Sigue la historia de la vida de esclava de Toadette, y ya tiene el fetiche por los pies. |
La lluvia difuminaba la llegada a Villacosta. El pueblito humilde, de tamaño comparable a Rosedan pero sin su obsesión por las flores, ofrecía una vista más amplia. Sus edificios blancos y azules parecían estirarse hacia el cielo. Cuando los pies descalzos de Minh finalmente tocaron el suelo, el césped le resultaba extraordinariamente suave. «Si no estuviera tan mojado, podría quedarme dormida aquí mismo», pensó. Pero explorar el pueblo a esas horas de la noche estaba fuera de discusión. Habían decidido dormir en el barco para guardar el dinero para asuntos más urgentes. Tras una comida rápida y una ducha, se acomodaron para dormir. Toad se quedó con la litera de arriba para él solo. Toadette y Minh compartieron la de abajo, con los pies enredados bajo las sábanas. El colchón inflable quedó para Penélope y Yasmín; esta última ya se estaba quedando dormida. —Oiga, si son piratas, señorita Toadette, ¿por qué su barco está bajo el agua? —preguntó Penélope, bostezando. —Pues los tiburones necesitan respirar en el agua. —Toadette se giró y le puso una mano en el trasero a Minh—. Aunque si nosotros no podemos hacer lo mismo… —No nos hubieran invitado si no lo hubieran previsto —interrumpió Toad con voz firme—. Penélope, deja que Toadette y yo nos encarguemos de la pelea de mañana. —Yo también puedo pelear. —Eres el último recurso —dijo él—. Sin ofender, pero sigues siendo una niña. —Una niña que ahora es mucho más fuerte. —Sintió como si sus comentarios se le clavaran en la piel—. Yo… —Hazle caso, Penélope —suspiró Minh—. Por favor, no le respondas. Una vez que apagaron las luces, no hubo más discusión. Sin embargo, el sueño le era esquivo a Penélope. Esperó lo que le pareció una hora, escuchando sólo el suave golpeteo de la lluvia de fondo. Cuando todos parecieron quietos, le dio un toquecito a Yasmín en el cuello. No hubo respuesta. Con cuidado, le levantó un párpado y vio que sus ojos no se movían. El corazón le empezó a latir con fuerza. Se incorporó y gateó hasta los pies del colchón inflable. Deshizo las sábanas y espió los pies de Yasmín, sus formas borrosas en la oscuridad hasta que sus ojos se acostumbraron. Entonces acercó la nariz y aspiró profundamente. Un gemido tembloroso se escapó de sus labios. Mientras seguía olfateando, una sensación de alivio la invadió al percibir su aroma limpio. No era súper dulce como el de una loción, sino tan tenue que no tenía que preocuparse de que la mareara. Con cada inhalación, sus manos bajaban más, buscando consuelo entre sus propias piernas. Pronto empezó a masajearse. Luego, tras volver a mirar a los adultos dormidos, lamió los pies de Yasmín. Sólo bastaron un par de lametones para que una ola de placer estallara dentro de Penélope. Su cuerpo tembló mientras chupaba el esbelto talón de Yasmín. Se lo sacó de la boca, jadeando. En un arrebato de vergüenza, volvió a colocar las sábanas sobre los pies. —¿Te la pasaste bien? La cabeza de Penélope giró bruscamente. Vio los ojos de Minh que prácticamente brillaban en la oscuridad. Penélope se puso tan nerviosa que no se dio cuenta de que seguía tanteando sus propios muslos. Se quedó sin palabras. Minh le sonrió. —¿Apestan? Penélope negó lentamente con la cabeza. —Híjole. Pues no tuviste la mejor experiencia. —Minh cerró los ojos, se giró hacia el otro lado y abrazó a Toadette mientras se sumía en un sueño profundo. *** La lluvia continuaba con fuerza a la mañana siguiente. Las olas mecían el bote violentamente y Toadette sintió una fuerte náusea en el estómago. Nunca antes había sentido un mareo así. Para cuando Minh fue a ver cómo estaba, ella ya había corrido al cesto de la basura para vomitar. —Si este bote se mece una vez más, voy a terminar vomitando hasta el alma —tosió, limpiándose