El tiburón líder intercambió una mirada con sus compañeros—. Esto le interesará al capitán. Muy bien. Al sureste de Villacosta encontrarán un conjunto de cuevas negras. Diríjanse allí y, si tienen talento para explorar, hallarán nuestro barco. Esperaremos su llegada a más tardar a la medianoche. —¡Esperen! —Minh irrumpió en la cabina—. ¡Para mañana a medianoche! Necesitamos otro día, por favor. —¡Claro que no! ¡No sabemos qué le harán a Kinopio esta noche! —espetó Toad, empujándola. —Además, estoy más que lista para romperle la cara a ese infeliz esta misma noche —convino Toadette. —El anciano hombre hongo está ileso en el calabozo —respondió el tiburón—. Si desean prepararse para la batalla más mortal de sus vidas, que así sea. Pero si para mañana a la medianoche no aparecen, cenaremos champiñón añejo. Con una última carcajada burlona, los tiburones desaparecieron bajo las olas. —Híjole, no hay forma de que vayamos para allá ahorita —suspiró Minh—. Ni siquiera estamos bien equipados. —Qué tonta —se quejó Toad—. Con un día entero de ventaja, es como si le entregáramos la Estrella Etérea a Wario en bandeja de plata. —¿Pues no has aprendido nada sobre tener precaución? —Minh apretó los puños—. Perdón por ser considerada. —¡Oigan! Primero el rescate, después los quejidos —dijo Toadette—. ¿Qué sabemos de los piratas? Aman los tesoros. ¿Qué es más valioso que la misma estrella que estamos cazando? —¿Crees que la tengan ellos? —preguntó Toad. —Más vale descartar la posibilidad —Toadette lo sentó de un empujón en el asiento—. Sabes manejar un bote, ¿cierto? —Más fácil que volar un avión… Pero estas aguas están muy movidas, así que agárrense fuerte. ---------- Nota del autor: Siempre me han gustado los locales de Villacosta (Seaside Town) en Super Mario RPG. Apuesto a que algunos de ustedes están enojados con Yasmín por ser tan cobarde. Probablemente estén gritando: «¡Pendeja, huele bien los pies sudados de Toadette! ¡Que eso es un privilegio!». Sé que se lo grito yo. |