Un niño con miedo a los pies está con cuatra elfas y debe soportarlas para sobrevivir. |
| Se suponía que Santa Claus era un mito: un hombre gordo con un traje rojo que asustaba a los niños para que se portaran bien. Sin embargo, no importaba cuántas veces Bel se pellizcara el brazo; el aire gélido y el agarre firme de Cinnamon persistían. Habían estado caminando durante diez minutos, saliendo del apartamento y navegando por el pueblo inmediato: una zona densamente poblada. —No te alejes. —El agarre de Cinnamon se tensó alrededor de su muñeca—. Perderte aquí es lo último que quieres. —¿Qué es este lugar? —Le castañeteaban los dientes—. Se supone que el Polo Norte no es nada más que hielo. No vive nadie aquí. —Explicarte todo te freirá ese cerebrito primitivo que tienes. —Se detuvo en seco y se volvió hacia él—. Agárrate de mí. —¿Qué? Antes de que pudiera protestar, ella abrió los brazos de par en par. Él se detuvo un momento. Pero después de todas las veces que ella le había apretado la muñeca para obligarle a seguir, casi dejándole un moretón, sabía que era mejor no resistirse. Así que puso las manos sobre sus hombros. Su estómago dio un vuelco cuando se lanzaron. El suelo desapareció. El viento gritaba al pasar por sus oídos, y él gritó con él mientras el pueblo se volvía del tamaño de un juguete debajo de ellos. —Mierda, mierda, mierda, mierda… —Un puñetazo en las costillas le cortó las groserías. —¡Abre los ojos! —gritó Cinnamon sobre el viento—. ¡Éste es el verdadero Polo Norte! Abrió un ojo. Se encontraban suspendidos a cientos de metros en el aire. Su respiración salía en jadeos superficiales; cada exhalación era una espesa bocanada de escarcha. Abajo, el mundo se extendía con todo detalle. La interminable tundra que había esperado estaba allí. Pero salpicando el paisaje había pueblos, docenas de ellos. Algunos eran pequeños grupos de luz cálida, otras ciudades en expansión que rivalizaban con Nueva York en tamaño. Los edificios se parecían a los sacados directamente de una postal navideña: pintorescas cabañas con chimeneas humeantes, plazas de pueblo adornadas con árboles imponentes y torres de reloj que repicaban a cada hora. Incluso desde esta altura, podía ver las diminutas figuras que se movían por las calles o a través de estanques congelados. Un grupo de niños elfos jugaba en un patio lanzándose bolas de nieve que, al impactar, estallaban en una lluvia de chispas de colores. —Y eso de ahí es Mistletown. —Cinnamon señaló un pueblo de tamaño mediano directamente debajo—. ¡Agárrate fuerte! —Espera, ¿qué? Otro grito salió de su garganta cuando la gravedad se apoderó de ellos. El pueblo se hizo más grande hasta que impactaron. El golpe le sacó el aire de los pulmones. Cayó y rodó por un montículo hasta detenerse en la nieve. Tosió y escupió. Unas manos le ajustaron el sombrero. —¿Todos ustedes vuelan así como si nada? —La apartó, todavía temblando. —Volar requiere habilidad. —Cinnamon saltó sobre el tejado de una cabaña cercana de un solo brinco—. La mayoría de los niños elfos se caerían como ladrillos. Bel escaneó los alrededores. Todas las puertas estaban talladas con caras. Algunas sonreían, otras gritaban, pero todas brillaban desde adentro. Arriba, hileras de luces naranjas y púrpuras se entrecruzaban. En el centro de la plaza del pueblo se alzaba un gigantesco árbol decorado con diminutos murciélagos que aleteaban entre las ramas. Y había niños por todas partes. Uno llevaba un disfraz de fantasma que lo hacía parecer casi transparente; Bel podía ver justo a través de él. Un pequeño elfo vestido de calabaza pasó caminando como un pato. —¿Qué haces? —observó Bel mientras Cinnamon aterrizaba en el techo—. ¿Nos vamos a quedar aquí? —Relájate. —Señaló