la boca—. ¡Ay, por favor, dime que ya casi llegamos! —¡Como si nos hubieran dado un mapa! —dijo Toad frotándose los ojos desde la cabina del capitán, después de haber pasado la mañana reparando las ventanas de vidrio—. Sólo imagina que ya llegamos y te sentirás mejor. —O sea, ¿me estás diciendo que podríamos estar buscando todo el santo día? —No eres una buena capitana si no aguantas un poquito de estrés. Gimiendo, Toadette tomó el asunto en sus propias manos. Sacó a Maletín de su bolsillo y lo lanzó para que se expandiera y se desenrollara. Antes de que su saludo excesivamente educado pudiera escapársele, ella rápidamente agarró un objeto y lo guardó de nuevo. —¿Qué fue eso? —preguntó Minh. —Un aparato nuevo —dijo Toadette mientras se metía en el Traje de Rana. Su textura resbaladiza y gomosa la envolvió, y de inmediato se arrepintió de haber sido tan impulsiva. Al habérselo puesto en medio del bote, ahora tendría que salir de ahí a brincos. Y así lo hizo. Dio una serie de saltos torpes a través del reducido espacio de los camarotes, atrayendo miradas confundidas de Penélope y Yasmín. Una vez en la cubierta, examinó las aguas agitadas. Las olas eran un espectáculo caótico, superando con facilidad la ferocidad de su viaje anterior. De repente la posibilidad de ser arrastrada al vasto océano se sintió aterradoramente real. Pero ¿iba a dejar que Toad los guiara en un viaje que podría ser en vano? —Para nada. —Con un croac, saltó al océano. El movimiento lento del Traje de Rana desapareció, reemplazado por una oleada de agilidad submarina. Se sentía como una acróbata acuática. Mejor aún, podía respirar y ver con perfecta claridad. Luchó contra las corrientes, buscando cualquier señal de una cueva o estructura terrestre. Sin embargo, mientras más profundo iba, más se daba cuenta de a qué se enfrentaba. La luz se desvaneció rápidamente y, a cierta profundidad, sintió una presión inmensa y aplastante, como si el agua misma intentara succionarla hacia el fondo. Entonces una idea se le encendió. «¡La presión del agua! Ugh, ¡otra lección a la que nunca le puse atención!». Luchando incluso para absorber las burbujas de oxígeno a través de su piel, se disparó hacia la superficie. Jadeó en busca de aire fresco y divisó el barco. Un salto potente la puso a la vista de Toad. —¿Qué estás haciendo en el agua? —gritó él—. ¡Sube acá, Toadette! —Asegurándome de que no nos pasáramos de largo, eso es lo que hago. —Mencionaron una cueva. Dudo que esté bajo el agua. —Los tiburones mencionaron una cueva submarina, ¿entonces por qué estaría sobre la superficie? —replicó ella. —Probablemente sea submarina en el sentido de que lleva a un lugar bajo el mar. —Señaló más allá de Toadette—. ¿Por qué no revisamos esa de allá arriba? Toadette se dio la vuelta y la alcanzó a ver: una boca de cueva oscura y aislada. —Muy bien, capitán Sabelotodo —resopló—. Aun así, esta agua es rara. Es más pesada que el agua normal. Quizá debamos tenerlo en cuenta. —Mientras no estemos en el fondo del océano, la presión es la menor de nuestras preocupaciones. Toad acercó el bote a la cueva y lo estacionó justo frente a la orilla. Toadette, todavía en el Traje de Rana, saltó torpemente sobre la costa rocosa. Si se quitaba el traje ahora, significaba que podría tener que pedir prestado uno que alguien más necesitaría después. Las otras chicas desembarcaron; Penélope miraba a su alrededor con curiosidad. —Huele a pescado —comentó, y sus ojos ya empezaban a lagrimear. «Vaya, la cueva marina huele a pescado. ¿Quién lo hubiera imaginado?». Yasmín rodó los ojos. —Quédense detrás de mí —dijo Toadette. Dentro, la cueva era un laberinto. El agua era de un color índigo turbio, y las únicas fuentes de luz provenían de la linterna de la cabeza de Toad. —Qué asco —susurró Minh, levantándose con cuidado sobre una