el cielo que comenzaba a tornarse naranja—. Pedir dulces no empieza hasta el atardecer. Hasta entonces, esperamos. —¿Esperar? ¿Estás hablando en serio? —Una hora para pensar no te va a matar. —¿Una hora? ¡Me voy a congelar! —Se frotó los brazos—. ¡Ni en Nueva York hace tanto frío! —Tu uniforme está encantado para mantenerte caliente. Estás bien. Ella lo ignoró. Su expresión no cambió mientras él hacía su berrinche: cinco minutos de gritos sobre su maltrato, sobre el secuestro, sobre cómo ella era una «perra loca» y que la vería arrestada. A los diez minutos, sus gritos se convirtieron en maldiciones murmuradas. Sus dientes comenzaron a castañetear. A los veinte, se había quedado callado. Simplemente se sentó en un bloque de madera, viendo pasar a los elfos. Incluso aquí era invisible, pues ninguno de ellos lo miró dos veces. «Podría escaparme. Probablemente esté dormida». Miró hacia arriba. La cola de Cinnamon apenas se balanceaba; sus ojos estaban cerrados. Entonces se puso de pie y dio un paso hacia la calle. —Ni se te ocurra —dijo ella, congelándolo en su lugar—. Si intentas huir, te meto directo a mi bota el resto de la patrulla. Y como oíste, yo no uso calcetines, niños. Inmediatamente se sentó. Para cuando el Sol comenzó a ocultarse, estaba temblando demasiado fuerte para hablar. Sus dedos estaban entumecidos. «Si me quedo aquí sentado más tiempo, se me va a entumecer el trasero». —Muy bien, Belial. —Cinnamon se puso de pie, estirándose—. Llegó la hora. Dejó caer algo. Él lo atrapó instintivamente. Era una cubeta con forma de calabaza llena de dulces brillantes. —La patrulla es de seis a diez. Cuatro horas. —Le sonrió desde arriba—. Los niños vienen, tú les das dulces. Así de fácil. —¿Qué? —Él miró la cubeta—. ¿Entonces no puedo pedir dulces? —Los niños malos no reciben dulces, Belial. Ellos los dan. —Su sonrisa se ensanchó—. Ah, y nuestras tradiciones son un poco más auténticas que las de ustedes. —¿Qué significa…? Un sonido lo interrumpió: pasos. Un grupo de cinco niños vestidos de esqueletos dobló la esquina. Su piel conservaba esa cualidad translúcida que revelaba el contorno de huesos reales moviéndose debajo. La pintura de calavera en sus caras goteaba. Se quedaron perfectamente quietos ante Bel. —Dulce o truco, besa mis pies o te asusto —cantaron al unísono. —¡Guácala! —Agarró un puñado de dulces y los aventó en sus bolsas—. Tomen. Feliz Halloween. No se movieron. Sólo se le quedaron viendo. —Eh… Ya pueden irse. Largo. —Se toman muy en serio la rima —se rió Cinnamon entre dientes. Sus ojos se abrieron de par en par. —Quieres decir que… ¡No! ¡Ni loco! Cinco pies descalzos se extendieron hacia él a la vez. Estaban completamente cubiertos de mugre. Lodo negro y marrón se aferraba a sus talones y estaba compactado bajo sus largas uñas. Un pie parecía tener barro seco entre los dedos. Otro tenía una sustancia oscura y pegajosa en la bola del pie. —¡Me voy a vomitar! —Si tengo que bajar… —La pierna de Cinnamon se balanceó sobre el borde del techo—. No te va a gustar. Él miró los pies y volvió a mirarla a ella. Luego de vuelta a los pies. —Última advertencia, Belial. —¡Ya no me digas así! Pero estaba avanzando. Apretó los ojos con fuerza y se inclinó. El primer pie tocó sus labios. La textura era como lija mezclada con hielo. Sus labios registraron cada grieta en la piel seca. Retrocedió, con arcadas. —Te faltan tres —dijo uno de los niños con voz hueca. Le temblaban las manos mientras besaba el segundo pie. Éste lucía mugre húmeda que se untó en sus labios. Procedió con el tercer y el cuarto pie, cada uno doliendo más que el anterior. Para el quinto pie, estaba llorando. Las lágrimas se congelaban en sus mejillas mientras presionaba