piedra—. Está todo muy pegajoso. —Yo no lo siento. —A pesar de la torpeza del Traje de Rana en tierra, la humedad de la caverna se sentía natural para Toadette. Los pasajes que siguió eran relativamente sencillos. Pero el aire se sentía más pesado, y el sonido sólo era interrumpido por el goteo constante del agua y el chirrido del Traje de Rana. Después de lo que pareció una eternidad caminando por aquel lugar oscuro, de repente llegaron a un callejón sin salida. O eso parecía. Frente a ellos, sobresaliendo del agua, había una tubería enorme y oxidada. De la abertura salía un chorro de agua con un fuerte siseo. —¡Guau! ¿Qué es eso? —preguntó Penélope. —Ya sabes lo que es —dijo Toad—. La pregunta es a dónde lleva. —Sólo hay una forma de averiguarlo. —Toadette saltó hacia la tubería. Sintió una fuerte presión y luego nada. Estaba en una habitación pequeña y con poca luz. Las paredes de madera crujían y pronto la tubería comenzó a sacudirse violentamente. Toad, Minh y Penélope salieron rodando de ella. Minh se arregló el cabello con borlas, mientras Penélope observaba la escena con asombro. —¡Genial, creo que lo logramos! —rió ella—. Esperen. ¿Dónde está Yasmín? Antes de que Penélope pudiera terminar, dos pies la hicieron caer hacia adelante. Apretó los dientes al sentir dos tacones clavándose en su espalda. —Bienvenida a bordo —dijo Minh, recibiendo una mirada fulminante de Yasmín. —Bueno, por si acaso —comenzó Toadette, expulsando el Traje de Rana—, propongo que nos separemos. ¿Quién va con quién? —Ustedes cuatro quédense juntas —declaró Toad, inflando el pecho—. Yo iré solo. —No lo harás —replicó Toadette—. Éste es territorio nuevo para ti. —Los tiburones de allá atrás fueron pan comido. —Tú mejor que nadie deberías saber que no hay que subestimar a los demás —dijo Minh—. Toadette tiene razón; no es seguro ir solo. —Está bien, les daré el gusto. —Miró a Penélope y a Yasmín—. Penélope, vienes conmigo. —Entonces Yasmín también va contigo —decidió Toadette, tomando las manos de Minh—. Minh y yo hacemos equipo. —¿Me van a dejar con más de una? —exclamó Toad. —¿Tengo cara de que quiero hacerla de niñera con la primita? Porque la verdad es que no. —Las palabras de Toadette le ganaron una fuerte trompetilla de parte de Yasmín—. A eso me refiero. Yasmín se aferró a Minh. Apretó más fuerte cuando Minh intentó soltarla. —Yas, si pudiera llevarte yo sola, lo haría. Pero no sé pelear como… —No voy a ir con él. —Sí, irás —dijo Toadette. —¿Y quién carajos te crees tú para mandarme? —gritó Yasmín. —¡Es tu jefa! —Toad la jaló de la muñeca, levantándola hasta su cara—. Esa boquita que te cargas por culpa de Sofía se te va a acabar conmigo, ¿entendido? Yasmín se cruzó de brazos, a punto de hacer un berrinche. Penélope le tiró de la manga. —Por lo menos vamos a estar juntas —dijo ella con una gran sonrisa. Toadette tomó a Minh, sin quitarle los ojos a Toad. —Si no encontramos absolutamente nada en una hora, nos vemos aquí. —De acuerdo. —Toad tronó los dedos—. En marcha, niñitas. *** El aire dentro del navío era pesado, cargado con olores a madera añeja y agua estancada. Los únicos sonidos eran los crujidos y quejidos de la antigua nave, y el goteo constante del agua a través de los tablones. Toadette y Minh entraron en un largo corredor. Había muebles, cajas y rollos de cuerda esparcidos por todas partes. Sorprendentemente gran parte no estaba tan sucia como Toadette esperaba, aunque todavía distaba mucho de estar limpia. Pronto el suelo se volvió húmedo y mohoso. Un charco de agua, con un hedor a huevos podridos y vida acuática, les bloqueaba el paso. Se extendía por el corredor hasta donde alcanzaba la vista. —Genial, simplemente genial —masculló Toadette—. No voy a gastar otro Traje de Rana en esto. Parece que nos toca mojarnos los pies. —Sacó a Maletín—. Muy bien, Maletín, hora de guardar. Ábrete. —Como desee. —Maletín miró a Minh—. Ah, hola, amiga. ¿Y cómo se llama? —Toadette… —Los ojos de Minh se abrieron como platos. —¿Acaba de hablar? —Minh, Maletín. Maletín, Minh. —Toadette le dio un golpecito en el talón—. Descalza. Si a ti te gusta andar así de todos modos. Minh dejó caer sus chanclas dentro de Maletín, asombrada no sólo de que parecieran desvanecerse en su interior, sino de que él también desapareciera en el bolsillo de Toadette. —Me dieron unas ganas repentinas de querer llenarlo hasta el tope —dijo—. Oye, ¿de verdad tenemos que meternos en esa agua, Toadette? —A menos que veas una plataforma mágica flotando por ahí, pues sí. —Toadette metió los dedos de los pies en el agua, haciendo una mueca—. Está helada. ¿Te da miedo? —De verdad creo que debería usar un Traje de Rana. —Deja que yo vaya primero. —Tomando aire, Toadette se zambulló en el agua. Minh contó hasta treinta antes de que Toadette saliera a la superficie, escupiendo agua—. Trece segundos de nado. Está un poco apretado, pero sobreviviremos. —Híjole… —Minh tragó saliva. —Tú primera —dijo Toadette, jalándola hacia el agua—. Estaré justo detrás por si te atoras. —¡Ni bromees con eso! —Tomando una profunda bocanada de aire, Minh se sumergió en las profundidades. El crujir del barco hundido se filtraba a través del agua. Nadó hacia adelante, su sombrero raspando contra el techo bajo y oculto. Los ocasionales empujoncitos de Toadette en sus pies eran un recordatorio constante: avanzar era la única salida. Entonces algo delgado le rozó la pierna. Casi se ahoga, y sus movimientos se volvieron frenéticos. De repente estaba atascada. Toadette le dio un fuerte empujón. Una vez que la cabeza de Minh estuvo sobre la superficie, jadeó desesperadamente. Entonces Toadette subió de un salto a una escalera, goteando agua sobre la madera. —¿En serio? ¿Te ibas a ahogar a un paso de la escalera? —le preguntó a Minh, soplándose el agua de sus propios lentes. Minh no respondió. Entraron con cautela en una gran sala, impregnada del olor a salmuera y repleta de barriles. Cuando Toadette cerró la puerta, un gemido grave resonó en el espacio. Minh se llevó una mano al pecho. —¿Y ahora qué? —Suena como el barco —dijo Toadette, encogiéndose de hombros—. Lo que esperarías que suene en un barco hundido. Otro gemido, esta vez más cercano, retumbó en la habitación. Luego otro, aún más cerca. Minh ahogó un grito. Una forma se materializó ante ella: una máscara de Shy Guy envuelta en una tela amarilla hecha jirones. Empuñaba una guadaña oxidada. Un brillo traslúcido emanaba de la figura, confirmando los peores temores de Minh. Sintió que las piernas se le hacían de trapo. Cuando se giró para huir, otra figura fantasmal le bloqueó el paso. Un grito escapó de su garganta mientras, por instinto, se aferraba a Toadette. Los dedos de sus pies estaban tensos al máximo. —No puedo decir que me sorprenda que haya fantasmas aquí —dijo Toadette, con voz tranquila—. Bueno, Minh, ¿qué prefieres: protección o un masaje de fantasma gratis? —¡No es gracioso! —A mí no me vendría mal un masaje. —Toadette tamborileó los dedos sobre el sombrero de Minh, sin dejar de mirar al suelo—. ¿Cómo se sentiría? —¡Toadette! Una de las figuras espectrales se acercó, levantando su guadaña. Toadette reaccionó de inmediato, blandiendo su martillo con un gruñido. Para su asombro, el martillo dio en el blanco, haciendo retroceder al fantasma. «¡Así que no son Boos! Esto lo cambia todo». —Pan. Comido. —Toadette blandió su martillo repetidamente y añadió algunas patadas bien sincronizadas. Los fantasmas, aunque no muy fuertes, la rodearon a una velocidad inquietante. Evitó por poco sus guadañas, y cada golpe de su martillo hacía que los espíritus se desvanecieran. Un solo fantasma logró pasar a su lado, atravesando momentáneamente