su boca contra la piel sucia. Se apartó, suplicando por la muerte. —Gracias —dijeron los niños. Se alejaron dando brincos. Bel cayó de rodillas y vomitó sobre la nieve. «Apenas fueron tres minutos. ¡Me faltan cuatro horas!». Se limpió la boca con la manga. Desde el techo, Cinnamon no pudo evitar soltar una risita. —¿La estás pasando bien ahí abajo? —Vete al diablo —susurró. Se obligó a ponerse de pie y agarrar la cubeta de dulces con sus dedos helados. —Dulce o truco, besa mis pies o te asusto. La voz vino directamente frente a él. Miró hacia arriba. Una niña estaba flotando. Su cuerpo era completamente transparente; podía ver la calle a través de su torso. Su rostro estaba en paz. Entonces levantó un pie, y Bel soltó un grito de sobresalto. Si los pies de los otros niños habían sido malos, éstos eran una enfermedad. Las plantas estaban negras de mugre. La almohadilla estaba cubierta por una capa gruesa y oscura de sustancia seca que crujía al flexionar los dedos. Entre cada dedo se había formado un queso negro y espeso. La peor parte era el olor. Agrio y rancio, era como si no se hubiera lavado el pie en un mes. El aire frío no lograba matar el mal olor. —Ya la oíste —dijo Cinnamon—. Hazlo. —¿Por qué no puedes hacerlo tú? —Su voz se quebró. —¿Recuerdas lo que dije de bajar? —La cola de Cinnamon colgaba perezosamente sobre el borde del tejado—. ¿Quieres que baje? Porque bajo. Bel gimoteó. El olor se intensificó a medida que se acercaba al pie de la chica fantasma. Era tan intenso que podía saborearlo. Su estómago se revolvió. Algo pegajoso se quedó en sus labios de inmediato. Se estremeció. —Gracias —susurró la chica fantasma, y se fue flotando. Bel se desplomó sobre sus manos y rodillas. Trató de vomitar de nuevo, pero no le quedaba nada. Sólo arcadas secas que sacudían su cuerpo mientras las lágrimas se le congelaban en la cara. —Apenas te faltan tres horas y cincuenta y cinco minutos —se rió Cinnamon. «¿Cómo demonios voy a sobrevivir esto?». Hacia el oeste, en otro distrito de la ciudad en expansión, Ginger se movía inquieta. Mientras Cinnamon podía permanecer sentada durante horas, a Ginger le picaba la piel con cada minuto de inactividad. Estaba parada en posición de firmes en un momento, balanceándose en la barandilla de un tejado al siguiente e intentando ponerse de manos durante tres segundos antes de que el aburrimiento volviera a aparecer. El uniforme oficial de la patrulla del taller no ayudaba. Lo detestaba. El cuello rígido le rozaba. Las botas eran lo peor; le apretaban los dedos en una prisión sofocante, aunque habían nacido para la libertad de las chanclas. Una picazón se arrastró por su arco. Tuvo que agarrarse del borde del techo para evitar arrancarse la bota. —Aguanten, chicos —masculló entre dientes apretados—. Nomás terminamos y les toca baño caliente con cremita. Cuando el reloj dio las siete, se obligó a enderezarse. Hasta ahora, todo había sido muy aburrido. Claro que era un Halloween emocionante para los niños, pero ¿sin ningún conflicto? Daba lo mismo ver secarse la pintura. Sus pensamientos volaron hacia Bel, que probablemente estaría perdiendo la cabeza bajo la supervisión de Cinnamon. Movió sus dedos acalambrados dentro de la bota. «Sigo sin entender qué tiene con los pies. ¿A quién le dan miedo los pies?». Sonrió con malicia. «Cinnamon se ha de estar divirtiendo a lo grande ahorita». Su mirada regresó a la calle y se congeló. Una pequeña elfa disfrazada de lobo daba saltitos hacia una cabaña. Pero algo brilló entre dos edificios detrás de la niña. Un remolino de luz lavanda se transformó en un globo ocular monstruoso rodeado de dientes afilados como agujas. La pupila se dilató y se fijó en el pequeño lobo. El aburrimiento de Ginger se evaporó. —Eso es… ¡Es un mirafilo! Se lanzó desde el tejado sin pensarlo, estrellándose contra la niña y empujándola hacia un banco de nieve. El ojo arremetió contra el aire vacío. Las manos de Ginger se encendieron, y desató una ola de fuego que envolvió a la criatura. Ésta soltó un chillido metálico antes de disolverse en humo negro. —¡Corre! —Ginger apenas tuvo tiempo de respirar antes de que unas alas llenaran el espacio. Cuatro mirafilos más se materializaron, rodeándola. Apretó la mandíbula. —Muy bien, Seph. Ya estuvo bueno de entradas dramáticas. —Se tronó los nudillos—. Sal ya para que te rompa la cara fea. —Siempre tan tosca, siempre tan impaciente, Ginger. La voz era tan suave como la seda. El aire se convirtió en un espectáculo de luces púrpuras y después se transformó en una niebla fría. De ella descendió una mujer menuda, que aterrizó con gracia. Su sonrisa dejaba ver todos sus dientes. —¿Me extrañaste, querida? Los ojos de Ginger se entrecerraron. —Ya sabes cómo termina esto. ¿Para qué molestarte en aparecer? —Porque los rencores nunca mueren, querida. —Seph examinó sus largas uñas—. Además, mi tercer año de exilio fue de lo más iluminador. Las artes arcanas que dominé harían pedazos a tu patético equipito. —O sea que te cortaste el pelo y reciclaste monstruos. —Ginger rodó los ojos—. Qué fascinante. —Noche aburrida para ti, me imagino. Por suerte tengo el remedio perfecto. —Seph giró sobre sus talones. Inclinó la cabeza, como si escuchara algo distante—. Porque sí sentí una nueva energía fascinante a mi regreso. En Mistletown, nada menos. —Chasqueó los labios—. Siento a Cinnamon, naturalmente. ¿Pero esto? —Soltó una risita encantada—. ¿Acaso hay un humano honrando este lugar con su presencia? A Ginger se le heló la sangre. —Mantente alejada de ahí, Seph. —¡Vaya, vaya! —Seph se llevó una mano al pecho en fingida sorpresa—. ¿Un niño humano? ¿De verdad? ¿Y aquí? Qué juguetito tan delicioso han traído para mí. —Te dije que… La patada de Seph llegó antes de que Ginger pudiera anticiparla. Le dio en las costillas y la mandó al suelo. Antes de que pudiera recuperarse, Seph movió la muñeca. Los mirafilos se lanzaron como uno solo. —¡Espera! Pero Seph ya estaba saltando sobre una escoba flotante, elevándose en el aire con una risa infantil. —¡Ay, qué pena será para el Sugar Squad cuando el gran Santa Claus descubra que un humano se convirtió en mi nueva mascotita! —¡Maldita! —rugió Ginger, desatando un torrente de llamas contra las criaturas que descendían. Una se abalanzó desde su punto ciego, hundiendo sus dientes en su antebrazo. Ella gritó y le disparó fuego a quemarropa desde la boca. Los otros se dispersaron por el calor. Apretando los dientes por el dolor, giró en una patada circular en llamas que los incineró de un solo golpe. No se detuvo a inspeccionar la herida de su brazo. Bel era la prioridad. Su mano se golpeó el bolsillo. No sintió nada. Lo intentó de nuevo. Todavía nada. —No. No, no, no, no, no… —Su corazón se hundió—. ¡El comunicador! ¡Olvidé el maldito comunicador! —¿Adónde crees que vas? —Cinnamon descendió del techo, aterrizando en silencio frente a Bel mientras él intentaba escapar de otro niño—. Nos quedan tres horas de patrulla, niño. —¡Si tengo que besar un pie mugroso más, me muero! —gimoteó, intentando pasar por su lado a empujones. Ella lo bloqueó con su cola. —Sigue así, y vas a estar a mis pies toda la noche, ¿entendido? —¡Prefiero arrancarme la lengua a mordidas que acercar mi boca a tus patas sudorosas y apestosas, pinche elfa fea! Un destello de dolor cruzó el rostro de Cinnamon. Luego, la furia lo reemplazó rápidamente. —Se acabó —siseó—. Te doy diez segundos para volver a tu puesto. Diez, nueve… Bel