el cuerpo de Minh. Minh gritó, manoteando hacia él mientras retrocedía. La sensación de otro mundo le provocó un escalofrío por toda la espina dorsal. —¡Por aquí! —rió Toadette con malicia, asestando un último y pesado golpe. Los fantasmas se disiparon entre las sombras, dejando la habitación en silencio, salvo por la respiración de las chicas. Toadette guardó su martillo. —Qué fantasmas tan patéticos. —Se volvió hacia Minh, quien aún temblaba en el suelo—. Oye, ya se fueron. —Ay, me traspasó —balbuceó Minh con un hilo de voz, con los dedos temblándole. —Pero mi martillo sí los traspasó a todos —desestimó Toadette, poniéndola de pie suavemente. Le dio un beso rápido en la frente—. Conmigo aquí no tienes nada de qué preocuparte. Minh asintió, con los ojos escudriñando nerviosamente la habitación llena de barriles. Mientras observaba el lugar, revisando si había alguna cualidad fantasmal, algo le llamó la atención: un pequeño papel amarillo, manchado de agua, clavado a un poste. Lo leyó en voz alta: «Son las lágrimas del océano». —Eso no nos dice nada —Toadette gruñó—. ¿Las lágrimas del océano? —Podría ser algo bien importante —dijo Minh—. ¿Por qué más dejarían una nota así sin más? —Para hacernos la zancadilla. —Toadette se acercó, su expresión se suavizó—. Espera. —Notó una mancha de mugre submarina en la mejilla de Minh y empezó a limpiarla con su pulgar. Minh se rió entre dientes, sintiéndose extrañamente mimada. Su mirada bajó al suelo. —Tal vez queramos calzarnos. No quisiéramos clavarnos una astilla, ¿verdad? —Simplemente di que te da miedo distraerte con mis pies —bromeó Toadette, moviendo los dedos de sus pies. —Mucha proyección, ¿eh? —El rostro de Minh se puso serio—. ¿A poco es por eso que no golpeaste a esos fantasmas de inmediato? —Tampoco es que haya sido un súper retraso. —Está bien. Quizá. —La preocupación de Minh persistió. El más mínimo retraso podría costarles caro en una situación como ésta. Especialmente ahora que había fantasmas a bordo, y ella era, sin discusión, la menos equipada de su grupo para lidiar con ellos. «Quizá debí haberme quedado con Toad y dejar a Penélope con Toadette,» pensó. —Pero sí que está empezando a apestar horrible aquí adentro —notó Toadette, siguiendo adelante—. Uf… —Si lo logramos hacer apestar como tus pies, le entro. —Ése es un buen olor. Éste es simplemente… Apuremos antes de que vomite. Otra vez. *** El camino de Toad se adentraba por pasajes cada vez más estrechos. Su pequeño tamaño resultó ser una bendición; cualquier humano de su edad se habría golpeado la cabeza contra el techo imposiblemente bajo. La nariz de Penélope se crispó mientras percibía el aire a humedad a su alrededor. Yasmín se mantuvo cerca, con el rostro inexpresivo, pero sus movimientos sueltos mientras fantaseaba. —Presten atención —advirtió Toad, volteando justo a tiempo para ver a Penélope casi tropezar con un saco—. Esto no es un patio de juegos. —Lo sé —rió Penélope, envolviendo un brazo alrededor de Yasmín—. Pero se siente como uno. Hasta el momento, habían evitado las zonas inundadas; la mayoría de las puertas estaban bien selladas. Ahora, entraron en una bodega de carga llena de barriles y armeros. De repente Toad divisó algo moviéndose en las sombras. Las pupilas de Penélope se dilataron más allá de sus ojos. —¡Caramba! ¿Así que estos son los piratas tiburón? —Quédense detrás de mí. —Toad adoptó una postura defensiva, sacando su machete. —¿Otra vez con esa tontería de quedarse atrás? —Penélope dio un paso al frente. Levantó un objeto—. Tengo la Superhoja, ¿recuerda? Toad la miró. Por muy emocionada que estuviera, el hecho era que necesitaba experiencia adecuada en combate. Ningún entrenamiento serviría de nada si no tenía la oportunidad de probarse en una pelea de verdad. —Bien —concedió—. Tómatelo en serio. Penélope asintió. Después de mirar a Yasmín y saludarla con la mano, absorbió la Superhoja. Sus orejas de mapache brotaron de su cabeza, y su cola rayada se agitaba detrás de ella. Yasmín observó en silencio desde detrás de Toad. ¿Penélope ha perdido la cabeza? —¡Prepárense para su fin! —anunció Penélope a los tiburones. Sin dudar, azotó su cola, apuntando a un costado de uno de ellos. El tiburón gruñó, tambaleándose un paso hacia atrás mientras se apoyaba en su cola. Penélope soltó una risita, lista para otro golpe. Rápidamente continuó, haciendo que la lanza se le cayera de las aletas al tiburón. Mientras giraba, sus ojos se desviaron una vez más hacia Yasmín. ¿Lo vio ella? En ese instante, un dolor agudo le estalló en la pierna izquierda. Uno de los piratas había golpeado a Penélope con su lanza. Penélope chilló y se tambaleó hacia atrás. La lanza estaba profundamente clavada en su pierna. Toad saltó a la refriega, rebanando la espalda del tiburón con su machete. Luego lo envió contra la pared de madera con una patada. El que Penélope ya había golpeado recibió un tajo aún más profundo de Toad. Gimieron. Toad entonces se acercó a Penélope, quien se aferraba a su pierna ardiente. —Distraída. Te distrajiste. —¡Me picó de la nada! —Porque dejaste de prestar atención. —Los ojos de Toad se dirigieron rápidamente hacia Yasmín, quien alzó una ceja—. Sólo puedes presumir cuando eres una profesional, niña. El rostro de Penélope se puso rojo, más caliente que el ardor en su pierna. —Con lo sucio que está este lugar, no podemos arriesgarnos a una infección —suspiró Toadette, hurgando en su bolsa. Desinfectó su herida, haciéndola chillar de dolor. En minutos la había vendado con éxito—. Aún puedes caminar. —Creo que sí… —Apretó los dientes. —No fue una pregunta. —Señaló a Yasmín—. ¡Vamos! Se adentraron más en el barco hasta llegar a una habitación empolvada llena de mapas. Otra nota yacía allí, en el mismo papel amarillento que el otro equipo había descubierto. Antes de que Toad pudiera tomarla, Yasmín la desprendió del clavo que la sostenía. Ella leyó su contenido en voz alta, sin emoción. —Las joyas sagradas del mar. —¿Ahora tenemos acertijos? —Penélope se acarició la barbilla—. ¿Como en un juego? —Para qué necesitarían un acertijo? —preguntó Toad, escaneando el espacio—. Es su propio barco. —Porque podría ser una pista secreta para una contraseña —explicó Yasmín—. No es anormal que un villano quiera molestar al héroe sólo por su propia diversión. O porque sabe que necesita un punto débil para un conflicto interesante. —¿Cosas de cómics? —se burló Toad—. Vamos, Yasmín, seamos realistas. —Por lo que sé, el rey Bowser siempre fue del tipo que ponía botones gigantes de autodestrucción en sus vehículos. ¿Verdad? —replicó, dejando a Toad sin palabras. —Sin embargo, es una pista muy débil —dijo Penélope—. ¿Joyas sagradas del mar? —Ay, ¿de verdad tengo que ser más obvia? —Yasmín suspiró—. Debe ser… *** —¡Calcetines! —la nariz de Toadette se arrugó—. ¡A eso huele este lugar: a pescado muerto y a calcetines sudados de gimnasio! ¿No pudieron al menos ventilar esto? —Es un barco viejo y hundido, Toadette. No creo que la ventilación acuática fuera algo que se considerara. —¡Pues entonces debieron haber pensado con anticipación! ¿Qué tal si querían visitas? Como ahora, con el viejo maestro Kinopio. —Toadette respiró hondo por la boca, intentando calmarse después de otro pasillo anegado—. ¿Algún rastro de los…? —¡No lo digas! —suplicó Minh, tapándose los oídos. —¡Oh, fantasmas! ¡Aquí hay una Toad sexi, lista para darles una compañía muy placentera! —Toadette golpeó el mango de su martillo contra la palma de su mano—. ¡Si andan buscando tesoro, aquí está a la vista! —¡La-la-la-la-la! ¡No escucho, no escucho! —Minh se tapó las orejas con las manos. —Hay cosas que nunca cambian —se rió Toadette—. Cuidado