no esperó a escuchar el resto. Corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron. «Ni de broma me alcanza», pensó, metiéndose por un callejón estrecho entre dos cabañas. Se pegó contra la pared, rezando para que ella no lo hubiera visto girar. Entonces su mundo se puso de cabeza. Fue jalado hacia el aire por el tobillo. El pánico surgió mientras se retorcía inútilmente, con el suelo a metros de distancia. Desde la calle, Cinnamon miró hacia arriba con incredulidad. —¿Qué demonios…? —¡Yuju! —canturreó una voz teatral—. Cuánto tiempo sin vernos, querida Cinnamon. Seph estaba sentada casualmente en su escoba, sosteniendo a un aterrorizado Bel por el tobillo como un pez capturado. —Pero qué humano tan lindo pescaste. Dime, dime: ¿cómo lo pasaste por el Voie? Los elfos gritaron y las bolsas de dulces golpearon el suelo. Los padres recogieron a sus hijos y huyeron mientras los mirafilos descendían de los tejados. La mente de Cinnamon se aceleró. «El pueblo, los elfos… son mi responsabilidad. ¡Pero este chico es más importante ahora mismo!». Presionó el botón de alerta en su comunicador. —Tan terca como siempre —suspiró Seph—. No importa. Viene conmigo. —¡Ay, gracias a Dios! —jadeó Bel, con la cara enrojecida—. ¡Por favor, llévame a casa! ¡Lejos de estas locas! Los ojos de Seph se iluminaron. —Ooh, ¿oíste eso, Cinnamon? Él quiere venir conmigo. —¡Sobre mi cadáver! —Cinnamon se lanzó hacia el cielo, con el puño preparado hacia atrás. —Si insistes. —Seph soltó a Bel. Él gritó mientras caía en picada. Luego se detuvo en el aire, encerrado en una burbuja púrpura brillante. Flotó suavemente hacia un lado mientras el puñetazo de Cinnamon golpeaba el aire vacío. Seph la esquivó y le clavó la rodilla en el estómago. Cinnamon se dobló jadeando. Seph la agarró por la cola y la arrojó hacia abajo antes de que pudiera recuperarse. El impacto de Cinnamon contra el tejado de una cabaña fue tan fuerte que hizo que tejas volaran por todos lados. —Alguien se oxidó —murmuró Seph. Miró la burbuja de Bel con una sonrisa—. No te preocupes, pequeñito. Esto terminará pronto. —¿De verdad me vas a llevar a casa? Ella lo estudió por un momento. —Soy la elfa más dulce que hallarás por aquí, querido humano. Por supuesto que cuidaré de ti. —Gra… Gracias. Su rostro se suavizó. Pero justo cuando iba a hablar, una figura en llamas pasó disparada junto a ella, tan cerca que el calor le chamuscó el cabello. Ginger aterrizó con fuerza en un tejado cercano, derrapando con las botas sobre las tejas. La sangre le goteaba del antebrazo, pero las manos seguían en llamas. —¡Aléjate de él! —¡Miren quién volvió! —rió Seph—. ¿No querías morir solita? En lugar de molestarse con una respuesta, Ginger se lanzó hacia adelante. Seph evitó el primer golpe. El segundo golpe le alcanzó el hombro, y Seph gruñó. Pero se recuperó rápidamente. Atrapó el siguiente golpe de Ginger, torciendo la muñeca de la elfa de fuego hasta que se escuchó un crujido. Ginger soltó un aullido. Entones Seph le clavó la palma de la mano en el pecho, y una energía sombría estalló al impacto. Ginger salió disparada y chocó con un poste de luz. De los escombros de la cabaña emergió Cinnamon. Su cola dio un latigazo hacia adelante, enroscándose alrededor de la pierna de Seph y tirándola de la escoba. Seph golpeó los adoquines con fuerza, pero rodó con el impacto y se puso en pie elegantemente. —¿No te advertí? —Su sonrisa nunca flaqueó. Empujó ambas manos hacia adelante. Una ola de energía oscura surgió hacia afuera, arrancando adoquines y rompiendo ventanas. Cinnamon se preparó, pero la explosión aún la envió derrapando hacia atrás. Ginger intentó contraatacar con un muro de fuego, pero su muñeca lesionada no le obedeció. Seph