dónde pisas. —Señaló un agujero enorme en el suelo. Evitaron el agujero y entraron a otra habitación cuadrada, ligeramente menos inundada que las otras. Tenía cierto indicio de mantenimiento. En la esquina de la decorada sala, había una mesa de madera con otro trozo de papel amarillento. Minh lo arrebató con dedos temblorosos. —No manches. Juro que le están compitiendo a Yas en quién tiene la letra más ilegible —dijo con sarcasmo—. La «R» va antes de la «L». —Estoy a punto de explotar. —Toadette se rascó la cabeza—. ¿Lágrimas del océano? ¿Una letra antes que otra? —Perlas. —Una pequeña sonrisa se formó en el rostro de Minh—. Las lágrimas del océano. Ese plural importa. La mesa estaba cubierta de fichas de madera con letras del abecedario sobre un tablero. Toadette empujó juguetona a Minh con la cadera. —¡Mírate, toda una cerebrito como siempre! —Las dos se pusieron a trabajar, acomodando las letras en una cuadrícula de seis paneles en el centro de la mesa. La última letra encajó en su lugar. Una bocina tenue sonó, y una pesada puerta se abrió con un crujido. Más allá, se extendía un oscuro pasaje, más profundamente inundado, con el agua chapoteando sonoramente. —Aquí vamos de nuevo —dijo Toadette, alzando su martillo—. Vamos a cantarle la tabla a este capitán. —Yo te doy el apoyo moral más grande. Mientras entraban al pasadizo, se giraron para ver cómo la puerta se cerraba de golpe a sus espaldas, sumiéndolas en una oscuridad casi total. Jadearon. Del vacío que tenían delante llegó un sonido que le heló la sangre a Minh. Resonó un rugido profundo y burbujeante. No era un grito fantasmal, sino algo mucho más oscuro. Cuando Minh sacó su linterna, temblando, la luz reveló una visión aterradora. De las profundidades inundadas de la cámara, emergió un Blooper, uno como ningún otro que hubieran visto. Su piel era translúcida, revelando venas que palpitaban con una bioluminiscencia espeluznante. Sus ojos estaban saltones, sin parpadear. Sus tentáculos se estiraban y serpenteaban por los enormes agujeros en el suelo, cada uno terminando en palmas con ventosas que se flexionaban con la fuerza suficiente para desgarrar madera. Los shorts de Minh se humedecieron y se pusieron más tibios. —Acabo de lanzar tinta… El Blooper respondió con un bramido gutural, golpeando sus tentáculos contra las paredes y la cubierta. El agua salada empapó a las chicas. —¡Quítate! —gritó Toadette, jalando a Minh justo cuando un tentáculo se estrelló donde habían estado. Se apresuraron, esquivando golpes aplastantes que sacudían todo el barco. Toadette balanceó su martillo con fuerza, aplastando un tentáculo. Éste retrocedió, pero sólo logró provocar la ira de la bestia. Media docena de tentáculos se enrollaron fuertemente alrededor de sus tobillos y muñecas, jalándola de cabeza hacia el aire. El agarre del Blooper se movió a sus pies descalzos. Uno de los tentáculos la palpó. La lucha de Toadette se intensificó, pero entonces se le escapó una risita. Se retorció, incapaz de liberarse del agarre. El cosquilleo era implacable. El agarre del Blooper se apretó, su forma se hizo más grande. Minh observaba con pavor, paralizada por la visión surrealista de su amiga siendo cosquilleada por un calamar monstruoso. La mancha de orina en sus shorts era ahora la menor de sus preocupaciones. —¡Toadette! —gritó, su voz resquebrajándose—. ¡Que alguien nos ayude! ---------- Nota del autor: Estos capítulos de agua deben estar generando temores en algunos. Los Bloopers en este universo parecen estar muy obsesionados con hacer cosquillas a sus presas antes de devorarlas. El Traje de Rana es curiosamente uno de esos objetos que no ha regresado desde Super Mario Bros. 3; digo que es raro porque la era del 3DS/Wii U estaba obsesionada con la nostalgia de SMB3. También es una herramienta acuática buenísima. |