ya había cerrado la distancia con Ginger y le propinó una patada helada que la hizo dar tumbos. Antes de que Cinnamon pudiera intervenir, Seph invocó a tres mirafilos más. Enjambraron a Cinnamon, sus dientes chasqueando a escasos centímetros de su cara. Dentro de su burbuja, Bel observaba en silencio. «Las está destruyendo». Una pequeña parte de él se sintió aliviada. Tal vez Seph realmente lo llevaría a casa. Entonces una sombra cayó desde arriba. Pepper aterrizó ante Seph y Ginger, su bastón de hierro golpeando el suelo con fuerza suficiente para agrietarlo. La onda de choque envió a Seph tropezando hacia atrás. —Tus probabilidades de éxito acaban de disminuir significativamente —declaró Pepper, girando su bastón. La sonrisa de Seph finalmente desapareció. —Qué encantador. La silenciosa. Pepper no respondió. Arremetió con su bastón en un torbellino de golpes preciosos. Seph esquivó los dos primeros, pero el tercero le dio en las costillas. El cuarto le dio en la espinilla. Por primera vez, la expresión de Seph se tornó en dolor. Gruñendo, se teletransportó detrás de Pepper, sus palmas crepitando con energía oscura. Sin embargo, mientras flotaba hacia atrás, chocó con algo suave pero firme. —Ya causaste suficientes problemas. —Marshmallow atrapó los brazos de Seph en medio del ataque. Seph trató de soltarse, pero Marshmallow lo tenía bien agarrado. —¡Suéltame! —gruñó. —Te gusta hacerte la dura cuando peleas contra una o dos —jadeó Cinnamon, poniéndose de pie. La sangre goteaba de un corte sobre su ojo—. Pero cuando estamos las cuatro, no vales nada. —Debiste largarte cuando tuviste la oportunidad. —Ginger cojeó hacia adelante. Pepper hizo girar su bastón y apuntó la punta a la garganta de Seph. —No te resistas. Los ojos de Seph se abrieron de par en par. Con un grito y un estallido de energía, se liberó de Marshmallow. Su escoba se materializó debajo de ella mientras salía disparada hacia el cielo. —Claramente subestimé qué tan estúpidamente fuertes son en grupo, incluso con mi entrenamiento —escupió, su voz perdiendo su borde teatral. Estaba respirando con dificultad—. ¡Pero no crean que esto terminó! Todas lamentarán… —Lárgate —declaró Pepper con frialdad. Ni siquiera volteó mientras balanceaba su bastón, bateando un trozo de ladrillo por el aire. Golpeó a Seph en el pecho, y ella salió disparada hacia atrás, desapareciendo en la noche con un chillido de furia. La burbuja alrededor de Bel estalló. Cayó en los brazos de espera de Marshmallow. —¿Estás bien? —preguntó ella gentilmente. Él no respondió. Estaba mirando la destrucción: las ventanas rotas, un poste de luz derribado, la cabaña con un enorme agujero en el techo… El pozo cerca de la plaza se había derretido parcialmente, sus paredes de piedra hundiéndose. —Salimos a patrullar con un humano —murmuró Ginger, intentando enderezar su manga rota—. Y nos cae la loca ésa. —¿Está bien tu brazo, Ginger? —preguntó Marshmallow. —No soy de cristal. Es la muñeca la que me duele. —Qué desastre —se lamentó Cinnamon, señalando el pozo—. Otro reporte reprobatorio para la colección. Entonces sonaron sus comunicadores, pero no con la alarma habitual. Se trataba de un chirrido más agudo, y la luz parpadeaba frenéticamente en rojo y blanco. Las caras de las cuatro palidecieron. —Uy. —La primera sonrisa genuina de la noche se extendió por el rostro de Bel—. Parece que alguien está en problemas. Cuatro miradas asesinas se dirigieron hacia él con tal ferocidad que su sonrisa murió al instante. —Tú —dijo Cinnamon lentamente, azotando el aire con la cola—, tienes mucha suerte de que no podamos dejarte aquí. Nota del autor: La próxima semana, conoceremos mejor a las miembros de este equipo y sus aterradores pies. |